CAPÍTULO 21 EL SILENCIO DEL VÍNCULO
Los días que siguieron a la batalla del Desierto de Cenizas fueron los más extraños en la vida de Lira.
Por un lado, la victoria contra el Devorador había traído una paz que Alborada no conocía desde hacía siglos.
Los señores rebeldes y los antiguos aliados del príncipe Edric, viendo el poder de los dragones y la determinación de sus guardianes, habían depuesto las armas definitivamente.
Las últimas resistencias se desvanecieron como la niebla al amanecer, y por primera vez en generaciones, no había guerras, ni persecuciones, ni cazadores furtivos acechando en las sombras.
Los dragones, liderados por Kael, surcaban los cielos sin miedo, y los humanos, poco a poco, aprendían a convivir con ellos.
Pero para Lira, aquella paz tenía un sabor amargo.
El vínculo que la había unido a Kael durante siete años —ese hilo invisible que les permitía sentir las emociones del otro, comunicarse sin palabras, compartir cada momento como si fueran dos mitades de un mismo ser— se había roto.
No completamente, no de forma definitiva, pero sí lo suficiente como para que ella se sintiera incompleta.
Como si le hubieran amputado un miembro fantasma que aún dolía.
Kael seguía a su lado, por supuesto. El dragón púrpura no se había separado de ella ni un solo día desde la batalla, y seguía obedeciendo sus órdenes, protegiéndola, acompañándola en sus vuelos.
Pero ya no podía hablarle. Ya no podía transmitirle sus pensamientos, sus emociones, sus deseos.
Era como intentar comunicarse con un amigo a través de un cristal empañado: sabías que estaba ahí, pero no podías oír lo que decía.
—¿Cómo te sientes? —le preguntó Aldric una mañana, mientras paseaban por los jardines de la Ciudadela Blanca.
—Como si me hubieran arrancado algo —respondió Lira—. Como si me faltara una parte de mí misma.
—Es normal. El vínculo entre un guardián y su dragón es algo muy profundo. Más profundo que cualquier relación humana. Perderlo, aunque sea parcialmente, es como perder un sentido. Como quedarse ciego o sordo.
—Pero Kael sigue aquí. Puedo verlo, tocarlo, montarlo. ¿Por qué me siento tan vacía?
—Porque el vínculo no era solo comunicación. Era conexión. Era amor. Y aunque el amor sigue existiendo, la forma de expresarlo ha cambiado. Tienes que aprender a querer a Kael de otra manera. Una manera más humana.
—No quiero quererlo de manera humana. Quiero quererlo como antes.
—Lo sé. Pero eso ya no es posible. Y tienes que aceptarlo.
Lira suspiró. Sabía que Aldric tenía razón, pero aceptarlo era más difícil de lo que había imaginado.
Durante siete años, su vida había girado en torno a Kael.
Había aprendido a interpretar sus gruñidos, sus resoplidos, sus rugidos.
Sabía cuándo tenía hambre, cuándo estaba cansado, cuándo se sentía amenazado.
Y ahora, de repente, todo eso había desaparecido.
Kael era un extraño. Un extraño al que quería con toda su alma, pero un extraño al fin y al cabo.
—Tengo que irme —dijo Lira de repente.
—¿Irte? ¿Adónde?
—No lo sé. A cualquier sitio. Necesito alejarme de todo esto. De la Ciudadela, de la corte, de las reuniones. Necesito volver a las montañas. A la Sierra Quebrada. Al lugar donde empezó todo.
—Eso es peligroso. Aún hay enemigos ahí fuera.
—Lo sé. Pero Kael estará conmigo. Y aunque ya no pueda oírle, sé que me protegerá.
Aldric la miró durante unos segundos, y luego asintió.
—Está bien. Ve. Tómate el tiempo que necesites. Pero prométeme que volverás.
—Lo prometo.
Aquella misma tarde, Lira y Kael abandonaron la Ciudadela Blanca.
No se despidieron de nadie, excepto de Finn, que insistió en acompañarlos.
El niño, que ya no era tan niño —había crecido varios centímetros en los últimos meses y su voz empezaba a volverse más grave—, se había convertido en una especie de hermano pequeño para Lira, y ella no tuvo corazón para negarse.
—¿Adónde vamos? —preguntó Finn, mientras sobrevolaban los bosques del norte.
—A casa —respondió Lira—. A la Sierra Quebrada.
—Pero si allí no hay nada. Solo cuevas y rocas.
—Para ti serán cuevas y rocas. Para mí, es el lugar donde crecí. Donde aprendí a sobrevivir. Donde encontré a Kael.
—¿Crees que volver a ese lugar te ayudará a recuperar el vínculo?
—No lo sé. Pero necesito intentarlo.
El vuelo duró tres días. Tres días en los que Lira apenas habló, sumida en sus pensamientos.
Kael, a su lado, volaba en silencio, y aunque ya no podía comunicarse con él, Lira notaba que el dragón también estaba triste.
Quizá no era el vínculo lo que se lo decía.
Quizá era simplemente el conocimiento que tenía de él, después de tantos años juntos.
El conocimiento de que Kael también la echaba de menos. De que Kael también sentía aquel vacío.
Cuando llegaron a la cueva que había sido su hogar durante siete años, Lira sintió una punzada de nostalgia.
Todo estaba exactamente igual que lo habían dejado: el lago termal humeando en el centro, los cristales de cuarzo brillando en las paredes, el nido de ramas petrificadas donde Kael había dormido desde que era un cachorro.
