CAPÍTULO 24 EL RITUAL DE LA EXTRACCIÓN
El sol se ocultaba tras las montañas cuando Darien se arrodilló en el centro del patio de la escuela, rodeado por los demás guardianes y sus dragones.
Las antorchas, encendidas por Aldric siguiendo las instrucciones de los antiguos, formaban un círculo de fuego alrededor del joven, y el humo que se elevaba de ellas dibujaba espirales en el aire del atardecer.
El ambiente estaba cargado de una tensión que ninguno de los presentes había experimentado antes.
Ni siquiera durante la batalla contra el Devorador habían sentido aquella mezcla de miedo, esperanza y determinación que ahora los embargaba.
—¿Estás seguro de que quieres hacer esto? —preguntó Lira, arrodillándose frente a Darien. Sus ojos, habitualmente firmes, estaban empañados por lágrimas que se negaba a derramar.
—Nunca he estado más seguro de nada —respondió el joven, con una calma que sorprendió a todos—.
Toda mi vida he tenido miedo. Miedo de no ser suficiente.
Miedo de fallar. Miedo de no estar a la altura de Aureus, de vosotros, de mí mismo.
Pero ahora, por primera vez, no tengo miedo. Porque sé que esto es lo correcto.
—No tienes que demostrar nada. Ya eres uno de nosotros. Ya eres un guardián.
—Lo sé. Pero quiero ser algo más. Quiero ser el guardián que eligió sacrificarse. El guardián que salvó a Lira la Salvaje. El guardián que demostró que el amor puede vencer al odio.
—Eso es muy ambicioso para alguien que dice no tener miedo.
—No es ambición. Es determinación.
Aldric, que había estado preparando los ingredientes del ritual —polvo de escamas de dragón, agua del lago termal de la Sierra Quebrada, cenizas del Desierto de Cenizas y una gota de sangre de cada uno de los cinco dragones originales—,
se acercó a ellos con el cuenco de barro donde había mezclado todos los elementos.
—El ritual es sencillo —explicó—, pero doloroso.
Darien beberá esta poción, que abrirá un canal entre su mente y la esencia del Devorador.
Luego, Lira deberá tocar su frente y concentrarse en transferir la semilla.
Si todo sale bien, la esencia pasará de Lira a Darien, y él la neutralizará con su propia fuerza vital.
—¿Y si sale mal? —preguntó Alba.
—Si sale mal, la esencia consumirá a Darien. Y probablemente también a Aureus.
—Eso es demasiado arriesgado.
—Lo sé. Pero no tenemos otra opción. La semilla está creciendo dentro de Lira. Si no la extraemos pronto, ella se convertirá en el nuevo Devorador. Y entonces, todo lo que hemos construido se vendrá abajo.
—Confío en Aldric —dijo Darien—. Y confío en Lira. Y sobre todo, confío en Aureus. Él me ha dado fuerzas que nunca supe que tenía. Y ahora, voy a usarlas.
—Entonces, que así sea —dijo Aldric, tendiéndole el cuenco.
Darien tomó la poción con ambas manos y bebió de un solo trago.
El líquido, espeso y amargo, le quemó la garganta al descender, y durante unos segundos sintió que el mundo entero daba vueltas a su alrededor.
Luego, una extraña calma lo invadió. Era como si su mente se hubiera expandido, abarcando mucho más que su propio cuerpo.
Podía sentir a los dragones que lo rodeaban: el calor de Kael, la profundidad de Esme, el fuego de Pyros, la fluidez de Azul, y sobre todo, la presencia de Aureus, su dragón dorado, que estaba a su lado, inmóvil como una estatua pero vibrante como una llama.
—Estoy listo —dijo.
Lira se arrodilló frente a él y apoyó las manos en sus hombros.
Cerró los ojos y se concentró, buscando en su interior la semilla del Devorador.
Al principio, no encontró nada. Solo oscuridad.
Pero luego, lentamente, la sombra empezó a manifestarse.
Era una presencia fría, repulsiva, que se retorcía en lo más profundo de su ser como un animal acorralado.
