CAPÍTULO 33 EL TRAIDOR DESENMASCARADO
Los días que siguieron a la posesión de Dorian fueron los más oscuros en la historia de la escuela.
La confianza entre los guardianes, que durante años había sido el pilar sobre el que se sostenía la orden, se resquebrajó.
Todos sospechaban de todos. Nadie se atrevía a hablar abiertamente, por miedo a ser acusado.
Y mientras tanto, la semilla del Devorador seguía suelta, oculta en algún cuerpo, esperando el momento de actuar.
Lira apenas dormía. Pasaba las noches revisando los archivos de la escuela, buscando algún indicio, alguna pista que le permitiera identificar al traidor.
Pero no encontraba nada. Todos los guardianes tenían coartadas, todos los alumnos tenían testigos, todos los empleados tenían referencias impecables.
—Esto es inútil —le dijo a Finn una noche, mientras tomaban café en el gran salón—. No sé cómo encontrarlo.
—Quizá no puedas. Quizá el Devorador es demasiado astuto.
—No. Tiene que haber una forma. Tiene que haber algo que se me esté escapando.
—¿Como qué?
—No lo sé. Algo relacionado con el huevo.
—¿Con el huevo?
—Sí. La criatura dijo que el Huevo del Crepúsculo estaba a punto de caer en sus manos. Eso significa que el traidor está cerca. Muy cerca. Quizá más de lo que imaginamos.
—¿Crees que es uno de los guardianes?
—No quiero creerlo. Pero es posible.
—¿Y si es alguien que no sospechamos? ¿Alguien que no es guardián pero que tiene acceso al huevo?
—¿Como quién?
—Como yo.
Lira se quedó helada. Miró a Finn, que la observaba con una expresión extraña. Durante unos segundos, no dijo nada. Luego, negó con la cabeza.
—Tú no. Tú eres mi amigo.
—Eso no significa que no pueda ser un traidor.
—Pero no lo eres. Te conozco. Llevamos años juntos. No podrías engañarme durante tanto tiempo.
—¿Estás segura?
—Sí. Estoy segura.
Finn sonrió. Pero no era una sonrisa de alivio. Era una sonrisa triste, resignada.
—Tienes razón. No soy yo. Pero quería asegurarme de que confiabas en mí.
—Claro que confío en ti. Eres mi mejor amigo.
—Lo sé. Y eso es lo que hace esto tan difícil.
—¿Difícil? ¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que yo tampoco sé quién es el traidor. Pero creo que sé cómo encontrarlo.
—¿Cómo?
—Siguiendo el rastro de la semilla. La criatura dijo que la semilla se había transferido a otro cuerpo. Eso significa que Dorian ya no está poseído. Pero alguien más sí. Alguien que quizá ni siquiera sabe que lo está.
—¿Cómo es posible que alguien no sepa que está poseído?
—La semilla del Devorador es astuta. Se esconde en lo más profundo de la mente, alimentándose de los pensamientos oscuros, de las dudas, de los miedos. La persona poseída puede seguir actuando con normalidad durante semanas, incluso meses, sin darse cuenta de lo que ocurre. Pero hay una señal.
—¿Cuál?
—Los ojos. Los ojos del poseído muestran una sombra cuando se enfadan. Como le pasó a Dorian.
—Pero yo he mirado a todos a los ojos. No he visto nada.
—Porque no has mirado en el momento adecuado. La sombra solo aparece cuando la persona siente una emoción intensa. Rabia, miedo, celos. Si quieres encontrar al traidor, tienes que provocarlo.
—¿Provocarlo cómo?
—Haciéndole creer que has descubierto su identidad. Poniéndolo contra las cuerdas. Obligándolo a revelarse.
—Eso es peligroso.
—Lo sé. Pero no tenemos otra opción.
Lira se quedó pensativa. El plan de Finn era arriesgado, pero tenía sentido. Si la semilla del Devorador se ocultaba en alguien, la única forma de desenmascararla era obligarla a salir a la luz.
