CAPÍTULO 42 EL ÚLTIMO VUELO
Pasaron los siglos. El tiempo, ese río implacable que todo lo arrastra, cubrió con su manto de olvido muchas de las historias que habían emocionado a las gentes de Alborada.
La Escuela de Guardianes Lira la Salvaje siguió formando a generaciones de jóvenes, pero el nombre de su fundadora se fue convirtiendo lentamente en una leyenda, y las leyendas, con el paso de los años, tienden a difuminarse como la niebla al amanecer.
Los dragones, sin embargo, seguían surcando los cielos.
Ya no eran tantos como en los tiempos de esplendor, pero tampoco estaban en peligro de extinción.
La paz que Lira y Kael habían ayudado a construir se había consolidado, y aunque de vez en cuando surgían conflictos —siempre surgen conflictos, esa es la naturaleza humana—, los guardianes estaban allí para resolverlos.
En una pequeña aldea al pie de la Sierra Quebrada, una niña de pelo oscuro y ojos curiosos escuchaba a su abuela contar la historia de Lira la Salvaje. Era una historia que había oído docenas de veces, pero que nunca se cansaba de escuchar.
—Abuela —preguntó la niña—. ¿Crees que los dragones existen de verdad?
—Claro que existen —respondió la abuela, con una sonrisa—. ¿Nunca has visto uno?
—No. Solo en los dibujos.
—Pues un día, si tienes suerte, verás uno. Y entonces sabrás que todas las historias que te he contado son verdad.
—¿Y crees que yo podría ser guardiana?
—Eso depende de ti. Y depende del dragón. El vínculo no se puede forzar. Tiene que surgir de forma natural.
—Como Lira y Kael.
—Como Lira y Kael.
Aquella noche, la niña soñó con dragones. Soñó que volaba sobre un cielo infinito, sobre montañas y océanos y desiertos, sintiendo el viento en el rostro y el calor del sol en la piel. Soñó que no estaba sola. Que había alguien a su lado. Alguien que la protegía. Alguien que la quería.
Cuando despertó, a la mañana siguiente, supo lo que tenía que hacer.
—Abuela —dijo—. Voy a ir a la escuela de guardianes.
—¿Estás segura?
—Sí. Quiero ser como Lira.
La abuela sonrió y le dio un beso en la frente.
—Entonces, ve. Y que los dragones te acompañen.
La niña se puso en marcha, caminando hacia las montañas, hacia su destino. No sabía lo que le esperaba. No sabía si encontraría un dragón, ni si sería elegida como guardiana. Pero no le importaba. Lo único que le importaba era seguir el camino que Lira había trazado.
Porque las leyendas nunca mueren. Solo se transforman. Y mientras haya alguien dispuesto a creer en ellas, seguirán vivas para siempre.