EL ÚLTIMO DRAGÓN DE ALBORADA CAPÍTULO 11 EL CAMINO DEL VIENTO
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CAPÍTULO 11 EL CAMINO DEL VIENTO

El vuelo hacia el norte fue más peligroso de lo que Lira había imaginado.

No por las condiciones meteorológicas —el tiempo era excepcionalmente bueno para ser otoño, con cielos despejados y vientos favorables—, sino por lo que acechaba en tierra firme.

A medida que se alejaban de Pontaris y se adentraban en territorio desconocido, los bosques daban paso a llanuras calcinadas, salpicadas de cráteres humeantes y restos de antiguas batallas.

Era evidente que aquella región había sido escenario de guerras recientes.

Guerras que, según todos los indicios, habían involucrado a dragones.

—Esto no me gusta —murmuró Lira, contemplando el paisaje desde el lomo de Kael—. ¿Quién ha estado luchando aquí?

Kael emitió un gruñido grave. Su instinto de dragón le decía que aquel lugar era peligroso, que olía a muerte y a ceniza. Pero también olía a algo más. Algo que Lira no podía percibir, pero que él sí. El rastro de otro dragón.

—¿Lo sientes? —preguntó Lira, notando la tensión en el vínculo que compartían.

Kael asintió con un movimiento de cabeza y modificó ligeramente su rumbo, dirigiéndose hacia una columna de humo que se elevaba en el horizonte. Lira se agarró con fuerza a las escamas de su cuello y dejó que el dragón la guiara. Confiaba en él más que en nadie.

La columna de humo provenía de una aldea en ruinas. O lo que quedaba de ella. Las casas, construidas con madera y paja, habían sido reducidas a cenizas. Los campos de cultivo, arrasados. Los pocos árboles que rodeaban el asentamiento estaban carbonizados, con las ramas retorcidas como esqueletos.

—¿Qué ha pasado aquí? —murmuró Lira, horrorizada.

Kael aterrizó en las afueras de la aldea, procurando no hacer ruido. Lira desmontó y avanzó lentamente entre los escombros, con el corazón encogido. No había cadáveres, lo cual era extraño. ¿Habían huido los aldeanos? ¿O se los habían llevado?

—Hay alguien ahí —dijo Lira, señalando una de las casas menos dañadas, de la que salía un hilillo de humo.

Se acercaron con cautela. Kael se quedó fuera, vigilando, mientras Lira empujaba la puerta de la casa.

En el interior, sentado junto a una hoguera improvisada, había un niño.

Tendría unos diez años, el pelo oscuro y revuelto, la cara manchada de hollín.

Llevaba una manta raída sobre los hombros y sostenía un trozo de pan duro entre las manos.

—Hola —dijo Lira, con suavidad—. ¿Estás solo?

El niño levantó la vista y la miró con desconfianza. Sus ojos, de un verde intenso, brillaban con una mezcla de miedo y curiosidad.

—¿Eres uno de ellos? —preguntó.

—¿Uno de quiénes?

—De los hombres del dragón. Los que quemaron el pueblo.

—No. No soy uno de ellos. Vengo de lejos. Busco dragones.

—Pues has llegado tarde. Ya se han ido.

—¿Quiénes? ¿Los hombres o los dragones?

—Los dos. Los hombres iban montados en dragones. Eran tres. Tres jinetes con armaduras negras. Llegaron al amanecer, quemaron todo y se fueron.

Lira sintió un escalofrío. Tres jinetes. Tres dragones. Aquello confirmaba lo que sospechaba: el príncipe Edric no solo estaba capturando dragones, sino que ya los estaba utilizando como armas de guerra. La profecía se estaba cumpliendo, pero no de la forma que ella esperaba.

—¿Y tus padres? —preguntó Lira.

—Muertos. Se los llevaron los dragones.

—Lo siento.

—No lo sientas. No fuiste tú.

—¿Cómo te llamas?

—Finn.

—Yo soy Lira. Y este de aquí fuera es Kael.

El niño se asomó por la ventana y vio al dragón púrpura esperando en la calle. Sus ojos se abrieron como platos, pero no sintió miedo. Al contrario: una chispa de fascinación iluminó su rostro.

—Es enorme —dijo.

—Sí. Pero es bueno. No hace daño a nadie que no lo merezca.

—¿Es tuyo?

—No. No soy su dueña. Soy su guardiana.

—Es lo mismo.

—No. No es lo mismo. Pero ya lo entenderás.

Lira se quedó un rato con Finn, dándole de comer y asegurándose de que estuviera bien.

