EL ÚLTIMO DRAGÓN DE ALBORADA CAPÍTULO 44 LA ESCUELA DE LOS SUEÑOS
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CAPÍTULO 44 LA ESCUELA DE LOS SUEÑOS

La Escuela de Guardianes Lira la Salvaje seguía en pie, desafiando el paso de los siglos.

Sus muros de piedra, cubiertos de hiedra y líquenes, habían sido testigos de incontables generaciones de jóvenes soñadores que llegaban con la esperanza de establecer un vínculo con un dragón.

El patio central, donde antaño se había erigido la estatua de Kael, seguía siendo el corazón de la escuela, aunque la estatua original había sido reemplazada por una réplica más moderna, tallada en mármol blanco por artesanos de la Ciudadela.

Cuando Liana llegó a lomos de Esme, el revuelo fue inmediato.

Los alumnos que estaban entrenando en el patio se quedaron boquiabiertos al ver al dragón verde descender del cielo, y los guardianes que supervisaban las prácticas intercambiaron miradas de sorpresa.

No era frecuente que un nuevo alumno llegara por sus propios medios, y menos aún montado en un dragón que claramente lo había elegido.

—¿Quién eres? —preguntó una mujer de pelo cano y mirada severa, que resultó ser la directora de la escuela.

—Me llamo Liana —respondió la niña, desmontando del dragón—. Vengo de las aldeas del sur. Y este es Esme. Me encontró anoche, en el bosque.

—¿Te encontró? ¿Así, sin más?

—Bueno, yo lo estaba buscando. O quizá él me estaba buscando a mí. No lo sé muy bien.

La directora, cuyo nombre era Maera, examinó a Liana con una mezcla de curiosidad y escepticismo. Llevaba más de treinta años dirigiendo la escuela, y había visto a cientos de jóvenes llegar con la esperanza de convertirse en guardianes. Pero muy pocos llegaban montados en un dragón.

—Ese dragón... —dijo Maera, señalando a Esme—. Es un dragón verde, ¿verdad?

—Sí. Como Esme, la compañera de Alba.

—¿Sabes quién fue Alba?

—Claro. Fue una de las guardianas originales. La que protegió el bosque durante la guerra contra el Devorador.

—Veo que sabes historia.

—Mi abuela me contaba las leyendas. Sobre todo las de Lira y Kael.

Maera esbozó una sonrisa. Era una sonrisa cansada, pero no exenta de ternura.

—Lira fue una gran mujer. La mejor guardiana que ha existido jamás. Pero no te creas todo lo que cuentan las leyendas. Lira también era humana. También cometió errores. También tuvo miedo.

—Pero nunca se rindió.

—No. Eso es cierto. Nunca se rindió. Y por eso la recordamos.

Maera aceptó a Liana como alumna, a pesar de su corta edad.

La niña fue instalada en una de las habitaciones de la escuela, un pequeño cubículo de piedra con una cama, un escritorio y una ventana que daba al patio.

Esme, por su parte, fue alojado en los establos de los dragones, donde ya había otros ejemplares de su especie: dragones rojos, dragones azules, dragones verdes, dragones dorados.

Pero ningún dragón púrpura. El último había sido Kael, el compañero de Kira, que había muerto hacía décadas.

—¿Por qué no hay dragones púrpuras? —preguntó Liana durante su primera clase de historia, impartida por un anciano profesor llamado Merrick que afirmaba ser descendiente directo de Aldric.

—Porque los dragones púrpuras son los más raros —respondió Merrick—.

Solo nacen cuando hay una gran necesidad.

Cuando el mundo está en peligro y necesita un protector.

Kael nació para ayudar a Lira a derrotar al Devorador.

El segundo Kael nació para ayudar a Kira a mantener la paz.

Y el tercero... bueno, el tercero aún no ha nacido.

—¿Y si naciera ahora? ¿Quién sería su guardián?

—Eso no lo sé. Los dragones eligen a sus guardianes, no al revés. Si un dragón púrpura naciera mañana, su guardián sería quien él eligiera. Podrías ser tú. Podría ser otro alumno. Podría ser alguien que aún no ha nacido.

