EL ÚLTIMO DRAGÓN DE ALBORADA CAPÍTULO 16 UN NUEVO PACTO
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CAPÍTULO 16 UN NUEVO PACTO

En los días que siguieron a la caída del príncipe Edric, Alborada vivió una transformación como no se había visto en siglos.

Los señores rebeldes, que hasta entonces se habían escondido en las montañas, salieron de sus refugios y se unieron a los guardianes.

Los soldados que habían servido al príncipe depusieron las armas y juraron lealtad a los dragones.

Y los dragones, liderados por Kael, aceptaron la rendición con una magnanimidad que sorprendió a todos.

—No queremos venganza —dijo Lira, en un discurso improvisado ante una multitud reunida en la plaza principal de la Ciudadela Blanca—.

Queremos paz. Una paz duradera, basada en el respeto mutuo.

Los dragones no son nuestros enemigos, ni nuestras armas, ni nuestros esclavos. Son nuestros aliados. Nuestros iguales.

—¿Y cómo garantizamos esa paz? —preguntó uno de los señores rebeldes.

—Restaurando el pacto. El pacto que los antiguos rompieron. Esta vez, lo haremos bien. Los dragones protegerán nuestras tierras, y nosotros protegeremos las suyas. No habrá más cazadores. No habrá más guerras.

—Eso es muy bonito —dijo otro señor, más escéptico—. Pero, ¿cómo sabemos que los dragones cumplirán su parte?

—Porque yo seré la guardiana del pacto. Y mientras viva, velaré por su cumplimiento.

La multitud estalló en aplausos. Lira, que nunca había buscado el poder, se había convertido, sin proponérselo, en la líder indiscutible de Alborada. Pero ella no se sentía líder. Solo se sentía una chica que había encontrado un huevo y había decidido protegerlo.

Los meses siguientes fueron una vorágine de actividad.

Se redactó un nuevo tratado, se establecieron embajadas entre humanos y dragones, se fundó una orden de guardianes que velaría por el cumplimiento del pacto.

Lira, con la ayuda de Aldric y de los demás guardianes, trabajó sin descanso para construir un mundo donde humanos y dragones pudieran coexistir.

No fue fácil. Hubo resistencias, sabotajes, intentos de asesinato. Pero poco a poco, la paz se fue consolidando. Los dragones volvieron a surcar los cielos de Alborada, no como bestias temibles, sino como protectores. Y los humanos, que durante siglos los habían temido, aprendieron a respetarlos.

Una noche, mientras contemplaba las estrellas desde la torre más alta de la Ciudadela Blanca, Lira recibió una visita inesperada. Era Kael. El dragón púrpura aterrizó a su lado, con la suavidad de un gato, y se tumbó a su lado.

—Hemos recorrido un largo camino —dijo Lira, acariciando su hocico.

Kael emitió un ronroneo grave.

—Y aún nos queda mucho por recorrer.

Kael asintió.

—Pero lo haremos juntos.

Kael cerró los ojos, y Lira apoyó la cabeza en su costado, sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo.

El vínculo entre ellos, que había empezado siete años atrás en las ruinas de un templo olvidado, era ahora más fuerte que nunca.

No importaba lo que deparara el futuro. Estaban juntos. Y eso era todo lo que importaba.