CAPÍTULO 17 LA SOMBRA DEL PASADO
La paz, como Lira aprendió en los meses que siguieron a la caída del príncipe Edric, era un animal frágil y escurridizo.
Requería cuidados constantes, atenciones incesantes, y aun así, amenazaba con desvanecerse al menor descuido.
No bastaba con haber derrotado al tirano ni con haber liberado al dragón dorado.
Ahora venía lo más difícil: gobernar. O, más exactamente, ayudar a que otros gobernaran mientras ella intentaba mantenerse al margen.
Porque Lira nunca había querido ser reina, ni emperatriz, ni líder de nada.
Pero el destino, como el profeta Elyon le había dicho, no preguntaba qué querías. Simplemente te elegía.
La Ciudadela Blanca, que durante siglos había sido el símbolo del poder absoluto de la dinastía Eldrin, se transformó lentamente en un centro de reunión para todas las razas y criaturas de Alborada.
Los dragones, que antaño habían sido perseguidos y cazados, ahora surcaban los cielos libremente, y sus guardianes —Lira, Eryndor, Alba, Nerea y, más recientemente,
un joven llamado Darien que había sido elegido por el dragón dorado— formaban una especie de consejo informal que asesoraba a los señores rebeldes en la reconstrucción del reino.
Pero no todos estaban contentos con el nuevo orden.
Había quienes añoraban los tiempos del príncipe Edric, cuando los dragones eran armas y los hombres podían enriquecerse con su captura.
Había quienes temían a las bestias aladas, por mucho que Lira les asegurara que no representaban una amenaza.
Y había, sobre todo, quienes conspiraban en secreto, esperando el momento de devolver a Alborada a la oscuridad de la que acababa de salir.
Una noche, mientras Lira revisaba los informes de los señores rebeldes en su despacho de la Ciudadela Blanca —un espacio austero que había heredado de Edric y que se había negado a redecorar—, Aldric entró con el rostro más preocupado de lo habitual.
—Tenemos un problema —dijo, sin preámbulos.
—Siempre tenemos problemas —respondió Lira, dejando los papeles sobre la mesa—. ¿Cuál es ahora?
—Han desaparecido tres dragones. En el norte, cerca de las Montañas de Fuego. Eran dragones jóvenes, apenas unos cachorros. Sus guardianes los encontraron muertos esta mañana.
Lira sintió un escalofrío. Desde la caída de Edric, no había vuelto a haber ataques contra dragones. Los cazadores furtivos habían sido desmantelados, y los pocos que quedaban se escondían en las profundidades de los bosques, demasiado asustados para actuar.
—¿Quién ha sido? —preguntó.
—No lo sabemos. Pero hay algo más. Los dragones no fueron cazados. Fueron... drenados.
—¿Drenados? ¿Qué quieres decir?
—Que alguien les extrajo la sangre. Toda. Los cadáveres estaban secos, como si los hubieran convertido en polvo.
—Eso es imposible. La sangre de dragón es espesa como el alquitrán. Necesitarías un horno para evaporarla.
—Lo sé. Y por eso estoy preocupado. Esto no es obra de cazadores furtivos. Es algo más. Algo que no habíamos visto antes.
Lira se quedó pensativa. Recordó las palabras de Nerea, la guardiana del dragón rojo, cuando se conocieron en las Montañas de Fuego: "Hay algo más. Algo que despertó cuando encontraste el huevo de Kael. Algo que lleva siglos dormido, esperando su momento".
Y ahora, esa amenaza invisible acababa de dar su primer golpe.
—Tenemos que investigar —dijo Lira—. Quiero que vayas al norte, con Eryndor y Alba. Llevaos a vuestros dragones. Y encontrad lo que sea que está matando a los nuestros.
—¿Y tú?
—Yo me quedaré aquí. Tengo que hablar con Darien. El dragón dorado es el único que podría saber algo sobre esto. Fue creado por los antiguos alquimistas del reino, antes de que existieran los guardianes. Quizá él conozca la respuesta.
—Ten cuidado. Darien es joven, y su dragón... bueno, ya sabes.
