CAPÍTULO 31 EL HUEVO DEL CREPÚSCULO
El hallazgo del huevo en la cueva de la Sierra Quebrada desencadenó una serie de acontecimientos que nadie, ni siquiera Lira, había previsto.
Durante semanas, Kira cuidó del huevo con una dedicación que rayaba en lo obsesivo.
Apenas dormía, apenas comía, y pasaba las horas acurrucada junto al nido de piedra, susurrándole palabras que nadie más podía oír.
Los demás alumnos de la escuela la observaban con una mezcla de curiosidad y preocupación, preguntándose si aquella joven de ojos ámbar y pelo revuelto estaba perdiendo la razón.
—No está loca —les decía Lira, cuando le preguntaban—. Está estableciendo un vínculo. Es lo que hice yo con Kael, hace muchos años. Solo que ella lo está haciendo antes de que el dragón nazca.
—¿Eso es posible? —preguntó una de las alumnas más jóvenes, una chica de pelo castaño llamada Elara que había sido elegida por un dragón verde apenas un mes atrás.
—Todo es posible cuando se trata de dragones. Ellos no siguen las reglas que nosotros conocemos.
Kira, mientras tanto, se había convertido en el centro de atención de la escuela.
No porque quisiera serlo —al contrario, rehuía las miradas y prefería la soledad de la cueva—, sino porque el huevo que custodiaba no era un huevo cualquiera.
Era el huevo de un dragón púrpura. El primero que aparecía desde Kael.
Y eso, en sí mismo, lo convertía en un acontecimiento histórico.
—¿Cómo es posible? —le preguntó Aldric a Lira una noche, mientras cenaban en el gran salón—. Kael era macho. No pudo haber puesto un huevo.
—No lo sé. Quizá los dragones púrpura no necesitan pareja para reproducirse. Quizá Kael, antes de morir, depositó parte de su esencia en ese huevo. O quizá el huevo lleva siglos ahí, esperando a que alguien lo encontrara.
—Como te pasó a ti.
—Como me pasó a mí.
—Entonces, esto es el principio de un nuevo ciclo.
—Eso parece.
Los meses pasaron, y el huevo seguía sin eclosionar. Kira, sin embargo, no se desesperaba. Sabía que aquel proceso llevaría tiempo, y estaba dispuesta a esperar. Había algo en su interior, una voz que le decía que el dragón nacería cuando estuviera preparado. No antes. No después.
Una noche, mientras dormía junto al huevo, Kira tuvo un sueño.
Soñó que estaba en el Desierto de Cenizas, frente al Templo del Fuego Primordial.
Las runas de las paredes brillaban con una luz dorada, y en el centro de la cámara, flotando en el aire, estaba la Lanza del Dragón.
Pero no estaba sola. Junto a la lanza, había una figura.
Una figura de mujer, envuelta en una túnica púrpura, que la miraba con unos ojos que le resultaban extrañamente familiares.
—Eres Kira —dijo la figura.
—Sí. ¿Quién eres tú?
—Soy la guardiana que fue. La que encontró el primer huevo púrpura, en las ruinas del Viejo Templo. La que estableció el vínculo con Kael. La que luchó contra el Devorador y restauró el pacto.
—Eres Lira.
—Soy lo que queda de ella en la memoria de los dragones. Una proyección. Un eco. Pero vengo a advertirte.
—¿Advertirme de qué?
—El huevo que estás cuidando no es un huevo cualquiera. Es el Huevo del Crepúsculo. El último huevo de dragón púrpura que existe. Si eclosiona, traerá consigo una nueva era de prosperidad para Alborada. Pero si cae en las manos equivocadas, traerá la destrucción.
—¿Qué manos equivocadas?
—Las del Devorador. O lo que queda de él. Aunque fue destruido, su esencia sigue viva. Y ahora, se ha encarnado en alguien que está muy cerca de ti.
—¿Quién?
—No lo sé. Pero está en la escuela. Entre los guardianes. Entre los alumnos. Observa. Escucha. Y cuando lo descubras, no dudes en actuar.
—¿Cómo voy a descubrirlo?
—El Devorador no puede ocultar su verdadera naturaleza durante mucho tiempo. Tarde o temprano, se delatará. Y cuando lo haga, tendrás que estar preparada.
La figura se desvaneció, y Kira despertó sobresaltada. El huevo seguía allí, brillando débilmente en la oscuridad de la cueva. Y Kira supo, sin saber muy bien por qué, que el sueño no había sido solo un sueño.
A la mañana siguiente, Kira acudió a Lira y le contó lo que había visto. La guardiana del dragón púrpura escuchó en silencio, con el rostro cada vez más sombrío.
—La figura que viste... ¿era yo?
—Sí. O al menos, eso parecía.
—No era yo. Era un recuerdo. Un eco de mi vínculo con Kael. Los dragones guardan la memoria de sus guardianes, incluso después de muertos. Y Kael te la ha transmitido a ti.
—¿Por qué?
—Porque eres su sucesora. La guardiana del nuevo dragón púrpura.
—Yo no soy guardiana. Aún no.
—Lo serás. Cuando el huevo eclosione.
—Pero mientras tanto, hay un traidor en la escuela. Alguien que está poseído por el Devorador.
—Sí. Y tenemos que descubrir quién es antes de que sea demasiado tarde.