CAPÍTULO 34 LA BATALLA DE LA ESCUELA
El Devorador se alzó sobre el patio de la escuela como una tormenta de sombras y odio, sus múltiples ojos brillando con una luz rojiza que helaba la sangre.
No era la criatura colosal que Lira recordaba del Desierto de Cenizas, sino algo más pequeño, más ágil, más escurridizo.
Pero no por ello menos peligroso. Al contrario: aquella versión reducida del monstruo parecía capaz de infiltrarse en cualquier resquicio, de colarse por las defensas más sólidas, de encontrar el punto débil de cualquiera que se enfrentara a ella.
—¡Proteged a los alumnos! —gritó Lira, desenvainando su espada. No era la Lanza del Dragón —aquella se había perdido en el Desierto de Cenizas, junto con los restos del Devorador original—, pero era un arma forjada con escamas de Kael, y conservaba parte de su poder.
Los guardianes se colocaron en formación alrededor del patio.
Eryndor y su dragón Azul cubrían el flanco norte, bloqueando el acceso a los establos.
Alba y Esme protegían el flanco sur, donde se encontraban las viviendas de los alumnos.
Nerea y Pyros vigilaban el este, cerca de la entrada principal.
Darien y Aureus, el dragón dorado, se situaron en el centro, junto a Lira, formando un escudo protector alrededor de los estudiantes más jóvenes.
Los dragones, que habían estado sumidos en un silencio expectante, ahora rugían y batían sus alas, preparados para la batalla.
Pero faltaba alguien. Kael. El dragón púrpura ya no estaba, y Lira lo sentía como una herida abierta en el pecho. Durante años, Kael había sido su escudo, su espada, su compañero. Y ahora, sin él, se sentía vulnerable. Desnuda. Sola.
—No estás sola —dijo una voz a su lado. Era Kira, que se había colocado junto a ella con una ballesta en las manos—. Estoy contigo.
—Deberías estar con los demás alumnos. Esto es demasiado peligroso para ti.
—Soy la guardiana del Huevo del Crepúsculo. Mi lugar está aquí.
Lira no tuvo tiempo de replicar. El Devorador, que había estado observándolas desde lo alto, se abalanzó sobre ellas con un rugido ensordecedor.
Era rápido, terriblemente rápido. Sus garras de sombra rasgaron el aire, y Lira apenas tuvo tiempo de rodar a un lado para esquivarlas.
Kira, más rezagada, cayó al suelo por la onda expansiva, pero se levantó de inmediato, apuntando con su ballesta.
—¡No le ataques con fuego! —gritó Lira—. ¡Se alimenta de él!
—¿Entonces qué hacemos? —preguntó Eryndor, que había acudido corriendo con su dragón.
—Usad las armas forjadas con escamas. Son lo único que puede atravesar su piel.
Los guardianes obedecieron. Durante los últimos años, Aldric había instruido a los herreros de Alborada en el arte de forjar armas con escamas de dragón, un secreto que había permanecido oculto durante siglos.
Cada guardián poseía al menos un arma de ese tipo: una espada, una lanza, un puñal.
Y ahora, aquellas armas eran su única esperanza.
La batalla se desató con una ferocidad que ninguno de los presentes había experimentado desde la guerra contra el príncipe Edric.
Los dragones se enfrentaban a la criatura de sombra con garras y dientes, mientras sus guardianes atacaban desde el suelo, buscando un punto débil.
Pero el Devorador era escurridizo. Se desvanecía en el aire, reaparecía en otro lugar, atacaba por sorpresa.
Era como intentar luchar contra el humo.
—¡No podemos seguir así! —gritó Alba, que había recibido un zarpazo en el hombro y sangraba profusamente—. ¡Nos está desgastando!
—Tenemos que acorralarlo —respondió Lira—. Encerrarlo en un espacio reducido. Sin escapatoria.
—¿Y cómo lo hacemos?
—Atrayéndolo hacia la cueva. La cueva donde Kira encontró el huevo. Allí no podrá desvanecerse. La roca es demasiado densa.
—Eso es una locura. ¿Y si nos atrapa dentro?
—No nos atrapará. Porque yo me quedaré fuera.
—¿Qué?
