EL ÚLTIMO DRAGÓN DE ALBORADA CAPÍTULO 18 EL DESIERTO DE CENIZAS
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CAPÍTULO 18 EL DESIERTO DE CENIZAS

El Desierto de Cenizas era un lugar que ni siquiera los dragones se atrevían a sobrevolar.

Se extendía al este de las Montañas de Fuego, más allá de las fronteras conocidas de Alborada, y según las leyendas, era el lugar donde los primeros dragones habían surgido del fuego primordial.

Pero también era un lugar de muerte. Las cenizas que cubrían el suelo no eran cenizas comunes: eran los restos calcinados de dragones antiguos, que llevaban siglos acumulándose hasta formar dunas enteras.

El aire era irrespirable, el calor insoportable, y la única forma de atravesarlo era volando a gran altura, donde las corrientes térmicas mantenían el aire limpio.

Lira, Darien y Kael emprendieron el viaje al amanecer, dejando a los demás guardianes al cargo de la Ciudadela. Sabían que el tiempo apremiaba. El Devorador —fuera lo que fuese— estaba matando dragones, y cada día que pasaba, su poder crecía.

—¿Crees que existe de verdad? —preguntó Darien, mientras volaban sobre las primeras estribaciones del desierto—. ¿El guardián antiguo del que habló Aureus?

—No lo sé —respondió Lira—. Pero si hay una posibilidad de detener al Devorador, tenemos que intentarlo.

—¿Y si es una trampa?

—Entonces, Kael y yo nos encargaremos.

Siguieron volando durante horas, adentrándose en un paisaje cada vez más desolado.

Las dunas de ceniza se extendían hasta donde alcanzaba la vista, formando ondulaciones que parecían las olas de un mar petrificado.

El sol, implacable, caía a plomo sobre sus cabezas, y el calor era tan intenso que incluso Kael, acostumbrado a las temperaturas extremas, empezaba a dar muestras de fatiga.

—Tenemos que aterrizar —dijo Lira—. Kael no puede seguir así.

—Pero aquí no hay dónde aterrizar. Es todo ceniza.

—Buscaremos un sitio.

Descendieron lentamente, buscando un lugar donde posarse. Al final, encontraron una plataforma rocosa que emergía de las cenizas como el lomo de una bestia enterrada. Kael aterrizó con dificultad, resoplando, y Lira y Darien desmontaron.

—¿Y ahora qué? —preguntó Darien.

—Ahora, esperamos. Si hay alguien aquí, nos encontrará.

Esperaron. El silencio del desierto era absoluto, roto solo por el viento que soplaba entre las dunas y el jadeo de Kael. Lira se sentó en la roca, contemplando el paisaje. Nunca se había sentido tan pequeña. Tan insignificante.

Y entonces, algo se movió entre las cenizas.

Al principio, Lira pensó que era una ilusión óptica, un espejismo provocado por el calor.

Pero luego, la figura se fue haciendo más nítida, y comprendió que no era un espejismo.

Era una persona. Un anciano, envuelto en una túnica gris que se confundía con las cenizas, que caminaba lentamente hacia ellos.

—Saludos, viajeros —dijo el anciano, con una voz que sonaba como el crujir de las hojas secas—. Llevo mucho tiempo esperándoos.

—¿Eres tú el guardián antiguo? —preguntó Lira.

—Soy lo que queda de él. Mi nombre es Orin. Fui el primer guardián. El que selló el pacto original entre dragones y hombres. Y ahora, soy el último que recuerda cómo detener al Devorador.

—¿Qué es el Devorador?

—Es una criatura que nació del odio. Cuando los antiguos rompieron el pacto y empezaron a cazar dragones, el dolor de las bestias asesinadas se condensó en una entidad. Una entidad que solo desea una cosa: consumir. Consumir dragones, consumir hombres, consumir el mundo entero.

—¿Y cómo se detiene?

—Con la sangre de los cinco dragones originales. La sangre del dragón púrpura, del dragón verde, del dragón rojo, del dragón azul y del dragón dorado. Solo unidas, sus esencias pueden destruir al Devorador.

—Pero eso significaría matarlos.

—No. Significaría compartir su poder. Los dragones no morirían. Pero perderían parte de su fuerza. Y vosotros, los guardianes, tendríais que estar dispuestos a sacrificaros también.

—¿Sacrificarnos cómo?

—Vuestro vínculo con los dragones se rompería. Para siempre. Nunca más podríais volar con ellos, ni sentir su calor, ni hablar con ellos a través del vínculo. Seríais humanos normales, sin nada que os diferenciara de los demás.