Lira sintió náuseas, vértigo, un dolor agudo en el pecho.
Pero no se detuvo. Siguió buscando, siguió empujando, hasta que la sombra emergió.
Ante los ojos atónitos de los presentes, una niebla negra empezó a brotar del pecho de Lira.
Era una niebla densa, viscosa, que se retorcía en el aire formando figuras grotescas.
Durante unos segundos, la niebla tomó la forma de un dragón deforme, similar al Devorador que habían derrotado en el Desierto de Cenizas, pero más pequeño, más débil, como un reflejo distorsionado de su antiguo poder.
—Es la semilla —dijo Aldric—. Darien, ahora.
Darien abrió los brazos y dejó que la niebla lo envolviera.
El contacto fue como sumergirse en agua helada.
Sintió un frío que le calaba los huesos, un frío que amenazaba con congelarle el corazón.
Pero también sintió algo más. Sintió el calor de Aureus, que había establecido un vínculo con él en el último momento.
Y ese calor era más fuerte que el frío. Mucho más fuerte.
—No voy a dejar que me controles —dijo Darien, apretando los dientes—. No voy a dejar que nos destruyas.
La niebla emitió un chillido agudo, como el de un animal herido. Luego, lentamente, empezó a replegarse. Se contrajo, se comprimió, se concentró en un solo punto. Y finalmente, desapareció.
Darien cayó al suelo, inconsciente. Aureus, a su lado, emitió un rugido que resonó en todo el valle. Pero no era un rugido de dolor. Era un rugido de triunfo.
—¿Está vivo? —preguntó Alba, corriendo hacia él.
Aldric se arrodilló junto a Darien y le tomó el pulso.
—Sí. Está vivo. Débil, pero vivo. La esencia ha sido neutralizada.
—¿Y Lira?
Lira seguía de rodillas, con las manos apoyadas en el suelo y la respiración entrecortada.
Kael se había acercado a ella y la rodeaba con sus alas, como protegiéndola de un enemigo invisible.
Cuando levantó la vista, sus ojos ya no tenían la sombra que los había empañado en las últimas semanas. Estaban limpios. Brillantes. Vivos.
—Estoy bien —dijo, con la voz quebrada—. Estoy bien.
—La semilla ha desaparecido —confirmó Aldric—. Darien la ha absorbido y la ha destruido. Se ha sacrificado por ti, Lira. Por todos nosotros.
—No se ha sacrificado —respondió Lira, acercándose a Darien—. Ha demostrado que es más fuerte que el odio. Más fuerte que el miedo. Más fuerte que el Devorador.
—Siempre lo fue —dijo Eryndor—. Solo que él no lo sabía.
Darien despertó tres días después, en una cama de la escuela de guardianes. Lo primero que vio fue a Aureus, que estaba tumbado a su lado, con la cabeza apoyada en el colchón y los ojos dorados fijos en él. Lo segundo fue a Lira, que dormitaba en una silla cercana, con Kael enroscado a sus pies.
—¿Ha funcionado? —preguntó Darien, con la voz ronca.
Lira abrió los ojos de golpe y sonrió.
—Sí. Ha funcionado. La semilla ha sido destruida. Y tú sigues vivo.
—¿Y Aureus?
—Aureus también. Y además, ha establecido un vínculo contigo. Un vínculo de verdad. Mientras dormías, ha estado a tu lado todo el tiempo. No se ha movido ni un momento.
Darien miró a su dragón, que seguía observándolo con aquellos ojos dorados y enigmáticos. Y supo, sin necesidad de palabras, que Lira tenía razón. El vínculo estaba ahí. Lo sentía. Era como un hilo invisible que los unía, un hilo que nunca antes había existido y que ahora era más fuerte que nunca.
—Gracias —le dijo a Aureus, acariciando su hocico—. Gracias por no rendirte conmigo.
Aureus emitió un sonido suave, casi un ronroneo. Y Darien supo que le estaba diciendo algo. Algo que había esperado oír desde el día que se conocieron.
Le estaba diciendo que lo quería.