El niño le contó más detalles sobre el ataque: los jinetes llevaban el emblema de un dragón dorado sobre sus armaduras, y uno de ellos, el que parecía el líder, tenía el pelo plateado y una cicatriz que le cruzaba la mejilla.

—Es Varek —dijo Lira, apretando los puños—. El cazador. Debería haberlo matado cuando tuve la oportunidad.

—¿Lo conoces?

—Sí. Y me temo que volveremos a encontrarnos.

—¿Vas a perseguirlo?

—No. Voy a buscar a otros dragones. A los que aún no han sido capturados. Si consigo encontrarlos antes que él, quizá pueda detenerlo.

—¿Puedo ir contigo?

Lira dudó. No quería poner en peligro al niño, pero tampoco podía dejarlo solo en aquella aldea en ruinas.

—Es peligroso —dijo.

—Ya lo sé. Pero si me quedo aquí, moriré. Los soldados del príncipe volverán. Siempre vuelven.

—¿Y tu familia?

—Ya te lo he dicho. Están muertos. No tengo a nadie más.

Lira suspiró. Aquel niño le recordaba a ella misma, siete años atrás, cuando era una huérfana desamparada que vagaba por los campos de Alborada sin nadie a quien acudir.

—Está bien —dijo—. Puedes venir con nosotros. Pero tendrás que obedecerme en todo.

—Lo haré. Te lo prometo.

—Pues vámonos. No hay tiempo que perder.

Finn recogió sus escasas pertenencias y salió de la casa. Cuando vio a Kael de cerca, se quedó paralizado, pero el dragón lo observó con curiosidad y emitió un sonido suave, casi amistoso.

—Te ha aceptado —dijo Lira—. Eso es buena señal.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque si no lo hubiera hecho, ya te habrías convertido en cenizas.

Finn tragó saliva y montó detrás de Lira, agarrándose a su cintura con todas sus fuerzas. Kael desplegó las alas y se elevó hacia el cielo, dejando atrás la aldea en ruinas y adentrándose en el Camino del Viento.

El Camino del Viento era un desfiladero estrecho y sinuoso, flanqueado por acantilados de roca negra que se elevaban hacia el cielo como cuchillos.

El viento soplaba con tal fuerza que incluso Kael, con su poderosa envergadura, tenía dificultades para mantenerse estable.

Lira se aferraba a sus escamas, sintiendo cómo el frío le helaba la piel a pesar de la capa de piel que llevaba.

—¿Falta mucho? —gritó Finn, que iba detrás de ella.

—No lo sé —respondió Lira—. La anciana dijo que las Montañas de Fuego estaban al final del Camino del Viento. Pero no dijo cuánto tardaríamos.

—Pues espero que sea pronto. Me estoy congelando.

—Agárrate fuerte. Kael, ¿puedes ir más rápido?

El dragón emitió un gruñido y batió las alas con más fuerza, acelerando el paso.

El desfiladero se estrechaba cada vez más, y las rocas parecían cerrarse a su alrededor como las mandíbulas de una bestia gigantesca.

Lira empezaba a preguntarse si no se habrían equivocado de camino cuando, de repente, el desfiladero se abrió y apareció ante ellos un paisaje que les dejó sin aliento.

Era un valle inmenso, rodeado de montañas que escupían fuego.

Literalmente. De sus cumbres brotaban ríos de lava incandescente que descendían por las laderas como venas de fuego, y el aire olía a azufre y a ceniza.

El cielo, cubierto de nubes negras, estaba iluminado por el resplandor rojizo de los volcanes, y el suelo, agrietado y humeante, parecía la piel de un animal herido.

—Las Montañas de Fuego —dijo Lira—. Hemos llegado.

—Es increíble —murmuró Finn, con los ojos como platos—. Y terrorífico.

—Sí. Las dos cosas.

Kael aterrizó en una meseta rocosa, lo más alejada posible de los ríos de lava. El calor era insoportable, y el aire, irrespirable. Lira se cubrió la boca con un pañuelo y ayudó a Finn a hacer lo mismo.

—Tenemos que encontrar al dragón rojo —dijo—. Según la profecía, es uno de los cinco dragones originales. Si está aquí, tenemos que encontrarlo antes que Varek.

—¿Y cómo lo encontramos? —preguntó Finn.

—No lo sé. Pero Kael lo sabrá.

El dragón púrpura, en efecto, parecía saber hacia dónde dirigirse.

Con paso firme, avanzó hacia el interior del valle, siguiendo un rastro que solo él podía percibir.

Lira y Finn lo seguían de cerca, sorteando las grietas del suelo y los charcos de lava burbujeante.

El calor era cada vez más intenso, y Lira sentía que la piel le ardía a pesar de las protecciones.

