EL ÚLTIMO DRAGÓN DE ALBORADA CAPÍTULO 14 EL VIEJO TEMPLO
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CAPÍTULO 14 EL VIEJO TEMPLO

El Viejo Templo se alzaba ante ellos como un esqueleto de piedra y sombras, sus torres truncadas recortándose contra el cielo del amanecer como dedos acusadores.

Hacía siete años que Lira no pisaba aquel lugar, y al verlo de nuevo, una oleada de recuerdos la invadió.

Allí había encontrado el huevo de Kael. Allí había empezado todo.

Y ahora, de alguna forma que aún no comprendía del todo, allí iba a continuar.

—Es imponente —dijo Alba, la guardiana del dragón verde, mientras contemplaba las ruinas desde el lomo de Esme—. ¿Cuánto tiempo lleva aquí?

—Siglos —respondió Aldric, que caminaba a su lado con su bastón de madera nudosa—. Fue construido antes de la Era de los Dragones, cuando los hombres aún adoraban a dioses que ya no existen. Luego, los dragones lo reclamaron como suyo. Y luego, cuando los dragones desaparecieron, quedó abandonado.

—Hasta que Lira encontró el huevo —dijo Finn, que se había convertido en una especie de mascota del grupo y no se separaba de Kael ni un momento.

—Hasta que Lira encontró el huevo —confirmó Aldric—. Ese fue el primer signo. El primero de muchos.

El grupo se detuvo frente a la entrada principal del templo, un arco de basalto negro tallado con runas antiguas que brillaban débilmente bajo la luz del sol naciente.

Kael, que había estado inusualmente silencioso durante el viaje, emitió un rugido grave que resonó en todo el valle.

Era un rugido de reconocimiento, como si el dragón estuviera saludando a un viejo amigo.

—Dice que hay alguien ahí dentro —tradujo Lira, que había aprendido a interpretar los sonidos de Kael con una precisión casi telepática.

—El profeta —dijo Aldric—. Lleva siglos esperando. No le hagamos esperar más.

Entraron en el templo. El interior estaba exactamente igual que la última vez que Lira lo había visto: un laberinto de pasillos oscuros, salas derruidas y escaleras que no conducían a ninguna parte.

Las paredes estaban cubiertas de musgo y telarañas, y el aire olía a humedad y a piedra vieja.

Pero había algo diferente. Algo que Lira no había notado en su primera visita.

Una presencia. Una sensación de que no estaban solos.

—Está aquí —dijo Eryndor, que caminaba en silencio, con los ojos cerrados—. Lo siento. Es como un latido. Un latido muy antiguo.

—Yo también lo siento —dijo Alba—. Es como si el templo entero estuviera vivo.

—No es el templo —respondió Aldric—. Es él. El profeta. Lleva tanto tiempo aquí que se ha fundido con las piedras.

Siguieron avanzando hasta llegar a una cámara circular que Lira recordaba muy bien.

Era la cámara donde había encontrado el huevo de Kael, siete años atrás.

El nido de piedra seguía allí, vacío y cubierto de polvo, pero a su alrededor, grabadas en las paredes, estaban las mismas runas que Lira había visto en el santuario de la Sierra Quebrada.

—Las inscripciones —dijo, pasando los dedos por las marcas—. Son las mismas.

—Sí —respondió una voz que parecía provenir de todas partes a la vez—. Las escribí yo.

El grupo se giró. Allí, en el centro de la cámara, donde antes no había nadie, se alzaba una figura envuelta en una túnica blanca que brillaba con una luz propia.

Era un hombre, o al menos eso parecía. Su rostro era anciano pero intemporal, surcado por arrugas que parecían ríos en un mapa antiguo.

Sus ojos, de un blanco lechoso, no tenían pupilas, pero miraban directamente a Lira como si pudieran ver a través de ella.

—Soy Elyon —dijo el profeta—. El último de mi estirpe. El guardián de la memoria. Y vosotros sois los que estábais destinados a encontrarme.

—¿Tú escribiste la profecía? —preguntó Lira.

—Yo la escribí. Pero no la inventé. La profecía no es mía. Es de los dragones. Ellos me la dictaron, hace quinientos años, cuando sellaron el pacto con los hombres.

—¿Qué pacto?

—El pacto que puso fin a la guerra. La guerra entre dragones y hombres que casi destruye el mundo.

Los dragones aceptaron retirarse a sus santuarios, esconderse de los humanos, a cambio de que los humanos dejaran de cazarlos.

Pero los humanos rompieron el pacto. Y ahora, los dragones quieren restaurarlo.

—Pero el príncipe Edric...

—El príncipe Edric es solo un síntoma. La enfermedad es más profunda. La humanidad ha olvidado cómo vivir en armonía con las bestias. Con la naturaleza. Con el mundo. Por eso los dragones han regresado. Para recordárnoslo.

—¿Y cómo lo hacemos?

—Reuniendo a los cinco dragones originales. Formando un vínculo que trascienda el tiempo y el espacio. Solo entonces, el dragón púrpura —señaló a Kael— despertará su verdadero poder.

—¿Su verdadero poder? —preguntó Lira—. ¿Qué poder?

—El poder de la tierra. El poder de las montañas, de los valles, de las raíces que sostienen el mundo. Kael no es solo un dragón. Es el guardián de la tierra. Y tú, Lira, eres su voz.

—Yo no soy nadie. Solo una huérfana que encontró un huevo.

—Eso es precisamente lo que te hace especial. No buscabas el poder. No querías la gloria. Solo querías proteger. Y por eso, los dragones te eligieron.

Elyon se acercó a Lira y le tendió una mano. Su piel era fría como el mármol, pero su tacto transmitía una calma que Lira nunca había sentido.

—El camino que te espera es duro —dijo el profeta—. Perderás cosas. Gente que amas. Y habrá momentos en que desearás no haber nacido. Pero si perseveras, si confías en tus aliados y en tu dragón, al final del camino encontrarás lo que buscas.

—¿Y qué es lo que busco?

—No lo sé. Eso solo puedes saberlo tú.

Elyon se desvaneció lentamente, como si su cuerpo estuviera hecho de niebla, hasta que solo quedó su voz, resonando en la cámara como un eco:

—Cuando los cinco dragones se reúnan, el mundo temblará. Y cuando el dragón dorado caiga, una nueva era comenzará. Pero recuerda: el dragón dorado no es vuestro enemigo. Es una víctima. Y solo el amor podrá liberarlo.

El silencio volvió a la cámara. Lira se quedó un minuto sin hablar, procesando las palabras del profeta. Luego, se giró hacia los demás.

—Tenemos que ir a la Ciudadela Blanca. Allí es donde está el dragón dorado.

—Es una fortaleza —dijo Aldric—. La más grande de Alborada. Está custodiada por miles de soldados, y el príncipe Edric tiene un ejército de dragones artificiales.

—Lo sé. Pero no tenemos elección. Si no detenemos al príncipe, él nos detendrá a nosotros.

—Entonces, necesitaremos un plan. Y aliados.

—¿Qué aliados?

—Los señores rebeldes. Los que se oponen al príncipe. Están dispersos, escondidos en las montañas y en los bosques. Pero si saben que los dragones están de su parte, se unirán a nosotros.

—¿Y cómo los convencemos?

—De eso me encargo yo —dijo Aldric, con una sonrisa—. Soy viejo, pero aún tengo contactos.