EL ÚLTIMO DRAGÓN DE ALBORADA CAPÍTULO 9 LAS INSCRIPCIONES DE LOS ANTIGUOS
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CAPÍTULO 9 LAS INSCRIPCIONES DE LOS ANTIGUOS

Pasaron varios días en el santuario. Esme se recuperaba a un ritmo sorprendente: el ambiente cálido de la caverna, combinado con la energía que parecía emanar de los cristales, estaba acelerando la curación de sus alas.

Ya podía moverlas, aunque todavía no volar, y su apetito había vuelto con fuerza.

Kael salía a cazar cada noche, trayendo presas que compartía generosamente con su congénere, y Lira se dedicaba a explorar la caverna y sus alrededores.

Lo que más le intrigaba eran las inscripciones de las paredes.

Eran runas antiguas, similares a las que había visto en el Viejo Templo, pero mucho más numerosas y detalladas.

Algunas parecían contar historias: batallas, nacimientos, muertes.

Otras eran simples marcas, como si alguien hubiera querido dejar constancia de su paso por aquel lugar.

Y otras, las más enigmáticas, formaban patrones que Lira no conseguía descifrar.

—Ojalá supiera leer esto —dijo en voz alta, mientras pasaba los dedos por una de las inscripciones.

—Quizá yo pueda ayudarte —respondió una voz a su espalda.

Lira se giró sobresaltada. Allí, en la entrada de la cámara, había una figura que no había visto antes.

Era un hombre, o al menos eso parecía. Vestía una túnica oscura, raída por el tiempo, y llevaba una barba larga y blanca que le llegaba hasta el pecho.

Sus ojos, de un gris plateado, brillaban con una inteligencia que contrastaba con su aspecto descuidado.

—¿Quién eres? —preguntó Lira, llevándose la mano al cuchillo.

—Un amigo. Al menos, eso espero. Me llamo Aldric. Aldric el Ermitaño, me llaman en las aldeas cercanas. Aunque hace tanto tiempo que no voy a ninguna aldea que probablemente ya nadie me recuerde.

—¿Cómo has llegado hasta aquí?

—He seguido vuestras huellas. No es difícil, cuando sabes lo que buscas. Y yo llevo mucho tiempo buscando este lugar.

—¿Por qué?

—Porque soy uno de los pocos que aún pueden leer las runas de los antiguos. Y este lugar —Aldric extendió los brazos, abarcando la caverna entera— es el mayor tesoro arqueológico de Alborada. El Santuario de los Dragones. Creía que era una leyenda, pero ahora veo que no.

Lira desconfiaba de los extraños por naturaleza. Había aprendido a hacerlo a la fuerza, después de años de vivir escondida. Pero algo en la mirada de Aldric le decía que aquel hombre no era una amenaza. Parecía sincero. Y además, si de verdad sabía leer las runas, podía ser de gran ayuda.

—Está bien —dijo Lira, relajando la mano que sostenía el cuchillo—. Puedes quedarte. Pero como intentes algo, Kael te reducirá a cenizas.

—No lo dudo —respondió Aldric, con una sonrisa—. He visto al dragón púrpura. Es una criatura magnífica. La más hermosa que he visto en mi vida.

—¿Has visto otros dragones?

—He visto sus restos. Huesos petrificados en los acantilados, escamas fosilizadas en los mercados negros. Pero nunca uno vivo. Hasta ahora.

Aldric se acercó a las inscripciones y las examinó con reverencia. Sus dedos, nudosos y manchados por la edad, recorrían las runas como si estuvieran acariciando la piel de un amante.

—Esto es increíble —murmuró—. Esto es... esto es la historia de los dragones. De los primeros dragones. Los que existieron antes de que los hombres aprendieran a domesticarlos.

—¿Domesticarlos? —preguntó Lira—. Los dragones no se domestican.

—No. No se domestican. Pero se pueden establecer vínculos. Como el que tienes tú con tu bestia. Eso es lo que intentaron los antiguos. Y fracasaron.

—¿Por qué?

—Porque los dragones no son animales. Son seres inteligentes, con su propia lengua, su propia cultura, su propia historia. Los hombres intentaron someterlos, y los dragones se rebelaron. Hubo una guerra. Una guerra terrible que duró siglos. Y al final, los dragones fueron derrotados.

—Pero no exterminados.

