EL ÚLTIMO DRAGÓN DE ALBORADA CAPÍTULO 36 UN NUEVO COMIENZO
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CAPÍTULO 36 UN NUEVO COMIENZO

Pasaron varias semanas hasta que Lira se recuperó completamente de sus heridas.

Durante ese tiempo, Kira no se separó de su lado.

La joven guardiana del Huevo del Crepúsculo había demostrado una valentía y una determinación que sorprendieron a todos, y Lira supo, sin necesidad de que nadie se lo dijera, que el futuro de la orden estaba en buenas manos.

—¿Cómo te sientes? —le preguntó Kira una mañana, mientras paseaban por los jardines de la escuela.

—Mejor. Las heridas están sanando. Pero lo que más me duele no es el cuerpo.

—¿Qué es, entonces?

—La ausencia de Kael. Aunque lo vi, aunque sé que sigue conmigo, ya no es lo mismo. Echo de menos su calor, su voz, su presencia.

—Lo entiendo. Yo también lo echo de menos, y apenas lo conocí.

—Era un gran dragón. El mejor.

—¿Crees que el nuevo dragón púrpura estará a su altura?

—No lo sé. Pero eso no importa. Lo importante es que tú estés a su altura.

—¿Yo? ¿Crees que seré una buena guardiana?

—No lo creo. Lo sé.

Kira sonrió, y Lira le devolvió la sonrisa. Luego, ambas se quedaron en silencio, contemplando el horizonte.

El Huevo del Crepúsculo eclosionó una noche de luna llena, tres meses después de la batalla contra el Devorador.

Kira, que lo había cuidado con una dedicación incansable, fue la primera en verlo.

Estaba sentada junto al nido de piedra, como tantas otras noches, cuando la cáscara empezó a resquebrajarse.

—¡Venid! —gritó—. ¡Está naciendo!

Los guardianes acudieron corriendo. Lira, Eryndor, Alba, Nerea, Darien, Aldric, Finn.

Todos se reunieron alrededor del nido, conteniendo la respiración.

La cáscara se rompió lentamente, y del interior emergió una criatura diminuta, cubierta de escamas púrpuras que brillaban bajo la luz de la luna.

Sus ojos, de un ámbar intenso, se abrieron por primera vez, y lo primero que vieron fue a Kira.

—Hola —dijo la joven, con lágrimas en los ojos—. Hola, pequeño.

El dragón emitió un sonido suave, casi un gorjeo, y frotó su hocico contra la mano de Kira. En ese instante, el vínculo se estableció. Un vínculo que duraría toda la vida.

—¿Cómo vas a llamarlo? —preguntó Lira.

—Kael —respondió Kira—. Se llamará Kael.

Lira sintió un nudo en la garganta. Miró hacia el cielo, donde las estrellas brillaban con una intensidad inusual, y supo que el viejo Kael la estaba observando. Y que estaba orgulloso.

—Es un buen nombre —dijo.

—Lo sé.

El nuevo Kael creció rápidamente. En apenas unos meses, ya era del tamaño de un caballo, y sus alas empezaban a ser lo bastante fuertes como para sostenerlo en el aire.

Kira lo entrenaba a diario, siguiendo las enseñanzas de Lira y de los demás guardianes, y el joven dragón respondía con una inteligencia y una sensibilidad que recordaban a su predecesor.

—Es increíble —le dijo Kira a Lira una tarde, mientras volaban juntas sobre la Sierra Quebrada—. Es como si Kael hubiera renacido.

—Quizá ha renacido —respondió Lira—. Los dragones son criaturas misteriosas. Nunca sabremos del todo cómo funcionan.

—¿Crees que el viejo Kael está dentro de él?

—No lo sé. Pero sí sé que su esencia sigue viva. En ti. En mí. En todos los que lo conocieron.

—Eso es bonito.

—Es verdad.

Pasaron los años. La escuela de guardianes siguió creciendo, y con ella, la orden.

Nuevos dragones, nuevos guardianes, nuevas generaciones que heredaban el legado de los que habían luchado antes que ellos.

Lira, que ya peinaba canas, se había convertido en una figura legendaria.

Los jóvenes la trataban con una reverencia que a ella le resultaba incómoda, pero que aceptaba con humildad.

—Eres una leyenda —le dijo Finn una noche, mientras cenaban juntos—. La gente te recordará durante siglos.

—No quiero ser recordada. Quiero que recuerden a Kael. A los dragones. A lo que luchamos.

—Eso también lo recordarán.

—Eso espero.

El tiempo pasó. Kira y su dragón Kael se convirtieron en los líderes de la orden, continuando el trabajo que Lira había empezado.

Y Lira, ya anciana, se retiró a la cueva de la Sierra Quebrada, el lugar donde todo había empezado.

Allí pasaba los días contemplando el horizonte, recordando los viejos tiempos, hablando con el fantasma de su dragón.

—Hemos recorrido un largo camino —le dijo a Kael una noche, mientras las estrellas brillaban sobre la montaña.

El viento sopló suavemente, y Lira supo que su dragón la estaba oyendo.

—Gracias —dijo—. Gracias por todo.

Y en el silencio de la noche, Lira sintió que una presencia cálida la envolvía. Supo entonces que Kael, de alguna forma, seguía con ella. Y que siempre lo estaría.