Pero había algo diferente. Algo que no supo identificar hasta que entró en la cueva y vio una figura sentada junto al fuego.
Era Aldric.
—¿Cómo has llegado antes que nosotros? —preguntó Lira, sorprendida.
—No he llegado antes. Llevo aquí varios días. Sabía que vendrías, así que me adelanté.
—¿Por qué?
—Porque hay algo que tengo que enseñarte. Algo que encontré mientras revisaba los archivos de los antiguos. Algo sobre el vínculo.
—¿Sobre el vínculo? ¿Hay forma de restaurarlo?
—No. Pero hay forma de crear uno nuevo.
Lira sintió que el corazón le daba un vuelco.
—¿Cómo?
—Siguiendo el camino de los primeros guardianes. Ellos no nacieron con el vínculo. Lo crearon. Aprendieron a comunicarse con los dragones sin necesidad de magia. Solo con amor. Solo con dedicación.
—¿Y cómo lo hicieron?
—Eso es lo que tendrás que descubrir por ti misma. Yo solo puedo mostrarte el camino. El resto depende de ti.
Aldric se levantó y se dirigió hacia el fondo de la cueva. Allí, donde las paredes se estrechaban formando un pasadizo, había una puerta que Lira nunca había visto. Una puerta de piedra, cubierta de runas, que se abrió al contacto con la mano de Aldric.
—Esto es el Corazón de la Montaña —dijo el anciano—. Un lugar sagrado que los dragones construyeron antes de que los hombres existieran. Aquí es donde los primeros guardianes vinieron a buscar la sabiduría. Y aquí es donde tú encontrarás la tuya.
—¿Qué hay dentro?
—No lo sé. Cada guardián encuentra algo diferente. Algo que solo él puede entender.
Lira dudó. Luego, miró a Kael, que la observaba con sus ojos ámbar. El dragón emitió un sonido suave, casi un ronroneo, y Lira supo lo que le estaba diciendo. No necesitaba el vínculo para entenderlo.
—Está bien —dijo—. Iré.
—Te estaré esperando —respondió Aldric—. Y recuerda: el vínculo nunca se rompió del todo. Solo se transformó. Y ahora, tienes la oportunidad de reconstruirlo.
Lira entró en la cámara del Corazón de la Montaña. La puerta se cerró detrás de ella, y se encontró en una oscuridad absoluta.
Al principio, no sintió nada. Solo el frío de la piedra bajo sus pies y el silencio absoluto que la envolvía como un sudario. Pero luego, lentamente, empezó a ver algo. Una luz. Una luz púrpura, del mismo color que las escamas de Kael, que brillaba en el centro de la cámara.
Se acercó lentamente. La luz provenía de un cristal, similar a los que había visto en el santuario, pero más grande. Mucho más grande. Era un cristal del tamaño de un huevo de dragón, y en su interior, diminutas llamas danzaban como si estuvieran vivas.
—Tócalo —dijo una voz.
Lira se giró, pero no había nadie. La voz parecía venir del cristal mismo.
—¿Quién eres? —preguntó.
—Soy lo que queda de los antiguos. La memoria de los dragones que existieron antes que Kael. Y he estado esperándote, Lira, guardiana del dragón púrpura.
—¿Por qué?
—Porque tú eres la última. La última de una estirpe que se remonta al origen de los tiempos. La última guardiana del dragón de la tierra. Y tu viaje aún no ha terminado.
—Mi viaje terminó cuando derrotamos al Devorador.
—No. Aquello fue solo el principio. El Devorador era una criatura del odio, sí, pero el odio nunca muere del todo. Se transforma. Se esconde. Y volverá a surgir, con otra forma, con otro nombre, cuando menos lo esperes.
—¿Y qué puedo hacer yo?
—Prepararte. Preparar a los demás. Reconstruir los vínculos que se rompieron. Y cuando llegue el momento, luchar de nuevo.
—Estoy cansada de luchar.
—Lo sé. Pero es tu destino. Como lo fue el mío. Como lo fue el de todos los que te precedieron.
—¿Y si no quiero cumplir mi destino?
—Eso no importa. El destino no pregunta qué quieres. Simplemente te elige.
Lira se quedó en silencio. Luego, extendió la mano y tocó el cristal.
En ese instante, una oleada de imágenes invadió su mente.
Vio a los primeros dragones, surgiendo del fuego primordial.
Vio a los primeros guardianes, estableciendo el vínculo que había perdurado durante milenios.
Vio guerras, traiciones, muertes. Pero también vio amor.
Vio dragones y humanos luchando juntos, protegiéndose mutuamente, sacrificándose unos por otros.
Y comprendió, por fin, lo que Aldric había intentado decirle.
El vínculo nunca se había roto. Porque el vínculo no era magia. Era amor. Y el amor no necesitaba palabras, ni pensamientos, ni conexiones sobrenaturales. El amor era simplemente estar ahí. Cuidar. Proteger. Permanecer.
Cuando salió del Corazón de la Montaña, Kael la estaba esperando.
El dragón púrpura se acercó a ella y frotó su hocico contra su mejilla.
Lira sintió el calor de sus escamas, el latido de su corazón, la fuerza de su presencia.
Y aunque seguía sin poder oír su voz, supo que Kael le estaba diciendo algo.
Le estaba diciendo que la quería.
—Yo también —respondió Lira, abrazándolo—. Yo también.