—Kael, ¿estás seguro de que es por aquí? —preguntó.

El dragón no respondió. Se limitó a seguir avanzando, con los ojos fijos en una montaña que se alzaba al fondo del valle. Era la más grande de todas, un volcán de proporciones colosales que escupía fuego y ceniza sin cesar.

—Allí —dijo Finn, señalando una abertura en la base del volcán—. Hay una cueva.

—Sí. Y dentro de esa cueva, algo nos está esperando.

Se adentraron en la oscuridad. La cueva era un túnel de roca volcánica, con las paredes cubiertas de musgo incandescente que emitía una luz anaranjada.

El aire era denso, cargado de humo, y el suelo estaba resbaladizo por la ceniza.

Pero a medida que avanzaban, Lira empezó a notar algo extraño.

El calor, en lugar de aumentar, disminuía.

Y el túnel, en lugar de estrecharse, se ensanchaba.

—Es como si estuviéramos entrando en otro mundo —murmuró.

—Quizá lo estamos —respondió Finn.

Al final del túnel, encontraron una caverna.

Era similar al santuario de la Sierra Quebrada, pero en lugar de cristales azules, las paredes estaban cubiertas de rubíes que brillaban como ascuas.

En el centro de la caverna, un nido de dragón, similar al que habían visto antes. Y en el nido, una figura.

No era un dragón. Era una mujer.

Estaba sentada en el centro del nido, con las piernas cruzadas y los ojos cerrados.

Vestía una túnica roja que parecía hecha de fuego líquido, y su pelo, de un negro azabache, le caía sobre los hombros como una cascada de sombras.

Su piel era morena, bronceada por el sol de las montañas, y en sus brazos y piernas se veían cicatrices de antiguas quemaduras.

—Esperad —dijo Lira, deteniéndose—. Esa mujer no es un dragón.

—No —respondió la mujer, abriendo los ojos—. Pero soy su guardiana.

Sus ojos eran de un rojo intenso, como las brasas de una hoguera. Y cuando sonrió, Lira sintió que el calor de la caverna se intensificaba, como si la mujer irradiara fuego.

—Me llamo Nerea —dijo—. Guardiana del dragón rojo. Y vosotros debéis de ser los viajeros que estaba esperando.

—¿Nos estabas esperando? —preguntó Lira.

—Sí. Desde hace mucho tiempo. La profecía dice que el dragón púrpura vendría a buscarme. Y aquí estáis.

—¿Dónde está tu dragón?

—Durmiendo. Como lleva siglos haciendo. Solo despertará cuando llegue el momento.

—¿Y cuándo será ese momento?

—Cuando los cinco dragones originales se reúnan. Cuando los cinco guardianes formen un vínculo. Entonces, y solo entonces, el dragón rojo despertará.

—Pero Varek está capturando dragones. Si no nos damos prisa, no quedará ninguno.

—Lo sé. Y por eso tenéis que encontrar a los demás. Al dragón azul. Al dragón dorado. Y al dragón verde, que ya está con vosotros.

—Esme está herido. No puede volar.

—Se curará. Los dragones son más resistentes de lo que crees. Pero necesitáis tiempo. Y aliados.

—¿Tú serás nuestra aliada?

—Sí. Pero no puedo acompañaros. Mi lugar está aquí, junto al dragón rojo. Cuando despertemos, iremos a vuestro encuentro. Mientras tanto, tomad esto.

Nerea sacó de entre sus ropas un colgante con una gema roja que brillaba como una brasa.

—Es una lágrima de dragón. Contiene parte de la esencia de mi bestia. Os protegerá del frío en vuestro viaje. Y cuando llegue el momento, os guiará de vuelta a este lugar.

—Gracias —dijo Lira, aceptando el colgante.

—No me des las gracias. Esto es solo el principio. El verdadero desafío está por venir.

—¿Qué quieres decir?

—El príncipe Edric no es vuestro único enemigo. Hay algo más. Algo que despertó cuando encontraste el huevo de Kael. Algo que lleva siglos dormido, esperando su momento.

—¿Qué?

—No lo sé. Pero lo sabréis cuando os enfrentéis a ello.

Nerea cerró los ojos y volvió a sumergirse en su meditación. Lira, Finn y Kael salieron de la caverna en silencio, sintiendo el peso de sus palabras. Algo había despertado. Algo antiguo y peligroso. Y ellos estaban en el centro de todo.

—¿Qué crees que es? —preguntó Finn, cuando estuvieron fuera.

—No lo sé —respondió Lira—. Pero tengo la sensación de que vamos a averiguarlo pronto.

Kael emitió un gruñido, y Lira supo que estaba de acuerdo.

El viaje continuaba.