EL ÚLTIMO DRAGÓN DE ALBORADA CAPÍTULO 10 LA CIUDAD DE LOS MIL PUENTES
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CAPÍTULO 10 LA CIUDAD DE LOS MIL PUENTES

El vuelo sobre las tierras de Alborada fue una revelación para Lira.

Durante años había vivido recluida en las montañas, viendo el mundo desde las alturas pero sin atreverse a bajar.

Ahora, por primera vez, se adentraba en el corazón del reino, sobrevolando bosques interminables, ríos caudalosos y aldeas diminutas que parecían de juguete.

Todo era más grande, más hermoso y más aterrador de lo que había imaginado.

Al tercer día de viaje, avistaron una ciudad.

Era la primera vez que Lira veía una ciudad de verdad —solo conocía las aldeas de los recolectores, que no eran más que un puñado de chozas—, y se quedó maravillada.

Se llamaba Pontaris, la Ciudad de los Mil Puentes, y estaba construida sobre un delta donde tres ríos se unían para formar uno solo.

Sus calles eran canales de agua cristalina, surcados por góndolas y barcazas, y sus edificios, de piedra blanca y tejados rojos, se apiñaban en las orillas como si quisieran abrazarse.

—Es increíble —murmuró Lira, contemplando la ciudad desde las nubes.

Kael emitió un gruñido. No parecía tan impresionado. Las ciudades humanas le resultaban ruidosas, caóticas y peligrosas. Prefería con mucho la soledad de las montañas.

—Lo sé, lo sé. No vamos a quedarnos. Solo quiero echar un vistazo.

Descendieron lentamente, ocultándose entre las nubes para no ser vistos.

Lira buscó un lugar apartado donde aterrizar, y lo encontró en un bosque cercano, a una hora de camino de las murallas de la ciudad.

Dejó a Kael allí, prometiéndole que volvería antes del anochecer, y se adentró en Pontaris a pie.

La ciudad era aún más impresionante vista desde el suelo.

Los canales reflejaban la luz del sol como espejos, y los puentes —cientos de ellos, de todas las formas y tamaños— se arqueaban sobre el agua formando un laberinto de piedra y hierro.

Las calles estaban atestadas de gente: comerciantes que pregonaban sus mercancías, artesanos que trabajaban en sus talleres, niños que correteaban descalzos, soldados que patrullaban con aire aburrido.

Lira se sintió abrumada. Nunca había visto tanta gente junta.

—¿Buscas algo, muchacha? —preguntó una voz a su lado.

Lira se giró. Era una mujer mayor, de rostro arrugado y sonrisa desdentada, que vendía pescado en un puesto del mercado.

—Solo estoy de paso —respondió Lira.

—¿De paso? ¿Con esa pinta? —La mujer la miró de arriba abajo, observando sus ropas raídas y sus botas gastadas—. Pareces una fugitiva.

—No soy una fugitiva. Soy una viajera.

—Como quieras. Pero si buscas información, en la taberna del Puente Rojo siempre hay alguien dispuesto a hablar. Eso sí, te costará unas monedas.

—No tengo monedas.

—Pues tendrás que ganártelas.

Lira asintió y siguió su camino. La taberna del Puente Rojo estaba al final del mercado, en un edificio de piedra con las ventanas iluminadas y el ruido de conversaciones y risas escapándose por la puerta entreabierta.

Lira entró, intentando pasar desapercibida, pero fue imposible.

En cuanto cruzó el umbral, todas las miradas se volvieron hacia ella.

—¿Qué tenemos aquí? —dijo un hombre corpulento, con una cicatriz en la mejilla y una jarra de cerveza en la mano—. Una niña perdida.

—No estoy perdida —respondió Lira, con más firmeza de la que sentía—. Busco información.

—¿Información? ¿Sobre qué?

—Sobre dragones.

