CAPÍTULO 41 EL CICLO ETERNO
Muchos años después, cuando Kira era ya una anciana de pelo blanco y manos temblorosas, ocurrió algo que nadie esperaba.
En las ruinas del Viejo Templo, donde Lira había encontrado el huevo de Kael hacía más de medio siglo, un grupo de jóvenes exploradores descubrió algo que había permanecido oculto durante décadas.
Era un huevo. Un huevo de dragón púrpura. El tercero de su especie.
Los jóvenes, que pertenecían a la nueva generación de guardianes formados en la Escuela Lira la Salvaje, llevaron el huevo a Kira con una mezcla de emoción y reverencia. La anciana guardiana, que había dedicado toda su vida a proteger a los dragones, contempló aquel huevo con lágrimas en los ojos.
—Es igual que Kael —dijo—. Igual que el primer Kael.
—¿Qué hacemos con él? —preguntó una de las jóvenes, una chica de pelo castaño y ojos verdes llamada Elara.
—Esperar. Cuidarlo. Protegerlo. Y cuando nazca, establecer un vínculo con él.
—¿Yo? ¿Crees que yo podría ser su guardiana?
—No lo sé. Pero si el dragón te elige a ti, tendrás que aceptar esa responsabilidad. Ser guardián no es fácil. Requiere sacrificios. Pero también es la mayor alegría que puedes experimentar en la vida.
—Eso mismo decía Lira la Salvaje, ¿verdad?
—Sí. Eso decía.
Elara asintió y se quedó junto al huevo, acariciándolo con suavidad. Kira la observó con una sonrisa. Aquella joven le recordaba a ella misma, muchos años atrás. La misma determinación. La misma ilusión. El mismo amor por los dragones.
—Lira —murmuró Kira, hablándole al viento—. ¿Lo ves? El ciclo continúa. La historia se repite. Los dragones nunca desaparecerán.
El viento sopló suavemente, y Kira supo que Lira la había oído.
El huevo eclosionó una noche de luna llena, tres meses después de su descubrimiento.
Elara, que lo había cuidado con una dedicación incansable, fue la primera en verlo.
La cáscara se rompió lentamente, y del interior emergió una criatura diminuta, cubierta de escamas púrpuras que brillaban bajo la luz de la luna.
Sus ojos, de un ámbar intenso, se abrieron por primera vez, y lo primero que vieron fue a Elara.
—Hola —dijo la joven, con lágrimas en los ojos—. Hola, pequeño.
El dragón emitió un sonido suave, casi un gorjeo, y frotó su hocico contra la mano de Elara. En ese instante, el vínculo se estableció. Un vínculo que duraría toda la vida.
—¿Cómo vas a llamarlo? —preguntó Kira.
—Kael —respondió Elara—. Se llamará Kael.
Kira sonrió. Había oído aquella respuesta antes. La había oído de labios de Lira, muchos años atrás, cuando ella misma había preguntado lo mismo.
—Es un buen nombre —dijo.
—Lo sé.
El nuevo Kael creció rápidamente. En apenas unos meses, ya era del tamaño de un caballo, y sus alas empezaban a ser lo bastante fuertes como para sostenerlo en el aire.
Elara lo entrenaba a diario, siguiendo las enseñanzas de Kira, de Lira, de todos los guardianes que habían existido antes que ella.
Y el joven dragón respondía con una inteligencia y una sensibilidad que recordaban a sus predecesores.
Una noche, mientras Elara y Kael volaban sobre la Sierra Quebrada, la joven guardiana sintió algo que no había sentido antes. Una presencia. Una calidez que la envolvía como un abrazo.
—¿Lo sientes? —le preguntó a su dragón.
Kael emitió un rugido afirmativo.
—Son ellos. Lira y el primer Kael. Nos están observando.
El dragón batió sus alas con fuerza, elevándose hacia el cielo. Y en ese momento, Elara supo que no estaba sola. Que nunca lo había estado. Porque el vínculo entre los guardianes y los dragones trascendía el tiempo. Era eterno. Como el amor que los unía.
—Gracias —dijo, hablándole al viento—. Gracias por todo.
Y en el silencio de la noche, Elara supo que Lira y Kael la habían oído.