EL ÚLTIMO DRAGÓN DE ALBORADA CAPÍTULO 12 LAS LÁGRIMAS DEL MAR
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CAPÍTULO 12 LAS LÁGRIMAS DEL MAR

La siguiente etapa del viaje los llevó hacia el oeste, siguiendo las indicaciones que Nerea les había dado antes de sumergirse de nuevo en su trance.

Según la guardiana del dragón rojo, el dragón azul —el dragón del agua— habitaba en las profundidades del Mar de las Lágrimas, un océano interior que se extendía más allá de las Montañas de Fuego.

Era un lugar del que Lira había oído hablar en las leyendas de los recolectores, pero que nunca había visto.

Un mar tan grande que parecía no tener fin, y tan profundo que la luz del sol no alcanzaba su fondo.

—¿Cómo vamos a encontrar un dragón en el mar? —preguntó Finn, mientras volaban sobre un paisaje cada vez más árido—. Los dragones no pueden respirar bajo el agua.

—Éste sí —respondió Lira—. Según las inscripciones que me enseñó Aldric, el dragón azul es el único que puede sumergirse en las profundidades. Sus alas se transforman en aletas, y su aliento de fuego se convierte en un chorro de agua hirviendo.

—Eso es imposible.

—Los dragones son imposibles. Y sin embargo, existen.

Kael, que había permanecido en silencio durante la conversación, emitió un gruñido y aceleró el paso.

El vuelo era cada vez más difícil: el aire se volvía denso y húmedo, cargado de salitre, y las corrientes térmicas que Kael utilizaba para planear eran cada vez más escasas.

Tras varias horas de vuelo, el paisaje cambió por completo.

Las montañas desaparecieron, sustituidas por una llanura costera cubierta de arena blanca y salpicada de lagunas salobres.

Y al fondo, extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista, el Mar de las Lágrimas.

Era un espectáculo sobrecogedor. El agua, de un azul tan oscuro que parecía negro, se extendía hasta el horizonte como una lámina de obsidiana.

No había olas, solo un oleaje suave que lamía la orilla con un susurro constante.

El cielo, cubierto de nubes grises, se reflejaba en la superficie del mar como un espejo empañado.

Y en el aire flotaba una sensación de melancolía, como si el mar estuviera hecho de lágrimas de verdad.

—Es hermoso —dijo Finn—. Pero también da un poco de miedo.

—Sí. Las dos cosas.

Kael aterrizó en la playa y se sacudió las alas, salpicando arena a su alrededor. Lira desmontó y se acercó a la orilla, contemplando el agua. Estaba fría, mucho más fría de lo que esperaba, y un escalofrío le recorrió la espalda al tocarla.

—El dragón azul está ahí abajo —dijo—. Lo siento.

—Yo también —respondió Finn—. Pero no sé cómo vamos a llegar hasta él.

—Quizá no tengamos que hacerlo. Quizá él venga a nosotros.

Esperaron un rato, sentados en la playa, contemplando el mar. El tiempo parecía haberse detenido en aquel lugar, y Lira sintió que una extraña paz la invadía. Era como si el mundo entero se hubiera reducido a aquella playa, a aquel mar, a aquel momento.

De repente, Kael se puso en pie y emitió un rugido que resonó en toda la costa. No era un rugido de guerra, sino de llamada. Un rugido que decía: "Estoy aquí. He venido a buscarte".

Durante unos segundos, no pasó nada. Luego, la superficie del mar empezó a agitarse.

Al principio eran pequeñas ondas, apenas perceptibles.

Después, las ondas se convirtieron en olas, y las olas en un remolino gigantesco que giraba sobre sí mismo como un vórtice.

El agua se elevó hacia el cielo formando una columna de espuma, y de su interior emergió una criatura que dejó a Lira sin aliento.

Era el dragón azul.

Era más pequeño que Kael, pero igual de impresionante.

Sus escamas, de un azul profundo con reflejos plateados, brillaban bajo la luz grisácea del cielo como joyas líquidas.

Sus alas, cuando las desplegó, se transformaron en aletas membranosas que goteaban agua salada.

