CAPÍTULO 37 EL CREPÚSCULO DE LOS HÉROES
Los años, que al principio pasaban lentos como el fluir de la lava por las laderas de las Montañas de Fuego, se aceleraron de repente, como si el tiempo mismo tuviera prisa por alcanzar su destino.
Lira, que había cumplido ya los sesenta y tantos —había perdido la cuenta exacta, porque en las montañas los calendarios carecían de sentido—, contemplaba el mundo desde la entrada de su cueva con la serenidad de quien ha vivido demasiado y ya nada puede sorprenderle.
Su cuerpo, antaño ágil y resistente, se había vuelto frágil como la cáscara de un huevo.
Sus manos, que habían empuñado la Lanza del Dragón y habían acariciado las escamas de Kael, estaban ahora surcadas de arrugas y manchas de la edad.
Su pelo, que en su juventud había sido negro como el basalto del Viejo Templo, era ahora blanco como la nieve de las cumbres.
Pero sus ojos seguían siendo los mismos: intensos, vivos, capaces de ver más allá de lo que los demás veían.
—Deberías bajar al pueblo más a menudo —le decía Finn, que la visitaba cada semana sin falta—. Los jóvenes quieren conocerte. Eres una leyenda.
—Los jóvenes quieren conocer a la Lira de las canciones, no a esta vieja achacosa que apenas puede caminar —respondía ella, con una sonrisa—. Además, ya tuve bastante atención en mi juventud. Ahora prefiero la soledad.
—Eso no es sano.
—Es lo que necesito.
La cueva que había sido su hogar durante tantos años había cambiado poco.
El lago termal seguía humeando en el centro, los cristales de cuarzo seguían brillando en las paredes, y el nido de piedra donde Kael había dormido seguía allí, vacío pero intacto, como un altar dedicado a un dios ausente.
Lira lo conservaba tal cual, sin mover una sola rama, como si esperara que su dragón regresara algún día.
Sabía que no ocurriría, pero el corazón tiene razones que la razón no entiende.
Kira y el nuevo Kael la visitaban siempre que podían.
La joven guardiana —que ya no era tan joven, pues rondaba los treinta años— se había convertido en una líder respetada, y su dragón púrpura, el segundo en llevar el nombre del legendario Kael, era el más poderoso de todos los dragones de Alborada.
Juntos habían sofocado revueltas, habían negociado tratados y habían protegido a los suyos con una dedicación que recordaba a la de Lira en sus mejores tiempos.
—Estoy orgullosa de ti —le dijo Lira una tarde, mientras paseaban por el sendero que bordeaba el acantilado—. Has superado todas mis expectativas.
—No lo habría conseguido sin ti —respondió Kira—. Tú me enseñaste todo lo que sé.
—Yo solo te mostré el camino. El resto lo hiciste tú.
—Eso es muy generoso por tu parte.
—No es generosidad. Es verdad.
Se quedaron un momento en silencio, contemplando el valle que se extendía a sus pies.
Las hojas de los árboles empezaban a teñirse de rojo y dorado, anunciando la llegada del otoño.
Era la estación que Lira prefería. Le recordaba que todo en la vida era cíclico: las hojas caían, pero volvían a brotar; los dragones morían, pero otros nacían; los héroes envejecían, pero su legado perduraba.
—Kira —dijo Lira, rompiendo el silencio.
—¿Sí?
—¿Crees que hemos hecho lo correcto? ¿Que todo esto ha valido la pena?
—¿Por qué lo preguntas?
—Porque a veces, cuando miro atrás, veo todo lo que perdimos. Kael. Darien casi muere durante el ritual. Tantos dragones y guardianes que cayeron luchando contra el Devorador. Y me pregunto si no podríamos haberlo hecho mejor.
—Siempre se puede hacer mejor. Pero hicimos lo que pudimos con lo que teníamos. Y gracias a eso, Alborada está en paz.
—Eso no me consuela.
—Lo sé. Pero es la verdad.
Lira asintió lentamente. Las palabras de Kira eran sabias, pero no conseguían disipar del todo la melancolía que la embargaba. Era el peso de los años, supuso. El peso de los recuerdos. El peso de saber que su tiempo se estaba agotando.
—Kira, cuando yo ya no esté, quiero que cuides de este lugar. De esta cueva. De este nido. Kael lo construyó con sus propias garras, y quiero que siga aquí cuando yo me haya ido.
—No hables como si fueras a morir mañana.
—No voy a morir mañana. Pero sí algún día. Y quiero asegurarme de que todo quede en buenas manos.
—Lo cuidaré. Te lo prometo.
—Gracias.
Aquella noche, Lira soñó con Kael. No era la primera vez que le ocurría —llevaba años soñando con su dragón—, pero este sueño era diferente.
En el sueño, Kael no era el anciano dragón de escamas apagadas que había muerto en el patio de la escuela.
Era el joven dragón púrpura que había salido del huevo en las ruinas del Viejo Templo, con sus ojos ámbar brillando de curiosidad y sus alas aún torpes batiendo el aire.
Y Lira no era la anciana de pelo blanco y manos temblorosas, sino la niña harapienta y hambrienta que había encontrado aquel huevo en una noche de luna llena.
—Has vuelto —dijo Lira en el sueño.
—Siempre he estado aquí —respondió Kael, con aquella voz que Lira no oía desde hacía décadas—. Siempre.
—Te he echado de menos.
—Lo sé. Y yo a ti.
—¿Por qué tuviste que irte tan pronto?
—Porque mi tiempo había llegado. Como llegará el tuyo. Como llega el de todos. Pero eso no significa que nos hayamos perdido para siempre.
—¿Qué significa, entonces?
—Significa que nuestro vínculo nunca se rompió. Ni siquiera cuando yo morí. El vínculo entre un guardián y su dragón trasciende la muerte. Es eterno.
—Eso es muy bonito.
—Es verdad.
—¿Nos volveremos a ver?
—Sí. Algún día. Cuando llegue tu momento, yo estaré esperándote. Y juntos, volaremos de nuevo.
—Eso me consuela.
—No necesitas consuelo. Necesitas paz. Y yo he venido a dártela.
Kael extendió sus alas y envolvió a Lira en un abrazo cálido, como hacía cuando ella era una niña asustada que no conocía el mundo.
Lira sintió que todas sus preocupaciones, todos sus miedos, todos sus dolores, se desvanecían lentamente, como la niebla al amanecer.
Y supo, en ese instante, que todo estaba bien.
Que su vida había merecido la pena. Que su legado perduraría.
Cuando despertó, a la mañana siguiente, el sol brillaba con una intensidad inusual. Lira se incorporó lentamente, sintiéndose más ligera que de costumbre. Salió al exterior y contempló el valle, con sus bosques dorados y sus ríos plateados. Todo estaba en calma. Todo estaba en paz.
—Gracias, Kael —murmuró—. Gracias por todo.
El viento sopló suavemente, y Lira supo que su dragón la había oído.