EL ÚLTIMO DRAGÓN DE ALBORADA CAPÍTULO 19 LA BATALLA DEL DESIERTO
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CAPÍTULO 19 LA BATALLA DEL DESIERTO

La criatura que se alzaba ante ellos no se parecía a nada que Lira hubiera visto antes.

Era un dragón, sí, pero un dragón corrupto, deformado por siglos de odio y de hambre.

Sus escamas, de un negro mate que absorbía la luz, estaban agrietadas y dejaban ver un interior palpitante, como si algo vivo se retorciera bajo su piel.

Sus ojos, múltiples y dispersos por todo su cráneo, brillaban con una luz rojiza que transmitía un hambre insaciable.

Y sus fauces, cuando se abrieron, revelaron no una lengua, sino un torbellino de oscuridad que parecía succionar el aire a su alrededor.

—Es enorme —murmuró Darien, con la voz temblorosa.

—Sí. Pero nosotros tenemos la lanza. Y mientras la tengamos, podemos derrotarlo.

Kael, sin esperar órdenes, se lanzó al ataque.

Sus alas batieron con fuerza, levantando una nube de ceniza, y su aliento púrpura —un fuego del color de las amatistas— impactó contra el costado del Devorador.

La criatura rugió de dolor, pero no retrocedió.

Al contrario: pareció absorber el fuego, como si se alimentara de él, y respondió con un zarpazo que habría partido a Kael por la mitad si el dragón púrpura no hubiera esquivado en el último momento.

—¡No le ataques con fuego! —gritó Lira—. ¡Se alimenta de él!

—¿Entonces qué hacemos? —preguntó Darien.

—¡Usad la lanza! ¡Solo la lanza puede atravesar su piel!

Pero la lanza era pesada, y Lira apenas podía sostenerla. Necesitaba acercarse lo suficiente para clavarla en el corazón del Devorador, y eso significaba volar directamente hacia sus fauces. Una misión suicida.

—Kael —dijo, aferrándose a sus escamas—. ¿Confías en mí?

El dragón púrpura emitió un rugido que era a la vez una afirmación y un desafío. Lira lo interpretó como un "sí". Y sin pensarlo más, se lanzaron hacia la bestia.

El viento silbaba en los oídos de Lira mientras se aproximaban al Devorador.

La criatura, viéndolos venir, abrió sus fauces y lanzó un chorro de oscuridad que lo envolvía todo.

Pero Kael era rápido. Demasiado rápido. Esquivó el ataque con un giro imposible, se deslizó bajo el vientre de la bestia y emergió por el otro lado, justo encima de su lomo.

—¡Ahora! —gritó Lira.

Saltó del lomo de Kael y cayó sobre la espalda del Devorador, clavando la lanza en una de las grietas de sus escamas. La criatura rugió con un dolor que resonó en todo el desierto, y sus múltiples ojos se volvieron hacia Lira, todos a la vez, con una expresión de odio puro.

Pero Lira no se detuvo. Agarró la lanza con ambas manos y la empujó más hondo, sintiendo cómo el arma atravesaba capas de carne corrompida hasta alcanzar algo duro. El corazón del Devorador. La lanza tembló, emitió un resplandor cegador, y Lira supo que había llegado el momento.

—¡Ahora! —gritó a los demás guardianes, que habían llegado volando desde la Ciudadela Blanca con sus dragones—. ¡Unid vuestras fuerzas!

Eryndor, Alba, Nerea y Darien se colocaron alrededor del Devorador, formando un círculo con sus dragones. Cada uno llevaba su colgante, y cada uno, siguiendo las instrucciones de Lira, concentró su energía en la lanza.

—¡Por los dragones que murieron! —gritó Eryndor.

—¡Por los que aún viven! —gritó Alba.

—¡Por el pacto que nunca debió romperse! —gritó Nerea.

—¡Por la libertad! —gritó Darien.

Y Lira, apretando la lanza con todas sus fuerzas, gritó:

—¡Por Kael!

Una explosión de luz envolvió el desierto. La onda expansiva se extendió por todo Alborada, haciendo temblar las montañas y agitar los mares. Durante unos segundos, el mundo entero se quedó en silencio.

Y luego, la criatura se desmoronó. Sus escamas se deshicieron en cenizas, sus huesos se pulverizaron, y su corazón, atravesado por la lanza, dejó de latir para siempre. El Devorador había sido destruido.