EL ÚLTIMO DRAGÓN DE ALBORADA CAPÍTULO 45 EL ORIGEN DE LA SOMBRA
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CAPÍTULO 45 EL ORIGEN DE LA SOMBRA

El vuelo hacia el sur fue más corto de lo que Liana esperaba.

Esme, que había crecido considerablemente desde que lo encontró en el bosque, era un dragón veloz, capaz de cubrir grandes distancias en pocas horas.

Liana se aferraba a sus escamas, sintiendo el viento en el rostro y el calor del dragón bajo sus piernas.

Era una sensación que nunca se cansaba de experimentar. Una sensación de libertad absoluta.

Cuando llegaron a las cercanías de su aldea natal, Liana notó que algo había cambiado.

Los campos de cultivo, que antes eran verdes y frondosos, estaban ahora marchitos y amarillentos.

Los árboles, que antes se alzaban orgullosos hacia el cielo, estaban retorcidos y enfermos.

Y el aire, que antes olía a tierra mojada y a flores silvestres, ahora desprendía un hedor a podredumbre.

—¿Qué ha pasado aquí? —murmuró Liana, horrorizada.

Esme emitió un gruñido grave. El dragón también sentía que algo no iba bien. Sus fosas nasales se dilataban, captando olores que Liana no podía percibir. Olores a muerte. A corrupción. A algo que no pertenecía a este mundo.

Aterrizaron en las afueras de la aldea, cerca del viejo roble donde Liana solía jugar de niña. El árbol, que antaño era el orgullo de la comunidad, estaba ahora seco y sin hojas, con la corteza agrietada y cubierta de un musgo negro y viscoso.

—Esto no es natural —dijo Liana, acercándose al árbol.

Apoyó la mano sobre la corteza y sintió un escalofrío. No era frío. Era otra cosa. Algo que no había sentido antes. Una presencia oscura, similar a la que describían las leyendas del Devorador, pero más débil. Más sutil. Como un eco lejano.

—Es la grieta —dijo, recordando las palabras de Lira en su sueño—. La grieta de la que hablaba Lira. Está aquí. En mi aldea.

—Así es —dijo una voz a su espalda.

Liana se giró sobresaltada. Allí, de pie entre las sombras de los árboles marchitos, estaba su abuela.

Pero no era la abuela que recordaba. Su rostro, antes surcado de arrugas amables, estaba ahora demacrado y pálido.

Sus ojos, antes llenos de vida, estaban hundidos y apagados.

Y en su cuello, una mancha negra se extendía como una enredadera.

—Abuela... —murmuró Liana—. ¿Qué te ha pasado?

—La sombra —respondió la anciana—. La sombra que vino del sur. Se metió en nuestros sueños. En nuestros corazones. Alimentándose de nuestros miedos.

—¿Qué sombra? ¿De dónde vino?

—Del Desierto de Cenizas. Del lugar donde Lira derrotó al Devorador. Allí quedó una semilla. Una semilla que nadie vio. Y ahora, ha germinado.

—¿Y qué quiere?

—Quiere lo que siempre ha querido. Consumir dragones. Consumir humanos. Consumir el mundo.

—¿Y cómo se detiene?

—Con fuego. Con el fuego de los dragones. Pero no cualquier fuego. El fuego púrpura. El fuego de Kael.

—Pero Kael ya no existe.

—No. Pero su esencia sigue viva. En cada dragón que ha llevado su nombre. En cada guardián que ha luchado por la paz. Y en ti, Liana. Porque tú eres la elegida.

—¿Elegida para qué?

—Para cerrar la grieta. Para destruir la semilla. Para terminar lo que Lira empezó.

—Pero yo no soy Lira. Solo soy una niña.

—Eso mismo decía Lira. Y mira lo que pasó.

La abuela se desvaneció lentamente, como si su cuerpo estuviera hecho de niebla. Liana intentó retenerla, pero sus manos atravesaron el aire sin encontrar nada. Solo quedó el árbol marchito, el musgo negro y el eco de sus palabras.

—Tenemos que ir al Desierto de Cenizas —le dijo a Esme—. Allí es donde empezó todo. Y allí es donde terminará.

El dragón verde emitió un rugido de asentimiento y desplegó sus alas. Liana montó sobre su lomo, y juntos se elevaron hacia el cielo, dejando atrás la aldea en ruinas y adentrándose en el este, hacia el lugar donde Lira había sacrificado su vida para derrotar al Devorador.

La batalla final se acercaba. Y Liana, la niña que había crecido escuchando leyendas, estaba a punto de convertirse en una.