EL ÚLTIMO DRAGÓN DE ALBORADA CAPÍTULO 43 LA NIÑA QUE CREÍA EN DRAGONES
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CAPÍTULO 43 LA NIÑA QUE CREÍA EN DRAGONES

La niña que había escuchado las historias de su abuela se llamaba Liana.

Tenía doce años, el pelo oscuro como el basalto del Viejo Templo y unos ojos curiosos que parecían querer devorar el mundo.

Vivía en una pequeña aldea al pie de la Sierra Quebrada, un puñado de casas de piedra y madera que se apiñaban alrededor de una plaza polvorienta donde los ancianos se reunían a contar historias al atardecer.

Era una vida sencilla, marcada por el ritmo de las estaciones y el trabajo en los campos, pero Liana siempre había sentido que había algo más.

Algo más allá de las montañas. Algo que la estaba llamando.

—Abuela —preguntó una noche, mientras la anciana tejía junto al fuego—. ¿Tú crees que yo podría ser guardiana?

La abuela, una mujer de rostro surcado por arrugas y ojos que habían visto demasiado, dejó a un lado su tejido y la miró con una mezcla de ternura y preocupación.

—¿Por qué lo preguntas, pequeña?

—Porque lo siento. Siento que hay algo ahí fuera, esperándome. Como si alguien me estuviera llamando.

—Eso mismo decía Lira la Salvaje. La fundadora de la orden.

—¿La conociste?

—No. Eso fue hace mucho tiempo. Antes de que yo naciera. Pero mi abuela sí la conoció. Decía que Lira no era como los demás. Tenía un don. Un don para entender a los dragones.

—Yo quiero ser como ella.

—Eso no es algo que se pueda decidir. Los dragones eligen a sus guardianes, no al revés. Si un dragón te quiere, te encontrará. Si no, por mucho que busques, nunca lo hallarás.

—Pero, ¿y si no me encuentra? ¿Y si me quedo aquí para siempre, en esta aldea, sin hacer nada importante?

La abuela sonrió. Una sonrisa triste, cargada de años y de recuerdos.

—Hacer algo importante no significa ser guardiana, Liana. Significa ser fiel a ti misma. Ayudar a los demás. Proteger a los que amas. Eso es lo que hizo Lira. Y eso es lo que puedes hacer tú, aunque no encuentres un dragón.

—Pero yo quiero encontrar uno.

—Entonces, búscalo. Pero ten cuidado. El mundo ahí fuera es peligroso. Hay criaturas que no se parecen en nada a los dragones.

—¿Como el Devorador?

—Eso es solo una leyenda. Pero hay otras cosas. Cosas reales. Ladrones, asesinos, criaturas salvajes. Y también hay personas que odian a los dragones. Que quieren volver a los tiempos oscuros.

—¿Por qué odian a los dragones?

—Porque tienen miedo. Y el miedo, cuando crece, se convierte en odio. Por eso los guardianes son tan importantes. No solo protegen a los dragones. También protegen a los humanos de su propio miedo.

Aquella noche, Liana no pudo dormir. Se quedó despierta, contemplando las estrellas desde la ventana de su habitación, pensando en dragones, en guardianes, en Lira la Salvaje.

Había oído aquella historia cientos de veces, pero nunca se cansaba de ella.

La historia de una huérfana que había encontrado un huevo en las ruinas de un templo olvidado.

La historia de cómo ese huevo había cambiado el destino del mundo.

Al amanecer, tomó una decisión. Se levantó, preparó un hatillo con pan, queso y una cantimplora de agua, y salió de casa sin hacer ruido.

No quería despertar a su abuela, porque sabía que intentaría detenerla.

Pero Liana estaba decidida. Iba a ir a la Escuela de Guardianes Lira la Salvaje.

Iba a encontrar un dragón. Iba a ser como Lira.

El camino hacia la escuela era largo y peligroso.

Liana lo había recorrido una vez, cuando era más pequeña, acompañada por su abuela y por otros aldeanos que iban a vender sus productos al mercado de Pontaris.

Pero ahora estaba sola, y el sendero le parecía mucho más amenazador.

Los árboles, que antes le habían parecido amables, ahora extendían sus ramas como garras.

Los pájaros, que antes cantaban melodías alegres, ahora emitían graznidos que sonaban a advertencia.

Y el viento, que antes susurraba secretos, ahora gemía como un alma en pena.

Pero Liana no se dejó intimidar. Siguió caminando, con paso firme, repitiéndose a sí misma las palabras de su abuela: "El miedo, cuando crece, se convierte en odio". Ella no iba a tener miedo. Iba a ser valiente. Como Lira.

Al caer la noche, llegó a un claro en el bosque.

Estaba agotada, hambrienta y con los pies doloridos, pero no se detuvo.

Buscó un lugar donde descansar, y lo encontró bajo un viejo roble, similar al que crecía en el patio de la escuela.

Se tumbó sobre la hierba, usando su hatillo como almohada, y se quedó mirando las estrellas.

—Lira —murmuró, hablándole al cielo—. Si estás ahí, si de verdad puedes oírme, ayúdame. Ayúdame a encontrar un dragón. Ayúdame a ser guardiana.

El viento sopló suavemente, y Liana sintió que una presencia cálida la envolvía. No era miedo. Era otra cosa. Algo que no sabía explicar. Algo que le decía que no estaba sola.

Y entonces, lo oyó. Un sonido. Un sonido que no había oído nunca, pero que reconoció al instante.

Era el batir de alas. Unas alas enormes, que cortaban el aire con un ritmo poderoso.

Se incorporó de golpe y miró hacia el cielo.

Allí, recortada contra la luna, había una figura.

Una figura que se acercaba lentamente, como si estuviera buscando algo.

Era un dragón.

Liana contuvo la respiración. El dragón descendió lentamente, aterrizando en el claro con una suavidad que contrastaba con su tamaño.

Era un dragón verde, de escamas brillantes como esmeraldas, con ojos amarillos que reflejaban la luz de la luna.

No era un dragón púrpura, como Kael. Pero era un dragón. Un dragón de verdad.

—Hola —dijo Liana, con la voz temblorosa.

El dragón la miró fijamente. Durante unos segundos, no se movió. Luego, lentamente, se acercó a ella y frotó su hocico contra su mano. Era un gesto de reconocimiento. Un gesto que decía: "Te he encontrado".

—¿Eres para mí? —preguntó Liana, con lágrimas en los ojos.

El dragón emitió un sonido suave, casi un ronroneo.

—Pero yo no soy nadie. Solo soy una niña de una aldea. No sé nada de dragones.

El dragón no respondió. Simplemente se tumbó a su lado, como un gato gigantesco, y cerró los ojos. Liana, sin saber qué hacer, se acurrucó junto a él. Sentía su calor, su respiración, el latido de su corazón. Y supo, en ese instante, que algo había cambiado para siempre.

—Voy a llamarte Esme —dijo—. Como el dragón de Alba. El compañero de la guardiana del bosque.

El dragón abrió un ojo y emitió un ronroneo de aprobación.

Aquella noche, Liana durmió bajo las estrellas, protegida por el dragón verde. Y cuando despertó, a la mañana siguiente, supo lo que tenía que hacer.

—Vamos —le dijo a Esme—. Vamos a la escuela de guardianes.

El dragón desplegó sus alas y se elevó hacia el cielo, con Liana sobre su lomo. Juntos, volaron hacia las montañas, hacia su destino. Hacia una nueva historia que estaba a punto de empezar.