—Yo seré el cebo. Lo atraeré hacia la cueva. Y vosotros, cuando entre, sellaréis la entrada.
—Eso es suicida.
—No. Es lo que Kael habría hecho.
Los guardianes intercambiaron miradas. Nadie quería dejar sola a Lira, pero todos sabían que no había tiempo para discutir. El Devorador estaba ganando terreno, y cada minuto que pasaba, más dragones resultaban heridos.
—Iré contigo —dijo Kira.
—No. Tú te quedas aquí. Eres la guardiana del huevo. Si algo me pasa, tú serás la encargada de protegerlo.
—Pero...
—Es una orden.
Kira bajó la cabeza, aceptando a regañadientes. Luego, Lira se adelantó hacia el centro del patio, donde el Devorador seguía luchando contra los dragones.
—¡Eh, tú! —gritó, agitando su espada—. ¿Me buscabas? ¡Pues aquí estoy!
La criatura se giró lentamente. Sus múltiples ojos se fijaron en Lira, y una sonrisa grotesca se dibujó en sus fauces de sombra.
—La guardiana sin dragón —dijo, con su voz de ultratumba—. Qué valiente. Qué estúpida.
—No necesito a Kael para acabar contigo.
—Eso es lo que crees. Pero sin él, no eres nada.
—Eso lo veremos.
Lira echó a correr hacia la cueva, seguida por el Devorador.
La criatura se lanzó tras ella, emitiendo un chillido agudo que resonó en todo el valle.
Lira corría como nunca había corrido, con el corazón latiéndole a toda velocidad y los pulmones ardiéndole.
Sabía que aquella carrera era una locura.
Sabía que probablemente no saldría viva.
Pero si conseguía encerrar al Devorador en la cueva, los demás tendrían una oportunidad. Y eso era lo único que importaba.
Llegó a la entrada de la cueva y se detuvo. El Devorador, cegado por la furia, entró tras ella sin pensarlo. Era una criatura de sombra, y las cuevas oscuras eran su elemento natural. No sospechaba nada.
—¡Ahora! —gritó Lira.
Los guardianes, que habían seguido la persecución a distancia, accionaron el mecanismo que Aldric había instalado meses atrás, previendo un ataque como aquel.
Una pesada losa de piedra cayó sobre la entrada de la cueva, sellándola por completo.
El Devorador quedó atrapado en el interior, rugiendo de rabia.
Pero Lira también estaba dentro.
—¡Lira! —gritó Kira, corriendo hacia la entrada tapiada—. ¡Lira, responde!
Silencio. Luego, la voz de Lira, apagada por la roca pero aún audible:
—Estoy bien. Estoy viva.
—¿Y el Devorador?
—Aquí, conmigo. Pero no podrá salir.
—¿Y tú? ¿Cómo vas a salir tú?
—No lo sé. Pero no os preocupéis por mí. Proteged el huevo. Proteged la escuela. Yo me encargaré de esto.
—¡No puedes quedarte ahí dentro!
—No tengo elección.
Kira apoyó las manos en la roca, con lágrimas en los ojos. Los demás guardianes se acercaron a ella, en silencio. Nadie sabía qué decir. Habían ganado la batalla, pero el precio había sido demasiado alto.
—No está muerta —dijo Darien, rompiendo el silencio—. Mientras no esté muerta, hay esperanza.
—¿Y cómo la sacamos de ahí?
—No lo sé. Pero encontraremos la forma.
En el interior de la cueva, Lira se enfrentaba al Devorador en la más absoluta oscuridad.
No podía verlo, pero podía sentirlo. Su presencia era como un frío que le calaba los huesos, como un susurro que le repetía una y otra vez que estaba sola, que nadie vendría a salvarla, que moriría allí, en aquella cueva, sin que nadie la recordara.
—Eres patética —dijo el Devorador—. Sacrificarte por un puñado de humanos y dragones. ¿Crees que te lo agradecerán? ¿Crees que recordarán tu nombre?
—No necesito que me recuerden. Solo necesito que vivan.
—Qué noble. Qué estúpido.
—Quizá. Pero es lo que hay.
Lira alzó su espada, que brillaba débilmente en la oscuridad. El Devorador se abalanzó sobre ella, y la batalla continuó.