CAPÍTULO 15 LA CIUDADELA BLANCA
La Ciudadela Blanca se alzaba en el corazón de Alborada como una montaña artificial, sus murallas de mármol reluciendo bajo el sol como si estuvieran hechas de luz sólida.
Era la fortaleza más grande del reino, construida quinientos años atrás por los primeros reyes de la dinastía Eldrin, y desde entonces ningún ejército había conseguido atravesar sus defensas.
Torres de vigilancia, fosos de fuego, catapultas y ballestas gigantes custodiaban cada acceso, y en los últimos años, a esas defensas se habían sumado los dragones artificiales del príncipe.
—Es imposible —dijo Alba, contemplando la fortaleza desde un risco cercano—. No hay forma de entrar ahí.
—Siempre hay una forma —respondió Eryndor—. Solo tenemos que encontrarla.
—¿Y cómo propones que lo hagamos? ¿Llamando a la puerta?
—Quizá no sea mala idea.
Todos lo miraron, incrédulos.
—Estás loco —dijo Finn.
—Probablemente. Pero el príncipe Edric no nos espera. Cree que somos fugitivos, escondidos en las montañas. Si nos presentamos en la puerta principal, pidiendo parlamentar, nos dejará entrar.
—¿Y luego qué?
—Luego, los dragones harán el resto.
—Es una trampa —dijo Lira—. Edric nos capturará y nos matará.
—Quizá. Pero también es la única oportunidad que tenemos de acercarnos al dragón dorado. Y según el profeta, el dragón dorado es la clave.
La discusión duró horas. Finalmente, decidieron que Eryndor, Alba y Lira entrarían en la ciudadela, mientras Aldric, Finn y los dragones esperaban fuera, ocultos. Si algo salía mal, los dragones atacarían.
—No me gusta —dijo Finn—. Es peligroso.
—Lo sé —respondió Lira—. Pero es lo que hay.
A la mañana siguiente, los tres guardianes se presentaron ante las puertas de la Ciudadela Blanca. Iban desarmados, vestidos con túnicas sencillas, sin ninguna señal que los identificara como jinetes de dragones. Pero en sus ojos brillaba una determinación que ningún soldado podía ignorar.
—Venimos a ver al príncipe Edric —anunció Lira—. Traemos un mensaje de los dragones.
Los guardias dudaron, pero finalmente los dejaron pasar. Cruzaron las puertas de la fortaleza y se adentraron en un laberinto de pasillos de mármol, escoltados por soldados con armaduras doradas. Al final del pasillo, en una sala de audiencias tan grande como una catedral, los esperaba el príncipe.
Era aún más joven de lo que Lira había imaginado.
Apenas cinco años mayor que ella, con el pelo dorado y los ojos azules, vestido con una armadura de escamas de dragón que brillaba bajo la luz de los candelabros.
Pero su mirada era fría, calculadora, y su sonrisa no transmitía calidez, sino desprecio.
—Así que vosotros sois los famosos guardianes —dijo, con una voz melosa—. Los que han estado causándome problemas.
—Venimos a pedirte que detengas la guerra —respondió Lira—. Que liberes a los dragones que has capturado. Que restaures el pacto.
—¿El pacto? —Edric soltó una carcajada—. El pacto fue una estupidez. Los dragones son bestias. Armas. Y yo las utilizaré para unificar Alborada.
—Los dragones no son armas. Son seres vivos.
—Son lo que yo quiero que sean. Y tú, muchacha, no vas a impedírmelo.
—No estoy sola.
En ese momento, un rugido resonó en toda la fortaleza. Era Kael. Los guardianes habían dado la señal, y los dragones estaban atacando. Las paredes temblaron, los candelabros oscilaron, y los soldados corrieron de un lado a otro presas del pánico.
—¿Qué es eso? —gritó Edric.
—Es el dragón púrpura —respondió Lira—. Ha venido a por ti.
—Pues que venga. Mi dragón dorado lo está esperando.
Edric salió de la sala de audiencias, seguido por sus guardias, y Lira, Eryndor y Alba corrieron tras él. Subieron escaleras, cruzaron pasillos, hasta llegar a una plataforma al aire libre, en lo alto de la torre más alta de la ciudadela.
Allí, encadenado, estaba el dragón dorado.
Era una criatura impresionante. Del tamaño de Kael, pero con escamas que brillaban como el sol, y ojos que no tenían pupila, solo un resplandor dorado y vacío. No era un dragón de verdad. Era una máquina. Una construcción artificial, hecha de metal y magia, que obedecía ciegamente a su amo.
—¡Acaba con ellos! —gritó Edric.
El dragón dorado desplegó sus alas y se elevó hacia el cielo.
Pero antes de que pudiera atacar, Kael apareció entre las nubes, seguido por Esme, el dragón azul y el dragón rojo, que acababa de llegar desde las Montañas de Fuego con Nerea a lomos.
Eran cinco contra uno. Pero el dragón dorado era más poderoso que todos ellos juntos.
La batalla en el cielo fue terrible. Los dragones se enfrentaron con garras, dientes y fuego, mientras los guardianes luchaban contra los soldados del príncipe en las murallas de la ciudadela.
Lira, espada en mano, se abrió paso entre los enemigos, buscando a Edric.
Sabía que si conseguía derrotarlo, el dragón dorado se detendría.
—¡Edric! —gritó, encontrándolo al fin en la plataforma de la torre—. ¡Esto se acaba ahora!
—No —respondió el príncipe, desenvainando su espada—. Esto acaba cuando yo diga.
Se enfrentaron. Era la primera vez que Lira luchaba contra alguien, y aunque Edric era más fuerte y más entrenado, ella tenía algo que él no tenía: la determinación de quien lucha por algo más grande que uno mismo.
Esquivó sus golpes, contraatacó, y finalmente, con un movimiento rápido, le arrebató la espada y lo derribó al suelo.
—Ríndete —dijo, apuntándolo con su propia arma.
—Nunca.
—Entonces, muere.
Pero antes de que pudiera asestar el golpe final, una voz resonó en su cabeza. Era la voz del profeta Elyon: "El dragón dorado no es vuestro enemigo. Es una víctima. Y solo el amor podrá liberarlo".
Lira bajó la espada.
—No voy a matarte —dijo—. Porque no quiero ser como tú.
Se giró hacia el dragón dorado, que seguía luchando contra Kael y los demás. Y entonces, hizo algo que nadie esperaba. Extendió los brazos y gritó:
—¡Detente! ¡No tienes que obedecerle! ¡Eres libre!
El dragón dorado se quedó inmóvil en el aire, como si la hubiera oído. Sus ojos vacíos parpadearon, y por un instante, un destello de conciencia brilló en ellos.
—Eres libre —repitió Lira, con lágrimas en los ojos—. No eres un arma. Eres un dragón.
El dragón dorado emitió un rugido que resonó en todo el reino.
Pero no era un rugido de guerra. Era un rugido de liberación.
Las cadenas que lo ataban a Edric se rompieron, y la bestia, por primera vez en su existencia, tomó una decisión propia.
Descendió lentamente hacia la plataforma, aterrizó junto a Lira y bajó la cabeza, como si estuviera inclinándose ante ella.
—Increíble —murmuró Alba.
—Ha elegido —dijo Eryndor—. Ha elegido ser libre.
Edric, derrotado y humillado, fue arrestado por sus propios soldados, que habían presenciado la escena y se habían negado a seguir luchando. La guerra había terminado. Y los dragones, por fin, eran libres.