—¿Y cómo se sabe si un dragón te ha elegido?

—Lo sabrás. Cuando ocurra, lo sabrás. Es una sensación que no se puede describir con palabras. Es como si el mundo entero se detuviera, y solo existierais tú y el dragón.

Liana asintió, aunque no estaba segura de entenderlo del todo. Ella ya había sentido algo parecido con Esme, pero no sabía si era lo mismo. Esme la había encontrado, sí. Pero no sentía que el mundo se hubiera detenido. Sentía que acababa de empezar.

Los meses pasaron rápidamente. Liana se adaptó a la vida en la escuela con una facilidad sorprendente.

Aprendió a cuidar a su dragón, a comunicarse con él, a volar sobre su lomo.

Aprendió historia, geografía, botánica, estrategia militar.

Aprendió que los dragones no eran mascotas, ni armas, ni herramientas. Eran compañeros. Amigos. Familia.

Pero también aprendió que el mundo exterior no era tan pacífico como parecía.

Los guardianes que patrullaban las fronteras de Alborada traían noticias preocupantes: en el norte, los cazadores furtivos habían vuelto a aparecer.

En el este, un nuevo señor de la guerra estaba reuniendo un ejército.

Y en el sur, donde Liana había nacido, los aldeanos hablaban de una sombra que se extendía por los bosques.

Una sombra que mataba el ganado y envenenaba los ríos.

Una sombra que recordaba a las viejas leyendas del Devorador.

—¿Crees que el Devorador ha vuelto? —le preguntó Liana a Merrick una noche, después de clase.

—No. El Devorador fue destruido. Lo que queda de él es solo un eco. Pero los ecos también pueden ser peligrosos.

—¿Y cómo se lucha contra un eco?

—Con la verdad. Con la memoria. Recordando lo que pasó. Por eso es tan importante la historia. Si olvidamos el pasado, estamos condenados a repetirlo.

—Eso lo decía Lira.

—Sí. Y tenía razón.

Aquella noche, Liana soñó con Lira. No era la primera vez que le ocurría, pero este sueño era diferente.

En el sueño, Lira no era la heroína legendaria que había derrotado al Devorador.

Era una mujer mayor, de pelo blanco y manos temblorosas, que estaba sentada junto a un dragón púrpura.

Le hablaba, pero Liana no podía oír lo que decía.

Solo veía sus labios moverse, formando palabras que no llegaban a sus oídos.

—¿Qué me estás diciendo? —preguntó Liana en el sueño.

Lira la miró directamente a los ojos. Sus ojos eran del color del ámbar, como los de un dragón.

—Está despertando —dijo Lira—. El eco del Devorador. Está despertando.

—¿Qué eco? ¿Dónde?

—En el sur. Donde naciste. Donde todo empezó.

—¿Y qué tengo que hacer?

—Encontrar el origen. Cerrar la grieta. Antes de que sea demasiado tarde.

—¿Cómo?

—Con la ayuda de los dragones. Con la ayuda de Esme. Con la ayuda de todos los que creen en ti.

—Yo no soy nadie. Solo soy una niña.

—Eso mismo dije yo. Y mira lo que pasó.

Lira se desvaneció, y Liana despertó sobresaltada.

Fuera, la luna brillaba sobre el patio de la escuela, y Esme dormía plácidamente en los establos.

Pero Liana ya no podía dormir. Las palabras de Lira resonaban en su cabeza como un eco.

"Está despertando". "Cerrar la grieta". "Antes de que sea demasiado tarde".

Se levantó y se vistió en silencio. Luego, salió al patio y se dirigió a los establos. Esme la recibió con un ronroneo suave, como si supiera lo que iba a pasar.

—Tenemos que irnos —le dijo Liana—. Al sur. A mi aldea. Allí hay algo que tenemos que encontrar.

Esme emitió un gruñido de asentimiento y desplegó sus alas. Liana montó sobre su lomo, y juntos se elevaron hacia el cielo nocturno, dejando atrás la escuela y adentrándose en lo desconocido.

La nueva aventura acababa de empezar.