CAPÍTULO 27 LA SOMBRA QUE REGRESA
Pero la paz, como Lira había aprendido a lo largo de los años, era un animal frágil y escurridizo.
No bastaba con derrotar a los enemigos visibles.
Siempre había otros, ocultos en las sombras, esperando su momento.
Y aquel otoño, cuando las hojas de los árboles empezaban a teñirse de rojo y dorado, una nueva amenaza surgió de donde menos lo esperaban.
Todo empezó con una serie de desapariciones.
Al principio fueron casos aislados: un dragón joven que no regresó a su nido, un guardián que no acudió a su puesto de vigilancia.
Pero pronto los casos se multiplicaron. En el norte, en las cercanías de las Montañas de Fuego, desaparecieron tres dragones en una sola semana.
Sus guardianes fueron encontrados muertos, con expresiones de terror congeladas en sus rostros.
Y lo más inquietante: no había señales de lucha.
Era como si hubieran muerto sin oponer resistencia.
—Esto no es obra de cazadores furtivos —dijo Eryndor, durante una reunión de urgencia en la Ciudadela Blanca—. Los cazadores dejan huellas, heridas, señales de violencia. Esto es otra cosa.
—¿Magia? —preguntó Alba.
—No lo sé. Pero sea lo que sea, está matando dragones. Y tenemos que detenerlo.
Lira, que había permanecido en silencio durante la reunión, se levantó y se dirigió a la ventana.
Afuera, el sol se ponía sobre las murallas de la ciudad, tiñendo el cielo de un rojo intenso que le recordaba al fuego de los dragones.
Pero aquella belleza no la consolaba. Algo le decía que aquella amenaza no era nueva.
Que ya la había visto antes. O que, al menos, la había sentido.
—Es el Devorador —dijo por fin.
—¿Qué? —preguntó Darien—. El Devorador fue destruido. Tú misma lo viste.
—Su cuerpo fue destruido. Pero su esencia... su esencia fue absorbida por Darien durante el ritual. Y aunque él la neutralizó, quizá no fue suficiente. Quizá una parte escapó. Una semilla más pequeña. Y ahora, está creciendo de nuevo.
—Eso es imposible —dijo Aldric—. El ritual fue completado con éxito. Lo comprobamos.
—Lo sé. Pero algo ha cambiado. Algo ha despertado. Y tenemos que averiguar qué es antes de que sea demasiado tarde.
—¿Y cómo lo averiguamos?
—Volviendo al lugar donde empezó todo. Al Desierto de Cenizas. Al Templo del Fuego Primordial.
—Eso es muy peligroso. La última vez casi mueres.
—Lo sé. Pero no tengo elección.
Aquella noche, Lira se preparó para el viaje.
No quería llevar a nadie más con ella —era demasiado arriesgado—, pero Kael se negó a dejarla ir sola.
El dragón púrpura, que había envejecido pero seguía siendo el más poderoso de todos, se plantó frente a la puerta de su habitación y emitió un gruñido que no dejaba lugar a dudas.
—Está bien —cedió Lira—. Tú y yo. Como siempre.
Kael emitió un ronroneo de satisfacción.
Al amanecer, partieron hacia el este. El vuelo fue más largo que la primera vez, porque Kael ya no era tan joven y necesitaba descansar con más frecuencia.
Pero aun así, llegaron al Desierto de Cenizas en tres días.
El paisaje seguía siendo igual de desolador: dunas de ceniza que se extendían hasta donde alcanzaba la vista, un calor sofocante, un silencio absoluto.
El Templo del Fuego Primordial estaba exactamente donde lo habían dejado. Las runas de las paredes seguían brillando débilmente, y en el centro de la cámara principal, la Lanza del Dragón seguía flotando en el aire, intacta.
—Está igual que antes —dijo Lira.
Kael emitió un gruñido. No parecía estar de acuerdo.
—¿Qué pasa?
El dragón señaló con la cabeza hacia el suelo. Allí, donde antes no había nada, ahora había una grieta. Una grieta diminuta, casi imperceptible, de la que emanaba un humo negro y denso.
—¿Qué es eso? —preguntó Lira, arrodillándose para examinarla.
Kael emitió un rugido grave. Era un rugido de advertencia.
—Tienes razón. Esto no estaba aquí antes. Algo ha estado cavando. Algo que quiere salir.
De la grieta brotó una voz. Una voz que Lira reconoció al instante.
—Has vuelto —dijo la voz—. Sabía que volverías.
—Devuélveme a mi hija —respondió Lira, con la voz temblorosa pero firme.
—Tu hija está muerta. Como lo estará todo cuando yo termine. Pero tú puedes salvarla.
—¿Cómo?
—Entregándome lo que quiero. El poder de los cinco dragones originales. Solo entonces, tu hija volverá a la vida.
—Eso es imposible. Los dragones no cederán su poder.
—Entonces, tu hija morirá. Como murieron tus padres. Como morirán todos los que amas.
Lira apretó los puños. Sabía que no podía confiar en aquella criatura. Pero la voz de su hija, resonando en la cámara, era tan real, tan cercana, que le resultaba difícil resistirse.
—No te creo —dijo.
—No necesitas creerme. Solo necesitas obedecerme.
La voz se desvaneció, y la grieta se cerró lentamente. Lira se quedó un minuto en silencio, procesando lo que acababa de oír. Luego, Kael se acercó a ella y apoyó su hocico en su hombro.
—Tienes razón —dijo Lira—. No puedo rendirme. Tenemos que encontrar la forma de detenerlo.
Kael emitió un gruñido de asentimiento.
—Volvamos a casa. Tenemos que hablar con Aldric. Él sabrá qué hacer.
El dragón desplegó sus alas, y juntos emprendieron el viaje de regreso. La amenaza del Devorador seguía presente, más fuerte que nunca. Pero Lira no pensaba rendirse. Había vencido una vez. Podía vencer de nuevo.