EL ÚLTIMO DRAGÓN DE ALBORADA CAPÍTULO 25 EL LEGADO DE LOS GUARDIANES
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CAPÍTULO 25 EL LEGADO DE LOS GUARDIANES

Pasaron diez años. Diez años de paz, de prosperidad, de crecimiento.

La escuela de guardianes, que había empezado con una docena de alumnos, se había convertido en una institución respetada en todo Alborada.

Cientos de jóvenes, elegidos por dragones de todas las especies, habían pasado por sus aulas, aprendiendo de Aldric, de Lira y de los demás guardianes originales.

Y aunque ninguno de ellos había vivido las guerras del pasado, todos conocían la historia.

La historia de cómo una huérfana de los campos de recolectores había encontrado un huevo de dragón en las ruinas de un templo olvidado, y de cómo ese hallazgo había cambiado el destino del mundo.

Aldric, ya muy anciano, había delegado la dirección de la escuela en Finn, que se había convertido en un administrador sabio y respetado.

El niño que una vez había sido rescatado de una aldea en ruinas era ahora un hombre de veinticinco años, con una cicatriz en la mejilla —recuerdo de una escaramuza con cazadores furtivos— y una mirada que combinaba la dureza de quien ha visto demasiado con la ternura de quien se niega a rendirse.

—Nunca pensé que terminaría dirigiendo una escuela —le confesó a Lira una noche, mientras cenaban en el gran salón—. Yo solo quería sobrevivir.

—La vida da muchas vueltas —respondió Lira—. A veces, los que solo querían sobrevivir terminan siendo los que mejor cuidan de los demás.

—Eso es muy profundo.

—Lo aprendí de ti.

—No. Lo aprendiste de Aldric.

—Quizá de los dos.

Finn sonrió y siguió cenando. A su lado, un pequeño dragón de escamas verdes —un cachorro que había sido rescatado de unos cazadores furtivos— dormitaba sobre la mesa, ajeno a las conversaciones de los humanos.

Era su dragón. No lo había elegido, sino que lo había encontrado, herido y abandonado, en una de sus expediciones.

Y aunque Finn nunca había sido un guardián en el sentido estricto de la palabra, aquel dragón lo había adoptado como tal.

—¿Crees que volverá a haber guerra? —preguntó Finn, rompiendo el silencio.

—No lo sé. El odio nunca desaparece del todo. Pero mientras existan guardianes dispuestos a luchar por la paz, la guerra nunca triunfará.

—Eso es muy optimista.

—Me he ganado el derecho a ser optimista.

—Eso mismo decía Aldric.

—Porque es verdad.

Lira se levantó de la mesa y salió al patio.

Kael, que había estado dormitando bajo el viejo roble, se incorporó al verla y caminó hacia ella.

El dragón púrpura había envejecido, pero seguía siendo una criatura imponente.

Sus escamas, otrora brillantes, habían adquirido un tono más apagado, y sus ojos ámbar ya no tenían la chispa de juventud que los había caracterizado.

Pero seguía siendo el mismo dragón. El mismo amigo. La misma familia.

—Hemos recorrido un largo camino —dijo Lira, acariciando su hocico.

Kael emitió un ronroneo grave. Ya no podía comunicarse con ella a través del vínculo —eso se había perdido para siempre tras la batalla del Desierto de Cenizas—, pero Lira había aprendido a interpretar sus sonidos, sus gestos, sus silencios.

Sabía cuándo estaba contento, cuándo estaba triste, cuándo necesitaba compañía.

Y él, a su vez, sabía cuándo Lira necesitaba volar.

—¿Quieres que vayamos a dar una vuelta? —preguntó.

Kael desplegó sus alas en respuesta.

Lira montó sobre su lomo, y el dragón se elevó hacia el cielo. Surcaron las nubes, dejando atrás la escuela, la Sierra Quebrada, los valles y los ríos que habían explorado juntos durante tantos años. Y por primera vez en mucho tiempo, Lira sintió que todo estaba exactamente como debía estar.

—Gracias —le dijo al viento, sabiendo que Kael la oía—. Gracias por todo.

El dragón púrpura emitió un rugido que resonó en todo el valle. Y aunque Lira ya no podía oír su voz, supo lo que le estaba diciendo.

Le estaba diciendo que la quería.

Y eso, al fin y al cabo, era lo único que importaba.