Lira sintió un nudo en la garganta. Romper el vínculo con Kael. Después de todo lo que habían pasado juntos. Después de siete años de compartir cada momento, cada alegría, cada peligro. Era como si le pidieran que se arrancara el corazón.

—¿Hay otra forma? —preguntó.

—No. Es la única.

—Entonces, lo haremos.

—No tan rápido. Antes, tenéis que encontrar al Devorador. Y para eso, necesitáis algo más.

—¿Qué?

—El arma que los antiguos forjaron para destruirlo. La Lanza del Dragón. Está escondida en el corazón del desierto, en el Templo del Fuego Primordial. Allí, donde nacieron los primeros dragones.

—¿Y cómo la encontramos?

—Seguid a Kael. Él sabrá guiaros.

Lira miró a su dragón. Kael, que había permanecido en silencio durante toda la conversación, emitió un rugido grave y asintió con la cabeza.

—Entonces, vamos —dijo Lira—. No hay tiempo que perder.

—Id con cuidado —les advirtió Orin—. El Devorador sabe que lo estáis buscando. Y no se detendrá ante nada para impediros que encontréis la lanza.

Lira y Darien montaron sobre sus dragones y se elevaron hacia el cielo, adentrándose aún más en el Desierto de Cenizas. Detrás de ellos, el anciano Orin se desvaneció lentamente, como si nunca hubiera estado allí.

El Templo del Fuego Primordial se alzaba en el centro del desierto como una montaña de cristal negro.

Sus muros, tallados por manos desconocidas en una época anterior a la memoria, relucían bajo el sol con un brillo siniestro.

La entrada era un arco de basalto, similar al del Viejo Templo, pero mucho más grande.

Tan grande que incluso Kael podía pasar sin agacharse.

—Es aquí —dijo Lira—. Lo siento.

—Yo también —respondió Darien—. Pero tengo miedo.

—Yo también. Pero no podemos retroceder ahora.

Entraron en el templo. El interior estaba iluminado por una luz anaranjada que emanaba de las paredes, como si la piedra misma estuviera ardiendo.

El aire era denso, cargado de un calor sofocante, y el suelo estaba cubierto de runas similares a las que Lira había visto en los otros santuarios.

Pero estas runas no estaban inertes. Palpitaban. Como si tuvieran vida.

—¿Qué son? —preguntó Darien.

—Son los nombres de los dragones muertos —respondió Lira, recordando las lecciones de Aldric—. Los que dieron su vida para sellar al Devorador la primera vez.

—¿Y ahora nosotros tenemos que hacer lo mismo?

—No. Ahora nosotros tenemos que terminar lo que ellos empezaron.

Al final del pasillo, encontraron una cámara circular.

En el centro, flotando en el aire, estaba la Lanza del Dragón.

Era un arma forjada con huesos de dragón, con una punta de cristal que brillaba con una luz cegadora.

Alrededor de la lanza, las runas formaban un círculo protector que impedía que nadie se acercara.

—¿Cómo la cogemos? —preguntó Darien.

—Con esto.

Lira sacó de su zurrón los cinco colgantes que los guardianes le habían entregado: la lágrima de dragón de Nerea, la perla de Eryndor, la esmeralda de Alba, el diamante de Darien y su propio amatista. Los colocó en el suelo, formando un pentágono, y esperó.

Al principio, no pasó nada. Luego, los colgantes empezaron a brillar, cada uno con un color diferente: rojo, azul, verde, dorado y púrpura.

Las luces se unieron en el centro del pentágono, formando un haz que atravesó el círculo protector y alcanzó la lanza.

El arma tembló, emitió un sonido agudo, y lentamente descendió hasta posarse en el suelo, al alcance de Lira.

—La tengo —dijo, cogiéndola con ambas manos.

—¿Y ahora qué? —preguntó Darien.

—Ahora, volvemos. Y nos preparamos para la batalla.

Pero cuando salieron del templo, se encontraron con que el cielo se había oscurecido. No eran nubes. Era una sombra. Una sombra inmensa, con forma de dragón pero retorcida, deforme, como si alguien hubiera intentado esculpir una bestia alada y hubiera creado una abominación en su lugar.

—Es él —dijo Lira—. El Devorador.

La sombra emitió un rugido que hizo temblar la tierra, y los dragones, instintivamente, se prepararon para luchar.

La batalla final acababa de empezar.