La taberna enmudeció. Las conversaciones se interrumpieron, las risas cesaron. Todos los presentes se quedaron mirando a Lira, con expresiones que iban desde la incredulidad hasta el miedo.

—Los dragones no existen, muchacha —dijo el hombre de la cicatriz—. Son cuentos de viejas.

—Yo he visto uno —respondió Lira—. Y sé que hay más.

—¿Ah, sí? ¿Y dónde lo has visto?

—En las montañas. En la Sierra Quebrada.

—Eso está a semanas de aquí.

—Lo sé. He venido volando.

Un murmullo recorrió la taberna. Algunos se santiguaron, otros se rieron, otros simplemente negaron con la cabeza.

—Estás loca —dijo el hombre de la cicatriz—. O eres una embustera.

—No soy ninguna de las dos cosas. Y puedo demostrarlo.

—¿Cómo?

—Venid conmigo al bosque. Os lo enseñaré.

—¿Que vayamos al bosque? ¿De noche? ¿Para que nos atraques?

—Si quisiera atracaros, no os habría avisado.

El hombre de la cicatriz se quedó pensativo. Luego, lentamente, se levantó y se acercó a Lira.

—Está bien, muchacha. Te acompañaré. Pero como sea una trampa, te juro que...

—No es una trampa. Es la verdad.

Salieron de la taberna, seguidos por una docena de curiosos que no querían perderse el espectáculo. Lira los condujo por las calles de Pontaris, hacia las puertas de la ciudad, y de allí al bosque donde había dejado a Kael.

Cuando llegaron al claro, el dragón ya los estaba esperando.

Sus ojos ámbar brillaban en la oscuridad, y sus escamas púrpuras reflejaban la luz de la luna.

Los habitantes de Pontaris retrocedieron, aterrorizados, y algunos echaron a correr.

Pero el hombre de la cicatriz se quedó quieto, contemplando a Kael con una mezcla de miedo y admiración.

—Es... es real —murmuró.

—Sí —dijo Lira—. Es real. Y no es el único.

—¿Hay más?

—Sí. Y voy a encontrarlos.

—¿Para qué?

—Para detener al príncipe Edric. Para restaurar la paz. Para cumplir la profecía.

—¿Qué profecía?

—La del Renacer. ¿La conoces?

El hombre de la cicatriz negó con la cabeza, pero una mujer que estaba entre los curiosos dio un paso al frente. Era una anciana, encorvada y arrugada, con una mirada que parecía atravesar el tiempo.

—Yo la conozco —dijo—. Mi abuela me la contaba cuando era niña. Decía que un día, un dragón púrpura surcaría los cielos y traería el fin de la oscuridad. Pero también decía que el camino sería duro. Y que muchos morirían en el intento.

—Yo no quiero que nadie muera —dijo Lira—. Pero no puedo hacer esto sola. Necesito ayuda. Necesito aliados. Necesito encontrar a los otros dragones.

La anciana la miró durante unos segundos. Luego, asintió.

—Si buscas dragones, tendrás que ir al norte. A las Montañas de Fuego. Allí, según las leyendas, habita el dragón rojo.

—¿El dragón rojo? —preguntó Lira.

—Sí. El más fiero de todos. El que escupe fuego y derrite el acero. Pero también el más leal. Si consigues domarlo, tendrás un aliado poderoso.

—¿Y cómo llego a las Montañas de Fuego?

—Siguiendo el Camino del Viento. Es un paso entre las montañas, al norte de Pontaris. Pero ten cuidado. Está custodiado por los soldados del príncipe. Si te ven, te matarán.

—No me verán —dijo Lira—. Volaré de noche.

—Entonces, que los dioses te protejan, muchacha. Porque vas a necesitarlo.

Lira se despidió de los habitantes de Pontaris y montó sobre Kael. El dragón desplegó sus alas y se elevó hacia el cielo, dejando atrás la ciudad de los mil puentes y adentrándose en la noche.

El viaje hacia las Montañas de Fuego acababa de empezar.