Sus ojos, de un color turquesa hipnótico, miraban a Kael con una mezcla de reconocimiento y curiosidad.

Y cuando abrió la boca, no salió fuego, sino un chorro de agua que se evaporó en el aire formando un arcoíris.

—Es precioso —murmuró Finn.

—Sí —respondió Lira—. Es el dragón del agua.

Kael y el dragón azul se observaron durante un minuto entero, como dos viejos amigos que se reencuentran después de siglos de separación.

Luego, lentamente, se acercaron el uno al otro y frotaron sus hocicos en un gesto de saludo.

Era la primera vez que Lira veía a Kael interactuar con otro dragón de igual a igual, y sintió una emoción que no podía describir.

Era como si una parte de ella, una parte que ni siquiera sabía que existía, se estuviera completando.

—¿Dónde está su guardián? —preguntó Finn.

—No lo sé —respondió Lira—. Pero tiene que estar cerca.

En ese momento, una figura emergió del agua detrás del dragón azul. Era un hombre joven, de unos veinte años, con el pelo plateado y los ojos del mismo color turquesa que su bestia. Vestía una túnica hecha de algas marinas y conchas, y llevaba un collar de perlas alrededor del cuello.

—Saludos, viajeros —dijo, con una voz suave como el murmullo de las olas—. Soy Eryndor, guardián del dragón azul. Os estaba esperando.

—¿También tú? —preguntó Lira, sorprendida.

—Sí. La profecía nos ha estado llamando a todos. A los guardianes. A los dragones. El momento se acerca.

—¿Qué momento?

—El momento en que los cinco dragones originales se reúnan. El momento en que el mundo cambie para siempre.

—Eso es lo que nos dijo Nerea, la guardiana del dragón rojo.

—Nerea es sabia. Pero no lo sabe todo. Hay un sexto dragón. Un dragón que no fue creado por los dioses, sino por los hombres.

—¿Un sexto dragón?

—Sí. El dragón dorado no es como nosotros. Es una creación artificial, forjada por los antiguos alquimistas del reino. No tiene guardián, sino amo. Y ese amo es el príncipe Edric.

Lira sintió un escalofrío. Un dragón artificial. Un dragón al servicio del príncipe. Aquello cambiaba todo.

—¿Dónde está? —preguntó.

—En la Ciudadela Blanca, junto a su amo. Es el más poderoso de todos, y también el más peligroso. Porque no tiene conciencia, ni voluntad, ni alma. Solo obedece.

—Entonces, ¿cómo vamos a derrotarlo?

—No lo sé. Pero juntos, quizá tengamos una oportunidad. Por eso he venido. Por eso estamos todos aquí.

—¿Todos?

—Sí. Los guardianes. Los dragones. Todos estamos respondiendo a la llamada. La llamada del dragón púrpura.

Eryndor señaló a Kael, que seguía interactuando con el dragón azul. Lira comprendió entonces que su dragón no era solo una bestia. Era un líder. Un rey. El dragón que había sido elegido para reunir a los demás y restaurar el equilibrio del mundo.

—Entonces, ¿vienes con nosotros? —preguntó Lira.

—Sí. Pero antes, debo hacer algo.

Eryndor se acercó al dragón azul y le susurró algo al oído. La bestia emitió un sonido suave, casi un lamento, y luego se sumergió de nuevo en el mar, desapareciendo bajo las olas.

—Volverá cuando lo necesitemos —dijo Eryndor—. Mientras tanto, yo iré con vosotros.

—¿Adónde?

—A buscar al dragón verde. Y luego, a enfrentarnos al príncipe.

El grupo, ahora formado por Lira, Finn, Eryndor, Kael y el dragón azul —que los seguía desde las profundidades del mar—, emprendió el viaje de vuelta hacia la Sierra Quebrada.

Pero Lira sabía que aquello era solo el principio.

Aún quedaban muchos desafíos por delante.

Y el mayor de todos era el dragón dorado, que los esperaba en la Ciudadela Blanca, custodiado por el príncipe Edric y su ejército de jinetes oscuros.

La batalla final se acercaba. Y Lira no sabía si estaba preparada.