CAPÍTULO 40 EL NUEVO MUNDO
Pasaron diez años. Diez años en los que Alborada se transformó de un reino devastado por la guerra en un próspero centro de comercio y cultura.
Las escuelas de guardianes, inspiradas por la fundada por Lira y Aldric, se multiplicaron por todo el continente.
Ya no solo en la Sierra Quebrada, sino también en las costas del Mar de las Lágrimas, en las laderas de las Montañas de Fuego, en las llanuras del norte y en las islas del sur.
Cientos de jóvenes, elegidos por dragones, aprendían el arte del vínculo bajo la tutela de los guardianes originales.
Kira, que había asumido el liderazgo de la orden tras la muerte de Lira, se había convertido en una líder sabia y respetada.
Su dragón, el nuevo Kael, era el más poderoso de todos los dragones de Alborada, y juntos habían enfrentado amenazas que habrían hecho temblar a cualquiera.
Pero también habían conocido la paz. Una paz duradera, construida sobre los cimientos que Lira y el viejo Kael habían dejado.
—A veces me pregunto qué diría Lira si viera todo esto —le confesó Kira a Finn una noche, mientras cenaban en el gran salón de la Ciudadela Blanca.
—Probablemente diría que hemos hecho un buen trabajo —respondió Finn—. Y luego se quejaría de que no hemos cuidado lo suficiente los jardines.
Kira sonrió. Era cierto. Lira siempre había sido muy exigente con los jardines.
—La echo de menos —dijo.
—Yo también. Pero de alguna forma, sigue aquí. En cada dragón que surca el cielo. En cada guardián que establece un vínculo. En cada niño que sueña con encontrar un huevo en las ruinas de un templo olvidado.
—Eso es muy poético para ser tú.
—Lo aprendí de Aldric.
—Ah, Aldric. ¿Cómo está?
—Viejo. Muy viejo. Pero sigue dando clases en la escuela. Dice que no piensa jubilarse hasta que no haya formado al menos a cien guardianes.
—¿Y cuántos lleva?
—Noventa y nueve.
—Entonces, pronto estará libre.
—Eso dice. Pero yo no me lo creo. Ese hombre es inmortal.
Ambos rieron. La risa, después de tantos años de lucha, era un bálsamo que curaba las heridas más profundas.
El nuevo Kael, mientras tanto, había alcanzado un tamaño comparable al de su predecesor.
Sus escamas púrpuras brillaban bajo el sol como un manto de amatistas, y sus ojos ámbar reflejaban una sabiduría que iba más allá de su edad.
Era un dragón tranquilo, reflexivo, muy diferente del Kael original en temperamento pero igual de poderoso en fuerza.
Kira lo adoraba, y él adoraba a Kira. Juntos formaban el vínculo más fuerte que se había visto desde Lira y el primer Kael.
Una mañana, mientras volaban sobre las Montañas de Fuego, Kira recordó algo que Lira le había dicho años atrás: "El vínculo entre un guardián y su dragón es eterno. Trasciende la muerte". Entonces no lo había entendido del todo. Pero ahora, con el nuevo Kael a su lado, empezaba a comprenderlo.
—Kael —dijo, acariciando el cuello de su dragón—. ¿Crees que Lira y el viejo Kael nos están viendo?
El dragón emitió un rugido afirmativo.
—Eso espero. Porque quiero que sepan que estamos cumpliendo nuestra promesa. Que estamos protegiendo a los dragones. Que estamos manteniendo la paz.
Kael batió sus alas con fuerza, elevándose hacia el cielo. Y en ese momento, Kira sintió que una presencia cálida la envolvía. La misma presencia que había sentido tantas veces desde la muerte de Lira. La presencia de su mentora, de su amiga, de su hermana.
—Gracias, Lira —murmuró—. Gracias por todo.
El viento sopló suavemente, y Kira supo que Lira la había oído.