EL ÚLTIMO DRAGÓN DE ALBORADA CAPÍTULO 38 LA LLAMADA DEL CREPÚSCULO
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CAPÍTULO 38 LA LLAMADA DEL CREPÚSCULO

Los días se convirtieron en semanas, y las semanas en meses.

El otoño dio paso al invierno, y el invierno a una primavera tímida que apenas conseguía derretir la nieve de las cumbres.

Lira seguía viviendo en su cueva, ajena al paso del tiempo, recibiendo visitas esporádicas de sus amigos y antiguos alumnos.

Pero cada vez eran menos frecuentes. No porque la hubieran olvidado, sino porque la vida seguía su curso, y los jóvenes guardianes tenían sus propias responsabilidades.

Una mañana de primavera, llegó una visita inesperada.

Era Darien, el guardián del dragón dorado.

Llevaba años sin verlo —desde el ritual de la extracción, para ser exactos—, y al principio casi no lo reconoció.

El joven inseguro y frágil que había aceptado sacrificarse para salvar a Lira se había convertido en un hombre maduro, de porte sereno y mirada firme.

Aureus, su dragón dorado, lo acompañaba, y aunque la bestia seguía siendo imponente, sus ojos ya no mostraban aquel vacío inquietante que los había caracterizado durante tanto tiempo.

Ahora brillaban con una chispa de conciencia que solo un vínculo verdadero podía otorgar.

—Lira —saludó Darien, desmontando de su dragón—. Cuánto tiempo.

—Demasiado —respondió ella, abrazándolo—. ¿Cómo estás? ¿Y Aureus?

—Bien. Los dos bien. Hemos estado viajando por los reinos del sur, ayudando a establecer nuevas escuelas de guardianes. El legado de la orden se está extendiendo más allá de Alborada.

—Eso es maravilloso.

—Sí. Pero no he venido solo a darte buenas noticias.

—¿Qué ocurre?

—He tenido un sueño. Un sueño recurrente. En él, veo el Templo del Fuego Primordial, en el Desierto de Cenizas. Y veo una figura. Una mujer de pelo blanco, vestida de púrpura, que me llama.

—¿Yo?

—Eso creo. La figura me dice que ha llegado el momento.

—¿El momento de qué?

—No lo sé. Pero creo que deberías venir conmigo al desierto. Hay algo que debes ver.

Lira dudó. El Desierto de Cenizas era un lugar peligroso, lleno de recuerdos que preferiría no revivir. Pero si Darien había tenido aquel sueño, significaba que algo importante estaba ocurriendo. Los sueños de los guardianes nunca eran solo sueños.

—Está bien —dijo—. Iré contigo. Pero tendrás que ayudarme. Ya no puedo volar sola.

—Para eso está Aureus.

El dragón dorado emitió un rugido suave, como si estuviera de acuerdo. Lira montó sobre su lomo —era la primera vez que cabalgaba un dragón que no fuera Kael—, y juntos emprendieron el viaje hacia el este.

El Desierto de Cenizas seguía igual que la última vez que Lira lo había visto.

Dunas de ceniza que se extendían hasta el horizonte, un calor sofocante, un silencio absoluto.

Pero el Templo del Fuego Primordial había cambiado.

Las runas de las paredes brillaban con una intensidad que nunca antes habían mostrado, y en el centro de la cámara principal, donde antes flotaba la Lanza del Dragón, ahora había un pedestal de piedra.

Sobre el pedestal, una esfera de luz dorada pulsaba con un ritmo constante, como un corazón.

—¿Qué es esto? —preguntó Lira, acercándose lentamente.

—No lo sé —respondió Darien—. Pero cuando toqué la esfera, tuve la visión. La visión de ti.

—Entonces, ¿esto me estaba llamando?

—Eso parece.

Lira extendió la mano y tocó la esfera. Al instante, una oleada de imágenes invadió su mente.

Vio a Kael, joven y fuerte, surcando los cielos de Alborada.