—Está bien —dijo—. Lo haremos. Pero necesitaremos ayuda.
—¿De quién?
—De todos.
A la mañana siguiente, Lira reunió a los guardianes y a los alumnos en el patio de la escuela.
Estaban todos: Eryndor, Alba, Nerea, Darien, los jóvenes Kira y Dorian —que se había recuperado de su posesión pero seguía débil—, y los demás estudiantes.
También estaban los dragones, que aguardaban en los alrededores, expectantes.
—Gracias por venir —dijo Lira—. Sé que estos días han sido difíciles. Sé que la desconfianza ha envenenado nuestras relaciones. Pero hoy vamos a poner fin a esto. Hoy vamos a desenmascarar al traidor.
Los presentes intercambiaron miradas de sorpresa. Algunos parecían asustados, otros curiosos, otros simplemente expectantes.
—El Devorador ha estado entre nosotros —continuó Lira—. Utilizando nuestros cuerpos, nuestras mentes, nuestras debilidades. Pero se ha delatado. Ha cometido un error. Y gracias a ese error, sé quién es.
—¿Quién? —preguntó Eryndor.
—No voy a decirlo todavía. Primero, quiero que el traidor se entregue voluntariamente. Si lo hace, le perdonaremos. Le ayudaremos a liberarse de la semilla. Pero si se niega, tendremos que actuar por la fuerza.
Se hizo un silencio absoluto. Nadie se movió. Nadie habló.
—Muy bien —dijo Lira—. Puesto que nadie quiere confesar, lo haré yo.
Caminó lentamente entre los presentes, mirándolos a los ojos uno por uno. Eryndor, Alba, Nerea, Darien, los alumnos. Todos sostuvieron su mirada sin pestañear. Todos parecían inocentes.
Hasta que llegó a uno de ellos.
—Tú —dijo, señalándolo—. Eres el traidor.
El acusado palideció. Sus ojos se abrieron de par en par, y durante un instante, Lira vio la sombra que se movía en sus pupilas. Una sombra negra, densa, que lo envolvía todo.
—No sé de qué hablas —dijo el acusado.
—Sí lo sabes. La semilla del Devorador está dentro de ti. Te ha estado utilizando para espiarnos, para sabotearnos, para preparar el camino. Pero se acabó.
—Estás loca. Yo nunca haría daño a nadie.
—Lo sé. No eres tú. Es la semilla. Pero si no luchas contra ella, te consumirá por completo.
El acusado bajó la cabeza. Durante unos segundos, no dijo nada. Luego, lentamente, levantó la vista. Y en sus ojos, la sombra se había extendido por completo.
—Tienes razón —dijo, con una voz que no era la suya—. La semilla me ha consumido. Pero ya no me importa. El Devorador me ha prometido poder. Poder para vengarme de todos los que me humillaron. De todos los que me rechazaron. De todos los que no creyeron en mí.
—¿Quién te humilló? —preguntó Lira—. ¿Quién te rechazó?
—Todos. Todos vosotros. Los guardianes. Los alumnos. Los dragones. Me tratasteis como a un don nadie. Como a un segundón. Pero ahora, yo soy el que tiene el poder. Y vosotros, los que vais a desaparecer.
—No te vamos a dejar.
—No podéis detenerme. El Devorador es eterno. Y yo soy su instrumento.
El acusado extendió los brazos, y de su cuerpo brotó una niebla negra, similar a la que había envuelto a Dorian, pero mucho más densa. Los dragones rugieron, alarmados, y los guardianes desenvainaron sus espadas.
—¡Proteged a los alumnos! —gritó Lira—. ¡Evacuad la escuela!
Pero antes de que nadie pudiera moverse, la niebla se condensó y formó una figura. Era el Devorador. O lo que quedaba de él. Una criatura de sombra y odio, con múltiples ojos y fauces abiertas, que se cernía sobre ellos como una tormenta.
—Al fin —dijo la criatura—. Al fin ha llegado el momento de la venganza.
Y se abalanzó sobre ellos.