EL ÚLTIMO DRAGÓN DE ALBORADA CAPÍTULO 13 EL REGRESO A LA SIERRA QUEBRADA
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CAPÍTULO 13 EL REGRESO A LA SIERRA QUEBRADA

El viaje de vuelta fue más rápido que el de ida.

Ya no tenían que buscar pistas ni seguir rastros: sabían exactamente adónde se dirigían.

Además, la presencia de Eryndor resultó ser de gran ayuda.

El guardián del dragón azul conocía el terreno mejor que nadie —había pasado años viajando por las costas de Alborada, siguiendo a su bestia— y sabía cómo evitar los caminos más peligrosos.

—Los soldados del príncipe patrullan estas tierras constantemente —explicó—. Pero hay rutas que no conocen. Pasos secretos, ocultos entre las montañas. Si los seguimos, podremos llegar a la Sierra Quebrada sin ser vistos.

—¿Y cómo sabes tú esos pasos? —preguntó Finn.

—Porque los he recorrido docenas de veces. El dragón azul y yo no siempre hemos vivido en el mar. Hubo un tiempo en que viajábamos juntos, explorando el mundo. Pero cuando empezó la guerra, decidimos escondernos. Era demasiado peligroso.

—¿Qué guerra?

—La guerra de los dragones. La que enfrentó a los jinetes del rey contra los señores rebeldes. Miles de personas murieron. Y los dragones... los dragones fueron las principales víctimas.

—Pero los dragones son casi invencibles.

—No contra otros dragones. El príncipe Edric ha estado criando dragones artificiales durante años. Los utiliza como armas. Los lanza contra sus enemigos sin piedad. Y cuando un dragón artificial muere, simplemente crea otro.

—Eso es horrible.

—Sí. Y por eso tenemos que detenerlo.

Durante los días siguientes, el grupo avanzó sigilosamente por los pasos secretos de Eryndor.

Eran caminos estrechos, tallados en la roca, que serpenteaban entre las montañas como venas en el cuerpo de un gigante.

A veces tenían que arrastrarse por túneles tan bajos que Kael apenas podía pasar.

Otras veces, trepaban por acantilados verticales, con el viento azotándoles el rostro.

Pero poco a poco, fueron acercándose a su destino.

Una noche, mientras acampaban en una cueva similar a la que había sido su hogar durante años, Lira y Eryndor hablaron largo y tendido sobre la profecía.

—Aldric me dijo que yo era la guardiana del dragón púrpura —dijo Lira—. Que estaba destinada a cumplir la profecía. Pero no sé si creo en el destino.

—Yo tampoco —respondió Eryndor—. Pero creo en las decisiones que tomamos. Y tú decidiste proteger a Kael cuando podrías haberlo abandonado. Eso es lo que te convierte en guardiana. No el destino. Tus actos.

—¿Y tú? ¿Cómo te convertiste en guardián?

—Fue hace cinco años. Yo era pescador, en un pueblo de la costa.

Un día, mientras faenaba, vi algo brillar en el agua.

Al principio pensé que era un banco de peces, pero cuando me acerqué, vi que era un dragón.

Un dragón herido, atrapado en una red. Lo liberé, y desde entonces no se ha separado de mí.

—Igual que Kael y yo.

—Sí. Los dragones eligen a sus guardianes, no al revés. Ellos saben quién es digno de su confianza.

—Eso es bonito.

—Es verdad.

Al cuarto día de viaje, avistaron las cumbres de la Sierra Quebrada. Lira sintió una oleada de alivio al reconocer aquellas montañas. Era su hogar. El lugar donde había crecido, donde había aprendido a sobrevivir, donde había encontrado a Kael.

Pero cuando llegaron al santuario, se encontraron con una sorpresa. Aldric no estaba solo. Junto a él, completamente recuperado, estaba Esme, el dragón verde. Y junto a Esme, una mujer joven de pelo castaño y ojos verdes que Lira no había visto antes.

—Lira —dijo Aldric, con una sonrisa—. Has vuelto. Y has traído compañía.

—Sí. Este es Eryndor, guardián del dragón azul. Y este es Finn, un niño que encontramos en el camino.

—Bienvenidos. Y ella es Alba, la guardiana del dragón verde.

La mujer de pelo castaño dio un paso al frente y saludó con una inclinación de cabeza.

—Es un honor conocerte, Lira —dijo—. Aldric me ha hablado mucho de ti.

—¿Cómo has llegado hasta aquí? —preguntó Lira.

—Esme me llamó. Cuando se recuperó, sentí su presencia. Viajé desde mi aldea, al otro lado de las montañas, siguiendo el vínculo que compartimos. Y aquí estoy.

—Entonces, ya somos cuatro. Los guardianes del dragón púrpura, del dragón verde, del dragón azul y del dragón rojo.

—Sí. Solo falta uno.

—El dragón dorado. El dragón artificial.

—Ese no es un verdadero dragón —intervino Aldric—. Es una abominación. Pero también es el más peligroso. Y su guardián, o más bien su amo, es el príncipe Edric.

—¿Cómo lo derrotamos?

—No lo sé. Pero hay alguien que quizá pueda ayudarnos.

—¿Quién?

—El último profeta. El que escribió la profecía del Renacer. Vive en las ruinas del Viejo Templo, donde Lira encontró el huevo de Kael. Si alguien sabe cómo derrotar al dragón dorado, es él.

—Pero los profetas llevan siglos extintos.

—No todos. Hay uno que ha sobrevivido. Escondido, esperando. Y creo que ha llegado el momento de ir a buscarlo.

Lira asintió. El Viejo Templo. El lugar donde todo había empezado. Era poético que también fuera el lugar donde todo terminara.

—Iremos mañana —dijo—. Pero esta noche, descansemos. Mañana será un día largo.

Aquella noche, mientras los demás dormían, Lira se quedó despierta, contemplando las estrellas.

Kael, a su lado, emitía un suave ronroneo que la reconfortaba.

El viaje estaba llegando a su fin. Lo sabía.

Y aunque el miedo seguía ahí, también sentía una extraña paz.

Porque por primera vez en su vida, no estaba sola. Tenía aliados. Amigos. Una familia.

Y juntos, se enfrentarían a lo que fuera.