CAPÍTULO 29 EL LEGADO DE KAEL
El funeral de Kael se celebró una semana después, en la cima de la montaña más alta de la Sierra Quebrada. Era el lugar donde Lira y Kael habían pasado tantas noches contemplando las estrellas, y parecía el sitio más adecuado para despedirlo.
Todos los guardianes asistieron. También los alumnos de la escuela, los señores de las distintas regiones de Alborada, y decenas de dragones que habían acudido desde todos los rincones del reino para rendir homenaje al que había sido su líder.
El cielo estaba despejado, y el sol brillaba con una intensidad inusual, como si la naturaleza misma quisiera honrar al dragón caído.
Lira, de pie junto a la pira funeraria donde reposaba el cuerpo de Kael, se dirigió a los presentes con la voz quebrada.
—Kael no era solo un dragón. Era mi amigo. Mi hermano. Mi familia. Cuando lo encontré, yo era una niña asustada y hambrienta, que no tenía nada ni a nadie. Él me lo dio todo. Me dio un propósito. Me dio un hogar. Me dio una vida.
Hizo una pausa, conteniendo las lágrimas.
—No sé qué voy a hacer sin él. Pero sé lo que él querría que hiciera. Querría que siguiera luchando. Que protegiera a los dragones. Que defendiera el pacto. Y eso es lo que voy a hacer. Por él. Por todos nosotros.
Los presentes guardaron un minuto de silencio. Luego, Eryndor, Alba, Nerea y Darien se acercaron a la pira con antorchas encendidas y prendieron fuego a la madera. Las llamas se elevaron hacia el cielo, formando una columna de humo púrpura que se perdió entre las nubes.
—Descansa en paz, Kael —dijo Lira—. Algún día nos volveremos a ver.
Los dragones, como si hubieran entendido sus palabras, emitieron un rugido colectivo que resonó en toda la sierra. Era un rugido de despedida. Un rugido de respeto. Un rugido de amor.
Aquella noche, cuando todos se hubieron marchado, Lira se quedó sola junto a las cenizas de la pira. No quería irse. No quería dejar solo a Kael.
—Sé que estás ahí —dijo, hablándole al viento—. Sé que me estás viendo.
El viento sopló suavemente, y Lira sintió que una presencia cálida la envolvía.
—Te echo de menos —dijo.
La presencia no respondió, pero Lira supo que Kael la había oído. Y por primera vez desde su muerte, sintió que la paz volvía a su corazón.