CAPÍTULO 35 EL SACRIFICIO DE LA GUARDIANA
Los días pasaban en el exterior, pero en el interior de la cueva el tiempo parecía haberse detenido.
Lira llevaba tres jornadas encerrada con el Devorador, sin agua, sin comida, sin luz.
Había conseguido herir a la criatura en varias ocasiones —su espada de escamas de dragón era lo único que podía atravesar aquella piel de sombra—, pero el Devorador también la había herido a ella.
Su brazo izquierdo colgaba inerte, con un corte profundo que no dejaba de sangrar.
Su rostro estaba cubierto de arañazos y moretones.
Y su energía, otrora inagotable, empezaba a flaquear.
—Estás cansada —dijo el Devorador, que la observaba desde las sombras—. Débil. Pronto caerás.
—Tú también estás débil —respondió Lira—. Estás atrapado aquí, sin poder alimentarte. Sin poder escapar.
—Escaparé. Tarde o temprano, encontraré la forma. Y cuando lo haga, destruiré todo lo que amas.
—Eso ya lo has intentado. Y has fracasado.
—Lo intentaré de nuevo. Y de nuevo. Y de nuevo. Hasta que lo consiga.
—No te dejaré.
—No puedes detenerme. Eres humana. Mortal. Frágil. Yo soy eterno.
—Eso es lo que crees. Pero te equivocas.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo piensas destruirme?
—Con esto.
Lira sacó de su bolsillo el colgante que Nerea le había entregado años atrás, en las Montañas de Fuego.
La lágrima de dragón. La gema roja que contenía parte de la esencia del dragón Pyros.
Durante años, Lira la había conservado como un amuleto, sin saber muy bien para qué servía.
Pero ahora, en la oscuridad de la cueva, la gema brillaba con una intensidad que nunca antes había mostrado.
—¿Qué es eso? —preguntó el Devorador, retrocediendo.
—Es el poder de los dragones. El poder que tú tanto ansías. Y ahora, vas a probarlo.
Lira estrelló la gema contra el suelo, y una explosión de luz roja inundó la cueva.
El Devorador chilló de dolor, y sus sombras empezaron a disiparse como la niebla al amanecer.
Pero Lira también sintió el impacto. La onda expansiva la lanzó contra la pared, y un dolor agudo le atravesó el pecho.
Supo, en ese instante, que aquello era el fin. Que no saldría de allí con vida.
—No —dijo la voz de Kael, resonando en su mente—. No te rindas.
—Kael... —murmuró Lira, con la voz quebrada.
—Estoy aquí. Siempre he estado aquí. Y no voy a dejarte morir sola.
—¿Cómo...?
—El vínculo nunca se rompió del todo. Siempre quedó un hilo. Un hilo que me une a ti, incluso después de muerto. Y ahora, ese hilo nos salvará a ambos.
—¿Qué quieres decir?
—Confía en mí.
Lira sintió una calidez que la envolvía, similar a la que sentía cuando Kael la rodeaba con sus alas. Cerró los ojos y se dejó llevar. Ya no sentía miedo. Solo paz.
En el exterior, los guardianes habían estado trabajando sin descanso para liberar a Lira de la cueva. Habían traído picos, palancas, incluso habían intentado que los dragones derribaran la losa con su aliento. Pero nada funcionaba. La roca era demasiado densa, demasiado gruesa. Parecía imposible.
—No podemos rendirnos —decía Kira, con los ojos enrojecidos por el llanto—. Lira nos necesita.
—Lo sabemos —respondía Eryndor—. Pero no encontramos la forma.
—Tiene que haber una forma. Siempre la hay.
Y entonces, ocurrió. La losa que sellaba la entrada de la cueva empezó a agrietarse.
Al principio fueron pequeñas fisuras, apenas perceptibles.
Luego, las grietas se ensancharon, y una luz púrpura brotó de su interior.
Los guardianes retrocedieron, atónitos, mientras la losa se desmoronaba lentamente, como si alguien la estuviera empujando desde dentro.
De la cueva emergió una figura. Era Lira. Estaba herida, ensangrentada, apenas podía mantenerse en pie. Pero en sus ojos brillaba una determinación que nadie le había visto desde la batalla del Desierto de Cenizas.
—¿Lira? —preguntó Kira, incrédula.
—Estoy aquí —respondió, con la voz ronca—. Estoy viva.
—¿Y el Devorador?
—Destruido. Esta vez, para siempre.
—¿Cómo?
—Con la ayuda de un viejo amigo.
Lira levantó la vista hacia el cielo. Allí, flotando entre las nubes, estaba Kael. No era un Kael de carne y hueso, sino una proyección, un eco de su esencia. Pero era real. Tan real como el dragón que había sido en vida.
—Kael... —murmuró Kira, con lágrimas en los ojos.
El dragón púrpura emitió un rugido que resonó en todo el valle. Luego, lentamente, se desvaneció, dejando tras de sí un rastro de luz que se fundió con el horizonte.
—Ha vuelto —dijo Lira—. Solo un momento. Pero ha vuelto.
—¿Y ahora? —preguntó Eryndor.
—Ahora, a descansar. Y a prepararnos para lo que venga.
—¿Crees que el Devorador ha sido destruido para siempre?
—Sí. Esta vez, sí. Pero siempre habrá otras amenazas. Otros enemigos. Otras sombras. Y mientras existan dragones, existirán guardianes dispuestos a protegerlos.
—Como Kael.
—Como Kael. Y como todos nosotros.