EL ÚLTIMO DRAGÓN DE ALBORADA CAPÍTULO 39 EL LEGADO DE LIRA
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CAPÍTULO 39 EL LEGADO DE LIRA

La noticia de la muerte de Lira se extendió por Alborada como el eco de un trueno lejano.

Durante semanas, los juglares compusieron canciones sobre su sacrificio, los poetas escribieron versos sobre su amor eterno con Kael, y los ancianos contaron a los niños la historia de la huérfana que había encontrado un huevo de dragón y había cambiado el destino del mundo.

En las tabernas de Pontaris, en los mercados de las aldeas del norte, en las plazas de la Ciudadela Blanca, el nombre de Lira se pronunciaba con reverencia.

Pero para los que la habían conocido de verdad —para Kira, para Finn, para Eryndor, para Alba, para Nerea, para Darien—, Lira no era una leyenda. Era una amiga. Una mentora. Una hermana. Y su ausencia dolía más que ninguna herida de batalla.

—No puedo creer que se haya ido —dijo Kira, sentada en el patio de la escuela, con el nuevo Kael a su lado.

El dragón púrpura, que ya tenía el tamaño de un caballo grande, emitía un ronroneo grave como si intentara consolarla—.

Después de todo lo que pasó, después de enfrentarse al Devorador, al príncipe Edric, a todo... ¿así es como termina?

—No ha terminado —respondió Finn, que estaba sentado a su lado—. Lira eligió reunirse con Kael. Es lo que siempre quiso.

—Pero nosotros la necesitábamos.

—Sí. Pero ella necesitaba descansar. ¿Cuántos años luchó? ¿Treinta? ¿Cuarenta? Se merecía la paz.

—La paz. ¿Qué es la paz sin ella?

—Es lo que ella nos enseñó a construir. Un mundo donde los dragones y los humanos puedan coexistir. Ese es su legado. Y nosotros somos los encargados de protegerlo.

Kira guardó silencio. Sabía que Finn tenía razón, pero el dolor era demasiado intenso. Lira había sido su mentora, su guía, su inspiración. Sin ella, se sentía perdida. Como un barco sin timón en medio del océano.

—Recuerdo el día que la conocí —dijo Kira, con la voz quebrada—. Yo era una niña asustada que no sabía nada del mundo. Y ella me trató como a una igual. Me enseñó todo lo que sé.

—A mí también —respondió Finn—. Cuando me encontró en aquella aldea en ruinas, yo no era más que un huérfano sin futuro. Ella me dio un propósito. Una familia.

—Todos le debemos algo.

—Sí. Y por eso tenemos que seguir adelante. Por ella. Por Kael. Por todos los que dieron su vida por esta causa.

Kira asintió lentamente. Luego, se levantó y se dirigió al centro del patio, donde los demás guardianes se habían reunido en silencio.

Estaban todos: Eryndor con su dragón Azul, Alba con Esme, Nerea con Pyros, Darien con Aureus.

Y también estaban los alumnos, los jóvenes que nunca habían conocido a Lira en persona pero que habían crecido escuchando sus historias.

—Hoy despedimos a Lira —dijo Kira, con la voz firme pero cargada de emoción—.

Pero no despedimos su legado. Lira nos enseñó que los dragones no son armas, ni mascotas, ni esclavos.

Son compañeros. Amigos. Familia. Y mientras nosotros sigamos aquí, mientras sigamos luchando por lo que ella creía, Lira no habrá muerto del todo.

Los dragones, como si hubieran entendido sus palabras, emitieron un rugido colectivo que resonó en todo el valle. Era un rugido de duelo, pero también de esperanza.

—A partir de hoy, la escuela llevará su nombre —anunció Kira—. Se llamará la Escuela de Guardianes Lira la Salvaje. Y en su entrada, colocaremos una estatua de Kael, para que todos recuerden que el amor entre un guardián y su dragón es más fuerte que la muerte.

Los presentes aplaudieron. Algunos lloraban, otros sonreían, pero todos compartían el mismo sentimiento: gratitud. Gratitud hacia la mujer que lo había dado todo por ellos.

Aquella noche, cuando la luna se elevó sobre las montañas, Kira salió al patio y contempló la estatua que habían erigido en honor a Kael.

Era una réplica exacta del dragón púrpura, tallada en basalto negro por los mejores artesanos de Alborada.

Sus ojos de cuarzo ámbar brillaban bajo la luz de la luna, y sus alas extendidas parecían a punto de batir el aire.

—Te echo de menos —dijo Kira, hablándole a la estatua como si fuera real—. Echo de menos a Lira. Echo de menos los viejos tiempos.

El viento sopló suavemente, y Kira sintió que una presencia cálida la envolvía. No era Kael, ni Lira. Era algo más sutil. Una brisa. Un susurro. Una sensación de que no estaba sola.

—Gracias —dijo—. Por todo.

Y en el silencio de la noche, Kira supo que Lira y Kael la estaban escuchando.