EL ÚLTIMO DRAGÓN DE ALBORADA CAPÍTULO 26 EL NUEVO AMANECER
32%

CAPÍTULO 26 EL NUEVO AMANECER

Los años transcurrieron con la suavidad de un río que ha dejado atrás los rápidos.

Alborada, que durante siglos había sido un campo de batalla, se convirtió en un ejemplo de convivencia entre especies.

Los dragones ya no eran vistos como bestias temibles ni como armas de guerra, sino como aliados y protectores.

Los guardianes, por su parte, se habían integrado en la sociedad como una orden respetada, similar a los antiguos caballeros, pero sin el brillo marcial de las armaduras.

Su fuerza no residía en la espada, sino en el vínculo que compartían con sus bestias.

Lira, que rondaba los treinta años, había cambiado mucho desde aquella noche en que encontró el huevo de Kael en las ruinas del Viejo Templo.

Su rostro, antes anguloso y marcado por el hambre, se había suavizado con el tiempo.

Sus ojos, sin embargo, seguían siendo los mismos: intensos, observadores, capaces de ver más allá de las apariencias.

Llevaba el pelo más corto que antes, recogido en una trenza que le caía sobre el hombro, y vestía ropas sencillas de cuero y lana, más propias de una exploradora que de una líder.

Pero era una líder, aunque ella se negara a aceptarlo.

—Deberías ponerte algo más elegante para la ceremonia —le dijo Finn aquella mañana, mientras desayunaban en el gran salón de la escuela—. Hoy se gradúa la nueva promoción de guardianes. Va a venir medio reino.

—Precisamente por eso no voy a disfrazarme —respondió Lira, dando un mordisco a un trozo de pan—. No quiero que me vean como a una reina. Quiero que me vean como lo que soy: una guardiana.

—Una guardiana legendaria, dirás. La gente te llama Lira la Salvaje, ¿sabes? Los juglares cantan tus hazañas en las tabernas.

—Los juglares exageran. Ya lo sabes.

—Claro que exageran. Pero la leyenda es real. Tú encontraste a Kael. Tú reuniste a los guardianes. Tú derrotaste al Devorador. Eso no es exageración. Es historia.

—Es pasado. Ahora lo importante es el futuro. Esos jóvenes que se gradúan hoy. Ellos son los que continuarán nuestro trabajo.

—Eso es muy humilde por tu parte.

—No es humildad. Es verdad.

La ceremonia de graduación se celebró en el patio de la escuela, bajo un cielo despejado que parecía bendecir el evento.

Los alumnos, diecisiete en total, formaban una fila frente al estrado donde estaban sentados los guardianes originales: Lira, Eryndor, Alba, Nerea y Darien.

Aldric, ya retirado de sus funciones, observaba desde un lateral, apoyado en su bastón y con una sonrisa de satisfacción en el rostro.

Había dedicado los últimos años de su vida a aquella escuela, y ver a aquellos jóvenes a punto de convertirse en guardianes era la mejor recompensa que podía imaginar.

—Hoy es un día de celebración —dijo Lira, levantándose para dirigirse a los alumnos—. Pero también es un día de responsabilidad. Ser guardián no es un honor. Es una carga. Una carga que habéis elegido libremente, y que os acompañará el resto de vuestras vidas.

Los alumnos escuchaban en silencio. Eran jóvenes de entre quince y veinte años, procedentes de todos los rincones de Alborada.

Algunos eran hijos de campesinos, otros de artesanos, otros de comerciantes.

Pero todos compartían algo: habían sido elegidos por un dragón.

Y eso, en sí mismo, los convertía en especiales.

—Los dragones no son mascotas —continuó Lira—. No son armas. No son herramientas. Son compañeros. Amigos. Familia. Y como tal, merecen vuestro respeto, vuestra lealtad y vuestro amor.

—¿Y si fallamos? —preguntó una de las alumnas, una chica de pelo rojo y pecas que había sido elegida por un dragón azul.

—Fallaréis. Todos fallamos. Yo he fallado muchas veces. Pero lo importante no es no fallar, sino levantarse después de cada caída. Aprender de los errores. Seguir adelante. Eso es lo que define a un guardián.

La chica asintió, y Lira continuó su discurso.

Cuando terminó, cada uno de los alumnos se acercó a su dragón —que esperaban en el patio, formando una hilera de escamas multicolores— y colocó su mano sobre el hocico de la bestia, en un gesto simbólico que representaba el vínculo que los uniría para siempre.

Luego, los dragones desplegaron sus alas y se elevaron hacia el cielo, seguidos por sus guardianes.

El público estalló en aplausos, y Lira sintió una oleada de orgullo que no había experimentado antes.

—Lo has hecho bien —le dijo Kael, a su lado.

Lira se giró, sorprendida. Era la primera vez en años que oía la voz de su dragón. El vínculo, aunque debilitado, seguía existiendo. Y en aquel momento, por alguna razón que Lira no entendía, se había fortalecido lo suficiente como para permitir una comunicación fugaz.

—Gracias —respondió, con lágrimas en los ojos.

—No llores. Los guardianes no lloran.

—Eso no es verdad. Los guardianes lloran cuando están contentos.

—Entonces, llora todo lo que quieras.

Lira se rió, y Kael emitió un ronroneo grave que resonó en todo el patio.

Los demás guardianes los observaron con una sonrisa.

Aquel vínculo, el que unía a Lira y a Kael, era el más fuerte de todos.

El que había resistido batallas, sacrificios y pérdidas.

Y aunque ya no era lo que había sido, seguía siendo suficiente.