Vio a los antiguos guardianes, los primeros que habían establecido el pacto con los dragones.

Vio guerras, traiciones, muertes. Pero también vio amor.

Vio a humanos y dragones luchando juntos, protegiéndose mutuamente, sacrificándose unos por otros.

Y luego, vio algo más. Vio una figura que no pertenecía al pasado, sino al futuro.

Una figura envuelta en una túnica púrpura, con el pelo blanco y los ojos del color del ámbar.

Era ella misma. Pero no era la Lira del presente.

Era la Lira del futuro. Una Lira que caminaba hacia el horizonte, de la mano de Kael, mientras el mundo se desvanecía a su alrededor.

—¿Qué significa esto? —preguntó Lira, retirando la mano de la esfera.

—Significa que tu viaje está llegando a su fin —respondió una voz conocida.

Lira se giró. Allí, en la entrada de la cámara, estaba Aldric. El anciano profesor, que había sido su mentor durante tantos años, se apoyaba en su bastón de madera nudosa y la observaba con una sonrisa triste.

—Aldric —dijo—. ¿Qué haces aquí?

—He venido a despedirme. Como tú.

—¿Cómo yo?

—Sí. La esfera te ha mostrado el futuro. Tu futuro. El futuro de todos nosotros.

—No lo entiendo.

—La esfera es el Corazón del Fuego Primordial. El centro de poder de todos los dragones. Cuando un guardián llega al final de su vida, la esfera lo llama. Le muestra su destino. Y le permite elegir.

—¿Elegir qué?

—Elegir cómo quiere partir. Algunos guardianes eligen quedarse en el mundo, viviendo sus últimos años en paz. Otros eligen fundirse con la esencia de su dragón, convirtiéndose en parte del Fuego Primordial.

—¿Y cuál es la elección correcta?

—No hay elección correcta. Solo hay elecciones. Y tú debes tomar la tuya.

Lira se quedó en silencio. Miró la esfera, luego a Aldric, luego a Darien y a Aureus. Pensó en Kael, en su vida juntos, en todo lo que habían construido. Y supo, en ese instante, lo que debía hacer.

—Quiero reunirme con Kael —dijo—. Quiero formar parte del Fuego Primordial.

Aldric asintió lentamente.

—Eso pensé que dirías.

—¿Sabías que iba a elegir esto?

—Lo sospechaba. Llevas años esperando este momento. Y ahora, ha llegado.

—¿Qué tengo que hacer?

—Tocar la esfera. Y dejarte llevar.

Lira se acercó a la esfera por última vez. Apoyó ambas manos sobre su superficie y sintió cómo el calor del Fuego Primordial la envolvía. Cerró los ojos y se concentró en Kael. En su risa, en su calor, en su amor.

—Voy, Kael —murmuró—. Espérame.

La esfera emitió un resplandor cegador, y Lira sintió que su cuerpo se desvanecía lentamente, como la niebla al amanecer. Ya no sentía dolor, ni miedo, ni tristeza. Solo paz. Una paz infinita, como la que había sentido cuando Kael la rodeaba con sus alas.

Y entonces, en medio de la luz, vio a su dragón. Kael estaba allí, esperándola, con sus ojos ámbar brillando de alegría. No era el Kael anciano de los últimos años, sino el Kael joven y fuerte de su juventud. El Kael que había salido del huevo en las ruinas del Viejo Templo.

—Has tardado —dijo Kael.

—Lo siento. El camino era largo.

—Pero has llegado. Eso es lo importante.

—¿Y ahora qué?

—Ahora, volamos.

Kael desplegó sus alas, y Lira montó sobre su lomo.

Juntos, se elevaron hacia el cielo, dejando atrás el Templo del Fuego Primordial, el Desierto de Cenizas, el mundo entero.

Ya no eran guardiana y dragón. Eran dos almas unidas para siempre, surcando un cielo infinito donde no existía el dolor, ni el miedo, ni la muerte.

Solo el amor.