CAPÍTULO 32 LA SOMBRA ENTRE NOSOTROS
Los días que siguieron al sueño de Kira fueron tensos.
Lira había ordenado que se extremaran las medidas de seguridad en la escuela, y los guardianes patrullaban los pasillos día y noche, buscando cualquier señal de actividad sospechosa.
Pero el traidor, si es que existía, era escurridizo.
No dejaba huellas, no cometía errores, no se delataba.
—Quizá no hay nadie —dijo Finn, durante una de las reuniones del consejo—. Quizá el sueño de Kira fue solo eso. Un sueño.
—Los sueños de los guardianes nunca son solo sueños —respondió Aldric—. Son mensajes. Advertencias. Visiones del pasado o del futuro.
—Pero eso no significa que sean infalibles.
—No. Pero no podemos ignorarlos.
Kira, mientras tanto, había empezado a observar a sus compañeros con más atención. Buscaba señales: una mirada esquiva, un gesto nervioso, una palabra fuera de lugar. Pero todos parecían normales. Demasiado normales.
Una noche, mientras cenaba en el gran salón, se fijó en algo que no había notado antes.
Un alumno, un chico de unos diecisiete años llamado Dorian, que había sido elegido por un dragón rojo, estaba sentado solo en una esquina.
No hablaba con nadie, no comía, solo miraba fijamente su plato.
Y en sus ojos, Kira vio algo que la inquietó.
Una sombra. Una sombra negra que se movía en el fondo de sus pupilas, como un animal atrapado en una jaula.
—¿Estás bien? —le preguntó Kira, acercándose a él.
Dorian levantó la vista y la miró. Durante unos segundos, no dijo nada. Luego, lentamente, sonrió. Pero no era una sonrisa normal. Era una sonrisa fría, calculadora, que no llegaba a sus ojos.
—Estoy bien —respondió—. Solo un poco cansado.
—Deberías descansar.
—Eso haré.
Kira se alejó, pero no dejó de observarlo. Algo en aquel chico no encajaba. Algo que le recordaba a la sombra que había visto en su sueño.
Aquella noche, mientras todos dormían, Kira siguió a Dorian en secreto. Salió de su habitación y lo vio dirigirse hacia los establos donde dormían los dragones. Se movía con sigilo, como si no quisiera ser visto, y en su mano llevaba algo que brillaba débilmente bajo la luz de la luna. Una daga.
Kira sintió un escalofrío. ¿Qué iba a hacer Dorian con aquella daga? ¿Atacar a los dragones? ¿Matarlos?
Sin pensarlo, corrió hacia la habitación de Lira y la despertó.
—Lira, deprisa. Dorian está en los establos. Lleva una daga.
Lira se levantó de un salto y cogió su espada.
Juntas, corrieron hacia los establos, seguidas por Kael —o más bien, por el recuerdo de Kael, porque el dragón púrpura ya no estaba, pero su presencia seguía guiando a Lira—.
Cuando llegaron, encontraron a Dorian de pie frente a la puerta del establo donde dormía Pyros, el dragón rojo de Nerea.
Tenía la daga levantada, a punto de clavarla en el costado de la bestia.
—¡Detente! —gritó Lira.
Dorian se giró lentamente. Sus ojos ya no eran los de un joven asustado. Eran los ojos del Devorador. Negros, vacíos, llenos de odio.
—Llegáis tarde —dijo, con una voz que no era la suya—. El Devorador ha despertado. Y nada podrá detenerlo.
—Tú no eres Dorian —dijo Lira—. Eres la semilla del Devorador.
—Soy lo que queda de él. Y he estado esperando este momento durante años. Aprovechando la debilidad de este muchacho, alimentándome de sus miedos, de sus dudas, de su soledad. Y ahora, por fin, ha llegado la hora de actuar.
—No te lo permitiremos.
—No podéis detenerme. El Devorador es eterno. Aunque destruyáis este cuerpo, encontraré otro. Y otro. Y otro. Hasta que todos los dragones hayan desaparecido.
—Eso está por ver.
Lira se abalanzó sobre Dorian, pero el joven era rápido. Esquivó su ataque y salió corriendo hacia el exterior, seguido por Lira y Kira. Afuera, en el patio de la escuela, los dragones se habían despertado y observaban la escena con ojos brillantes. Pero no atacaban. Esperaban.
—¿Por qué no hacen nada? —preguntó Kira.
—Porque esta es nuestra lucha —respondió Lira—. No la suya.
Dorian se detuvo en el centro del patio y se giró hacia ellas. La sombra que había visto en sus ojos se había extendido por todo su cuerpo, cubriéndolo como una armadura de oscuridad. Ya no era un joven poseído. Era una criatura del Devorador.
—Estáis perdiendo el tiempo —dijo la criatura—. El huevo púrpura será mío. Y cuando eclosione, lo utilizaré para destruir todo lo que habéis construido.
—Eso no va a pasar —respondió Lira.
—Ya ha pasado. ¿Acaso crees que he estado esperando sin hacer nada? He estado tejiendo mi red durante meses. Reclutando aliados. Preparando el terreno. Y ahora, el Huevo del Crepúsculo está a punto de caer en mis manos.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que hay otro traidor en la escuela. Alguien en quien confías plenamente. Alguien que te ha estado mintiendo desde el principio.
Lira sintió un vuelco en el corazón. ¿Otro traidor? ¿Quién? ¿Eryndor? ¿Alba? ¿Nerea? ¿Darien? No podía ser. Ellos eran sus amigos, sus compañeros, su familia.
—Mientes —dijo.
—No miento. Pero no seré yo quien te lo diga. Descúbrelo por ti misma.
La criatura emitió una carcajada y, ante los ojos atónitos de Lira y Kira, se desvaneció en el aire, dejando tras de sí un rastro de humo negro.
Dorian, el joven poseído, cayó al suelo, inconsciente. La sombra que lo envolvía había desaparecido, pero sus ojos seguían cerrados, y su respiración era débil.
—¿Está vivo? —preguntó Kira.
—Sí. Pero la semilla ha escapado. Se ha transferido a otro cuerpo.
—¿A quién?
—No lo sé. Pero tenemos que averiguarlo antes de que sea demasiado tarde.