EL ÚLTIMO DRAGÓN DE ALBORADA CAPÍTULO 22 LOS NUEVOS GUARDIANES
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CAPÍTULO 22 LOS NUEVOS GUARDIANES

Pasaron tres años. Tres años en los que Alborada se transformó lentamente en un reino donde humanos y dragones coexistían en armonía.

No era una armonía perfecta —ninguna armonía lo es—, pero sí lo bastante sólida como para que las nuevas generaciones crecieran sin el miedo que había marcado la infancia de Lira.

La Ciudadela Blanca seguía siendo el centro del poder, pero ya no era una fortaleza inexpugnable, sino un lugar de encuentro.

Allí se reunían los señores de las distintas regiones, los representantes de los gremios de artesanos, los ancianos de las aldeas y, por supuesto, los guardianes.

Porque los guardianes se habían convertido en una institución.

Una orden dedicada a proteger a los dragones y a velar por el cumplimiento del pacto.

Lira, que nunca había querido ser líder, se había convertido en la líder indiscutible de aquella orden.

No porque hubiera buscado el poder, sino porque los demás la habían elegido.

Su nombre era conocido en todo Alborada.

Los juglares cantaban sus hazañas en las tabernas, los niños jugaban a ser Lira la Salvaje en las plazas de los pueblos, y los jóvenes que soñaban con convertirse en guardianes viajaban desde todos los rincones del reino para pedirle consejo.

—Es abrumador —le confesó a Finn una noche, mientras cenaban en el gran salón de la Ciudadela—. Toda esta gente que me admira. Que me ve como una heroína. Yo solo hice lo que tenía que hacer.

—Precisamente por eso te admiran —respondió Finn, que ya tenía quince años y se había convertido en un joven alto y desgarbado, con una inteligencia aguda y un sentido del humor que a veces exasperaba a Lira—.

Porque no buscaste la gloria. Porque no querías el poder.

La gente valora más a los héroes que no quieren serlo.

—Eso es muy sabio para alguien de tu edad.

—Lo aprendí de ti.

—No. Lo aprendiste de Aldric.

—Bueno, quizá un poco de los dos.

Finn, a pesar de su juventud, se había convertido en una pieza clave de la orden.

No era guardián —ningún dragón lo había elegido, y probablemente nunca lo haría—, pero tenía un talento natural para la diplomacia y la organización.

Mientras Lira y los demás guardianes se encargaban de proteger a los dragones, Finn se ocupaba de la logística: los suministros, las comunicaciones, las relaciones con los señores locales.

Era un trabajo ingrato pero necesario, y él lo desempeñaba con una eficiencia que sorprendía a todos.

—He estado pensando —dijo Finn, cambiando de tema—. Deberíamos fundar una escuela.

—¿Una escuela? ¿Para qué?

—Para formar a los futuros guardianes. Ahora mismo, cada dragón elige a su guardián de forma instintiva, sin ningún criterio.

Y eso está bien, porque los dragones saben lo que hacen.

Pero una vez que eligen a alguien, ese alguien no tiene ni idea de cómo cuidar a un dragón.

No sabe cómo alimentarlo, cómo curarlo, cómo comunicarse con él.

Necesitamos un lugar donde los nuevos guardianes puedan aprender.

—Eso es... una idea excelente.

—Lo sé. Por eso la he tenido yo.

Lira sonrió. Finn siempre encontraba la forma de hacerla sonreír, incluso en los momentos más oscuros.

—Habla con Aldric —dijo—. Él conoce mejor que nadie la historia de los guardianes. Seguro que puede ayudarte.

—Ya lo he hecho. Dice que está de acuerdo. Y que además, él quiere ser el primer profesor.

—Pues adelante. Tenéis mi bendición.

—No necesito tu bendición. Necesito tu ayuda para convencer a los señores de que financien el proyecto.

—Eso ya es más difícil.

—Lo sé. Por eso te lo pido a ti. Porque a ti te escuchan.

Lira suspiró. Odiaba la política, pero sabía que Finn tenía razón.

Si querían construir un futuro mejor para los dragones y sus guardianes, necesitaban el apoyo de los poderosos.

Y aunque Lira habría preferido mil veces enfrentarse a un dragón salvaje que a un consejo de señores, aceptó a regañadientes.

—Está bien —dijo—. Iré a ver a los señores. Pero tú me acompañas.

—Trato hecho.

La escuela de guardianes se fundó seis meses después, en un antiguo monasterio abandonado en las faldas de la Sierra Quebrada.

Era un lugar hermoso, rodeado de bosques y montañas, con un gran patio central donde los dragones podían aterrizar y los alumnos podían entrenar.

Aldric se convirtió en el director, y los demás guardianes —Eryndor, Alba, Nerea, Darien y la propia Lira— se turnaban para dar clases.

Los primeros alumnos fueron apenas una docena: jóvenes que habían sido elegidos por dragones y que no sabían qué hacer con aquella responsabilidad.

Llegaron asustados, inseguros, sin saber muy bien lo que se esperaba de ellos.

Pero poco a poco, bajo la tutela de Aldric y los demás, fueron aprendiendo.

Aprendieron a cuidar a sus bestias, a comunicarse con ellas, a respetarlas.

Aprendieron que los dragones no eran armas, ni mascotas, ni esclavos. Eran compañeros. Amigos. Familia.

—Esto es lo que siempre soñé —le confesó Aldric a Lira una tarde, mientras observaban a los alumnos entrenar en el patio—. Una nueva generación de guardianes. Una generación que no tenga que pasar por lo que pasamos nosotros.

—Sí —respondió Lira—. Pero también me da miedo.

—¿Miedo de qué?

—De que vuelva a pasar. De que alguien intente utilizar a los dragones como armas. De que todo esto se derrumbe.

—Siempre habrá gente que quiera utilizar el poder para hacer el mal. Pero mientras existan guardianes dispuestos a defender lo que es justo, el mal nunca triunfará del todo.

—Eso es muy optimista.

—Soy viejo. Me he ganado el derecho a ser optimista.

Lira sonrió. Aldric siempre encontraba la forma de tranquilizarla, incluso cuando todo parecía perdido. Era un don que solo los verdaderos sabios poseían.

Aquella noche, mientras paseaba por los jardines de la escuela, Lira se encontró con Kael.

El dragón púrpura, que había envejecido con dignidad, dormitaba bajo un viejo roble, con las alas plegadas y el hocico apoyado en las garras.

Al sentir la presencia de Lira, abrió un ojo y emitió un ronroneo suave.

—Hola, viejo amigo —dijo Lira, sentándose a su lado.

Kael no respondió. Seguía sin poder comunicarse con ella a través del vínculo, pero ya no importaba. Habían aprendido a entenderse de otras maneras. Con gestos, con miradas, con silencios. Como dos viejos amigos que no necesitan palabras para saber lo que el otro piensa.

—¿Crees que lo estamos haciendo bien? —preguntó Lira—. ¿Crees que todo esto servirá para algo?

Kael emitió un gruñido grave y movió la cola, golpeando suavemente el suelo. Lira interpretó aquello como un "sí".

—Eso espero. Porque hemos trabajado mucho para que funcione.

Kael cerró el ojo y volvió a dormirse, ajeno a las preocupaciones de su guardiana. Y Lira, apoyada en su costado, se quedó contemplando las estrellas, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que todo estaba exactamente como debía estar.