—Lo sé. Pero no tengo elección.
Aldric asintió y salió del despacho, dejando a Lira sola con sus pensamientos.
Fuera, a través de la ventana, se veían las luces de la ciudad parpadeando en la oscuridad.
Todo parecía en calma. Pero Lira sabía que aquella calma era una ilusión.
Algo se estaba moviendo en las sombras. Algo antiguo y peligroso.
Y si no lo detenían pronto, todo lo que habían construido se vendría abajo.
Darien era un joven de dieciocho años, delgado y nervioso, con el pelo castaño y los ojos siempre inquietos.
Había sido elegido por el dragón dorado apenas unas semanas después de la caída de Edric, y desde entonces se había convertido en el guardián más joven del consejo.
Pero a diferencia de Lira, Eryndor o Alba, Darien no había buscado a su dragón.
Había sido al revés. El dragón dorado, que había vagado sin rumbo tras su liberación, se había posado una noche en el tejado de su casa, en una aldea perdida de las montañas, y no se había movido de allí hasta que Darien aceptó convertirse en su guardián.
—No sé por qué me eligió a mí —le confesó Darien a Lira en una de sus primeras conversaciones—. No soy valiente, ni fuerte, ni sabio. Solo soy un granjero.
—Quizá por eso te eligió —respondió Lira—. Porque no buscas el poder. Porque no quieres utilizarlo.
Aquella mañana, Lira encontró a Darien en el patio de la Ciudadela, junto al dragón dorado.
La bestia, a la que Darien había llamado Aureus, era una criatura imponente: sus escamas brillaban como el sol, y sus ojos, antes vacíos, mostraban ahora una chispa de conciencia que crecía día a día.
Pero aún había algo en él que resultaba inquietante.
Algo que recordaba a su origen artificial.
—Darien —dijo Lira, acercándose—. Tengo que hablar contigo.
—¿Qué sucede?
—Han matado a tres dragones en el norte. Alguien les ha drenado la sangre. Aldric cree que no es obra de humanos.
—¿Y qué puedo hacer yo?
—Aureus fue creado por los antiguos alquimistas. Ellos conocían secretos que nosotros hemos olvidado. Secretos sobre la sangre de dragón, sobre su poder. Si hay alguien que pueda saber qué está pasando, es él.
Darien miró a su dragón, que permanecía inmóvil como una estatua dorada.
Llevaban juntos apenas unos meses, y aunque el vínculo entre ambos crecía día a día, aún había muchas cosas que Darien no comprendía.
Aureus no se comunicaba como los demás dragones.
No rugía, no emitía sonidos, no expresaba emociones.
Solo miraba, con aquellos ojos dorados y enigmáticos, como si estuviera viendo algo que los demás no podían ver.
—Lo intentaré —dijo Darien—. Pero no prometo nada.
Se acercó al dragón dorado y apoyó la mano en su costado, cerrando los ojos.
Lira observó en silencio, sintiendo el vínculo que se establecía entre ambos.
Era un vínculo diferente al que ella compartía con Kael.
Más frágil, más tenso, como si estuviera hecho de hilos de cristal que podían romperse en cualquier momento.
—Dice... dice que hay algo despertando —murmuró Darien, con la voz distorsionada por el esfuerzo—. Algo que llevaba siglos dormido. Lo llama "el Devorador".
—¿El Devorador? ¿Qué es eso?
—No lo sé. Pero dice que se alimenta de dragones. Que bebe su sangre para obtener su poder. Y que no se detendrá hasta haber consumido a todos los dragones de Alborada.
—¿Y cómo podemos detenerlo?
—No lo sabe. Pero dice que hay alguien que sí lo sabe. Alguien que lleva siglos luchando contra el Devorador. Un guardián. Un guardián muy antiguo.
—¿Dónde está?
Darien guardó silencio durante unos segundos, con los ojos aún cerrados. Luego, lentamente, levantó la mano y señaló hacia el este.
—Allí. En el Desierto de Cenizas. Donde nació el primer dragón.