CAPÍTULO 28 EL ÚLTIMO VUELO DE KAEL
El regreso del Desierto de Cenizas fue sombrío.
Lira apenas habló durante el viaje, sumida en sus pensamientos.
La voz del Devorador resonaba en su cabeza como un eco persistente, y aunque intentaba ignorarla, sabía que aquella criatura —o lo que quedaba de ella— no se detendría hasta conseguir lo que quería.
La pregunta era: ¿qué quería exactamente? ¿Venganza? ¿Poder? ¿O algo más?
Kael, mientras tanto, daba muestras de agotamiento.
El dragón púrpura había envejecido, y aunque seguía siendo el más poderoso de todos los dragones de Alborada, sus fuerzas ya no eran las de antes.
Lira lo notaba en la forma en que batía las alas, más lentamente que de costumbre, y en los resoplidos que emitía cada vez que aterrizaban para descansar.
Le preocupaba. Kael era su mejor amigo, su hermano, su familia.
Y la idea de perderlo era algo que no podía soportar.
—Deberías quedarte en la escuela cuando volvamos —le dijo Lira durante una de las paradas—. Necesitas descansar.
Kael emitió un gruñido que sonaba casi ofendido.
—No es una crítica. Es una sugerencia.
El dragón resopló, soltando una pequeña bocanada de humo púrpura. Era su forma de decir "no pienso dejarte sola".
—Está bien. Pero prométeme que tendrás cuidado.
Kael asintió con la cabeza.
Cuando llegaron a la escuela de guardianes, encontraron a Aldric y a los demás reunidos en el gran salón. Llevaban horas discutiendo sobre las desapariciones, y la llegada de Lira no hizo sino aumentar la tensión.
—¿Qué has encontrado? —preguntó Aldric, en cuanto la vio entrar.
—Una grieta. En el Templo del Fuego Primordial. De ella emanaba una voz. La voz del Devorador.
—¿Estás segura?
—Completamente. Me habló. Me dijo que quería el poder de los cinco dragones originales.
—¿Y qué le respondiste?
—Que no. Pero no sé cuánto tiempo podré resistirme.
—¿Por qué lo dices?
—Porque la voz... la voz sonaba como mi hija.
Se hizo un silencio incómodo en la sala. Todos sabían que Lira no tenía hijos, y que probablemente nunca los tendría. Pero también sabían que la voz del Devorador era capaz de adoptar cualquier forma, de apelar a los miedos y deseos más profundos de sus víctimas.
—Está intentando manipularte —dijo Aldric—. Utiliza tus recuerdos, tus emociones, para debilitarte.
—Lo sé. Pero eso no lo hace menos real.
—No. Pero tienes que ser fuerte. Tienes que resistir.
—Eso intento.
Aquella noche, Lira no pudo dormir. Se quedó en el patio de la escuela, contemplando las estrellas, con Kael a su lado. El dragón púrpura dormitaba, pero de vez en cuando abría un ojo y la miraba, como asegurándose de que seguía allí.
—¿Crees que podremos vencerlo otra vez? —preguntó Lira.
Kael emitió un gruñido afirmativo.
—Eso espero. Porque si no, todo lo que hemos construido se vendrá abajo.
Kael se incorporó lentamente y frotó su hocico contra la mejilla de Lira. Era un gesto de consuelo, de cariño, de protección. Y Lira, por primera vez en mucho tiempo, se sintió reconfortada.
—Gracias —dijo.
Kael emitió un ronroneo suave. Luego, lentamente, volvió a tumbarse y cerró los ojos. Pero esta vez, su respiración era más lenta, más profunda. Como si estuviera durmiendo.
—Kael? —llamó Lira.
El dragón no respondió.
—Kael, despierta.
El dragón seguía sin responder.
Lira sintió un vuelco en el corazón. Se acercó a Kael y apoyó la mano en su costado. Las escamas estaban frías. Demasiado frías. Y el pecho del dragón no se movía.
—No —murmuró—. No, no, no.
Intentó despertarlo, zarandeándolo, gritándole, pero fue en vano. Kael, el dragón púrpura, el guardián de la tierra, el amigo más fiel que Lira había tenido nunca, había muerto.
Lira se derrumbó junto a su cuerpo, llorando como no había llorado desde que era una niña. Los demás guardianes, alertados por sus gritos, acudieron corriendo. Pero ya era tarde. Kael se había ido.
—Lo siento —dijo Aldric, arrodillándose a su lado—. Lo siento muchísimo.
—No puede ser —respondió Lira, entre sollozos—. No puede haberse ido.
—Era viejo, Lira. Había vivido más que la mayoría de los dragones. Y te quería. Te quería más que a nada en el mundo.
—Yo también le quería.
—Lo sé. Y él lo sabía.
Pasaron la noche velando el cuerpo de Kael. Al amanecer, los dragones de la escuela se reunieron en el patio y, uno a uno, inclinaron la cabeza en señal de respeto. Era la primera vez que Lira veía algo así. Los dragones, que rara vez mostraban emociones, estaban de luto.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Finn, que había acudido desde la Ciudadela Blanca al enterarse de la noticia.
—No lo sé —respondió Lira—. Sin Kael, no soy nada.
—Eso no es verdad. Eres Lira la Salvaje. La guardiana del dragón púrpura. La fundadora de la escuela. La líder de los guardianes.
—Ya no. Sin Kael, todo eso se ha acabado.
—No. No se ha acabado. Porque Kael sigue vivo. En ti. En todos nosotros. En los dragones que ayudaste a salvar. En los guardianes que formaste. Su legado no desaparecerá.
Lira se quedó en silencio. Sabía que Finn tenía razón, pero el dolor era demasiado intenso.
—Necesito tiempo —dijo.
—Tómate el tiempo que necesites. Nosotros te esperaremos.
Lira asintió y se alejó del patio, caminando sin rumbo. Llegó hasta el viejo roble bajo el cual Kael solía dormir, y se sentó allí, en silencio, contemplando el amanecer.
—Gracias —murmuró, hablándole al viento—. Gracias por todo.
El viento no respondió, pero Lira sintió que Kael, de alguna forma, la estaba oyendo.