CAPÍTULO 30 LA NUEVA GUARDIANA
Pasaron tres años. Tres años en los que Lira se dedicó en cuerpo y alma a la escuela de guardianes.
Ya no era la líder indiscutible de la orden —había delegado muchas de sus responsabilidades en Eryndor y en Finn—, pero seguía siendo el corazón de la institución.
Los nuevos alumnos la miraban con una mezcla de admiración y reverencia, y los veteranos la trataban con un respeto que rayaba en la devoción.
—Eres una leyenda viviente —le dijo Finn una tarde, mientras paseaban por los jardines de la escuela.
—Soy una mujer cansada —respondió Lira—. Una mujer que ha perdido demasiado.
—Pero sigues aquí. Sigues luchando. Eso es lo que te hace grande.
—No me hace grande. Me hace humana.
Una mañana, mientras supervisaba los entrenamientos de los alumnos, una joven se acercó a ella. Tendría unos dieciséis años, el pelo oscuro y revuelto, y los ojos de un color ámbar que a Lira le resultaron extrañamente familiares.
—¿Eres Lira la Salvaje? —preguntó la joven.
—Sí. ¿Y tú quién eres?
—Me llamo Kira. Vengo de las aldeas del norte. He oído hablar mucho de ti.
—Espero que no demasiado.
—Solo cosas buenas.
Lira sonrió. Aquella joven le recordaba a ella misma, muchos años atrás. La misma mirada desafiante. La misma determinación.
—¿Y qué quieres? —preguntó.
—Quiero ser guardiana. Pero no sé si soy digna.
—Nadie sabe si es digno hasta que lo intenta. ¿Has encontrado algún dragón?
—No. Pero siento algo. Como una llamada. Una voz que me dice que vaya a las montañas.
—¿A las montañas?
—Sí. A la Sierra Quebrada. Hay algo allí. Algo que me está esperando.
Lira sintió un escalofrío. La Sierra Quebrada. El lugar donde ella había encontrado el huevo de Kael. ¿Era posible que la historia se repitiera?
—Iré contigo —dijo.
—¿De verdad?
—Sí. Pero tendrás que seguirme. El camino es peligroso.
—No tengo miedo.
—Eso es bueno. Pero el miedo a veces es necesario. Te mantiene alerta.
Aquella misma tarde, Lira y Kira emprendieron el viaje hacia la Sierra Quebrada.
Lira no había vuelto a aquel lugar desde la muerte de Kael, y el regreso le resultó agridulce.
Cada rincón, cada cueva, cada risco le recordaba a su dragón.
Pero también le recordaba que la vida seguía. Que el ciclo nunca se detenía.
Cuando llegaron a la cueva que había sido su hogar durante tantos años, encontraron algo que Lira no esperaba.
En el centro del nido de piedra, donde Kael había dormido durante siete años, había un huevo.
Un huevo de dragón, cubierto de escamas diminutas, de un color que oscilaba entre el negro y el púrpura.
—Es igual que Kael —murmuró Lira, con lágrimas en los ojos.
—¿Kael? —preguntó Kira.
—Mi dragón. El que murió hace tres años. Este huevo... este huevo es suyo. Es su descendiente.
—¿Cómo es posible?
—No lo sé. Pero los dragones siempre encuentran la forma de regresar.
Kira se acercó al huevo y extendió la mano. En el momento en que sus dedos tocaron la cáscara, el huevo emitió un brillo púrpura y una calidez que inundó toda la cueva.
—Es tuyo —dijo Lira—. Te ha elegido a ti.
—¿Yo? Pero si no soy nadie.
—Eso mismo dije yo cuando encontré a Kael. Y mira lo que pasó.
Kira levantó el huevo con cuidado y lo apretó contra su pecho. En sus ojos ámbar, Lira vio el reflejo de una nueva generación. Una nueva esperanza.
—Cuídalo bien —le dijo—. Y él te cuidará a ti.
—Lo haré. Te lo prometo.
Lira sonrió. Kael se había ido, pero su legado continuaba. Y mientras hubiera jóvenes dispuestos a entregar su vida por los dragones, la paz nunca desaparecería del todo.
Aquella noche, de vuelta en la escuela, Lira se sentó junto al viejo roble donde Kael solía dormir y contempló las estrellas.
Sabía que su tiempo como guardiana estaba llegando a su fin.
Que pronto serían otros los que tomaran el relevo.
Pero no le importaba. Había cumplido su misión.
Había protegido a los dragones. Había restaurado el pacto. Y ahora, podía descansar.
—Gracias, Kael —murmuró—. Gracias por todo.
Una estrella fugaz cruzó el cielo, y Lira supo que su dragón la había oído.