CAPÍTULO 23 LA SOMBRA DEL DEVORADOR
Pero la paz, como Lira había aprendido, nunca duraba para siempre.
Una noche, mientras dormía en su habitación de la escuela, tuvo un sueño.
Un sueño extraño, inquietante, que no se parecía a los que había tenido antes.
En el sueño, estaba de pie en el Desierto de Cenizas, frente al Templo del Fuego Primordial.
Las runas de las paredes brillaban con una luz rojiza, y en el centro de la cámara, donde antes había estado la Lanza del Dragón, ahora había una figura.
Una figura de sombra, sin rostro, sin forma definida, que la observaba con unos ojos que no eran ojos, sino agujeros de oscuridad.
—Has hecho bien en venir —dijo la figura, con una voz que sonaba como el crujir de los huesos—. Te estaba esperando.
—¿Quién eres? —preguntó Lira en el sueño.
—Soy lo que queda del Devorador. Una semilla. Una semilla que plantaste tú misma cuando destruiste a la bestia.
—Eso es imposible. El Devorador fue destruido.
—El Devorador fue destruido, sí. Pero su esencia no. La esencia del Devorador es el odio. Y el odio nunca muere del todo. Se transforma. Se esconde. Espera su momento. Y ahora, ese momento ha llegado.
—¿Qué quieres?
—Quiero lo que siempre he querido. Consumir. Consumir dragones, consumir hombres, consumir el mundo entero. Pero para eso, necesito un cuerpo. Un cuerpo que me permita caminar entre los vivos. Y tú vas a proporcionármelo.
—Yo no voy a proporcionarte nada.
—No tienes elección. La semilla del Devorador está dentro de ti, Lira. La plantaste cuando tocaste la Lanza del Dragón. Y ha estado creciendo desde entonces, alimentándose de tus dudas, de tus miedos, de tu dolor. Ahora, ha llegado el momento de que florezca.
Lira sintió un dolor agudo en el pecho, como si algo le estuviera desgarrando por dentro. Se miró las manos, y vio que sus dedos se estaban volviendo negros, como si alguien los estuviera quemando.
—No —dijo—. No voy a dejar que me controles.
—No puedes impedirlo. El odio es más fuerte que el amor. Siempre lo ha sido. Y ahora, vas a comprobarlo por ti misma.
La figura de sombra se abalanzó sobre ella, y Lira despertó gritando.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Finn, que dormía en la habitación contigua y había acudido corriendo al oír los gritos.
—Nada —respondió Lira, con el corazón latiéndole a toda velocidad—. Solo una pesadilla.
Pero cuando se miró las manos, vio que sus dedos seguían siendo normales.
No estaban quemados, ni ennegrecidos, ni deformados.
Sin embargo, la sensación de que algo había cambiado no la abandonó en toda la noche.
Algo había despertado dentro de ella. Algo oscuro.
Algo que amenazaba con destruir todo lo que había construido.
A la mañana siguiente, Lira reunió a los guardianes en el gran salón de la escuela. Estaban todos: Eryndor, Alba, Nerea, Darien, Aldric y Finn. Y también estaban sus dragones, que aguardaban en el patio, expectantes.
—He tenido una visión —dijo Lira, sin preámbulos—. Una visión del Devorador.
—Pero el Devorador fue destruido —dijo Eryndor.
—Su cuerpo fue destruido. Pero su esencia sigue viva. Y está dentro de mí.
—¿Dentro de ti? ¿Cómo es posible?
—Cuando toqué la Lanza del Dragón, absorbí parte de su poder. Y con ese poder, también absorbí su esencia. Una semilla del Devorador. Y ahora, esa semilla está creciendo.
—¿Estás segura? —preguntó Aldric.
—Sí. Lo siento. Siento su presencia dentro de mí, como una sombra que me sigue a todas partes. Y sé que tarde o temprano intentará controlarme.
—Hay una forma de detenerlo —dijo Aldric—. Un ritual antiguo, mencionado en las inscripciones. Un ritual que permite extraer la esencia del Devorador antes de que se manifieste.
—¿Qué clase de ritual?
—Un sacrificio. Alguien tiene que ofrecerse voluntario para absorber la esencia. Pero no cualquiera. Tiene que ser alguien que comparta el vínculo con un dragón. Alguien cuyo amor por su bestia sea tan fuerte que pueda neutralizar el odio del Devorador.
—Eso significa que uno de nosotros tendrá que hacerlo —dijo Alba.
—Sí. Pero no será fácil. El ritual es peligroso. Si falla, la persona que lo intente morirá. Y su dragón con ella.
Se hizo un silencio pesado en la sala. Lira miró a sus compañeros, a sus amigos, a las personas con las que había compartido los últimos años. Todos ellos estaban dispuestos a sacrificarse. Lo veía en sus ojos. Pero ella no podía permitirlo.
—Lo haré yo —dijo Lira.
—No —respondió Aldric—. Tú eres la guardiana del dragón púrpura. Si mueres, Kael morirá contigo. Y sin Kael, el pacto se romperá.
—Entonces, ¿quién?
—Yo.
La voz provenía de la puerta. Todos se giraron. Allí, de pie en el umbral, estaba Darien. El guardián más joven. El que había sido elegido por el dragón dorado. El que siempre había sido el más inseguro, el más frágil, el que nunca había creído estar a la altura.
—Darien, no —dijo Alba.
—Sí. Yo soy el más prescindible. Aureus y yo nunca hemos tenido un vínculo tan fuerte como el vuestro. Si muero, no se perderá tanto como si muere Lira.
—Eso no es verdad. Tú eres tan importante como cualquiera de nosotros.
—No. Y lo sabes. Desde el principio supe que mi papel en esta historia era secundario. Que estaba aquí para ayudar, no para liderar. Y ahora, ha llegado el momento de cumplir mi propósito.
—No voy a permitirlo —dijo Lira.
—No tienes que permitirlo. Es mi decisión. Y ya está tomada.
Darien salió al patio, donde Aureus lo esperaba. El dragón dorado, que había sido creado artificialmente y que nunca había conocido la libertad hasta que Lira se la concedió, miró a su guardián con aquellos ojos dorados y enigmáticos. Darien apoyó la mano en su costado y cerró los ojos.
—Sé que no me entiendes —le dijo en voz baja—. Pero quiero que sepas que te quiero. Que siempre te he querido. Y que lamento no haber sido mejor guardián.
Aureus emitió un sonido. No era un rugido, ni un gruñido, ni un resoplido. Era un sonido nuevo, diferente, que Darien nunca había oído. Y supo, en ese instante, que su dragón le estaba respondiendo. Que por primera vez desde que se conocían, el vínculo entre ambos se había establecido.
—Gracias —dijo Darien, con lágrimas en los ojos—. Gracias por quererme.
Y entonces, comenzó el ritual.