—No. Algunos sobrevivieron. Se escondieron en lugares como este, en las profundidades de la tierra, esperando el momento de volver. Y ahora, por lo que veo, ese momento ha llegado.

—¿Qué quieres decir?

Aldric señaló una de las inscripciones. Era más grande que las demás, y estaba rodeada de un círculo de runas que brillaban débilmente.

—Esta es la Profecía del Renacer. La escribió el último de los grandes profetas, hace quinientos años.

Dice así: "Cuando el dragón púrpura despierte de su sueño de siglos, y su guardiana alce el vuelo sobre las montañas, los antiguos lazos se renovarán y la era de la oscuridad llegará a su fin. Pero si el dragón cae en manos del ambicioso, el fuego consumirá el mundo y nada quedará sobre la tierra".

Lira sintió un escalofrío. Aquellas palabras resonaban en su mente como un eco lejano, y aunque no las entendía del todo, supo que se referían a ella. A Kael. A todo lo que estaba pasando.

—¿Qué significa? —preguntó.

—Significa que tú y tu dragón sois el centro de una profecía que lleva siglos esperando cumplirse. Significa que el destino de Alborada depende de lo que hagáis. Y significa que hay alguien, alguien muy poderoso, que quiere impedirlo.

—El príncipe Edric.

—Sí. El príncipe Edric. Él también conoce la profecía. Y está dispuesto a todo para que no se cumpla.

—¿Por qué?

—Porque la profecía dice que el dragón púrpura traerá el fin de la era de la oscuridad.

Y la era de la oscuridad es la era en la que vivimos ahora.

La era de los reyes corruptos, de las guerras interminables, de la opresión.

Si el dragón púrpura cumple su destino, todo eso desaparecerá.

Y Edric, que es parte de ese sistema, no quiere que desaparezca.

—Pero yo no quiero cumplir ninguna profecía. Solo quiero vivir en paz con Kael.

—Lo sé. Pero a veces, el destino no nos pregunta qué queremos. Simplemente nos elige.

—No creo en el destino.

—Eso no importa. El destino cree en ti.

Aldric se quedó en silencio, contemplando las runas. Lira, a su lado, intentaba procesar todo lo que acababa de oír. Una profecía. Un destino. Un príncipe que quería matarla. Era demasiado para asimilar.

—¿Qué debo hacer? —preguntó al fin.

—Lo que te dicte tu corazón. Pero si quieres mi consejo, yo diría que no te escondas. Que salgas ahí fuera y luches. Porque si no lo haces tú, nadie lo hará.

—Eso es fácil decirlo.

—Sí. Pero es lo único que tenemos.

Aquella noche, Lira soñó con dragones. Soñó que volaba sobre un cielo infinito, sobre montañas y océanos y desiertos, sintiendo el viento en el rostro y el calor del sol en la piel.

Soñó que no estaba sola. Que había otros como ella.

Jinetes de dragones que surcaban los cielos a su lado, formando una estela de fuego que iluminaba la oscuridad.

Cuando despertó, supo lo que tenía que hacer.

—Kael —dijo, acercándose al dragón—. Tenemos que irnos. Tenemos que encontrar a los demás.

Kael la miró con sus ojos ámbar y emitió un gruñido de asentimiento. Había estado esperando aquel momento. Lo había sabido desde el principio.

—Pero antes —dijo Lira—, necesito que Aldric me enseñe a leer las runas. Si hay otros dragones ahí fuera, tengo que saber cómo encontrarlos.

Y así, durante las semanas siguientes, Lira se convirtió en la alumna del ermitaño.

Aprendió a descifrar las inscripciones de los antiguos, a interpretar sus significados ocultos, a leer la historia de los dragones como si fuera un libro abierto.

Descubrió que hubo una época en que los dragones y los hombres vivían en armonía, unidos por un pacto sagrado que se había roto.

Descubrió que los dragones no eran simples bestias, sino guardianes de un conocimiento ancestral que se remontaba al origen de los tiempos.

Y descubrió, sobre todo, que Kael no era el último de su especie.

Había otros. Escondidos, dispersos, esperando ser encontrados.

—Hay cinco dragones —le dijo Aldric una tarde, señalando un mapa que habían trazado a partir de las inscripciones—.

Cinco dragones originales, de los cuales descienden todos los demás.

El dragón púrpura, el dragón verde, el dragón rojo, el dragón azul y el dragón dorado.

Cada uno representa un elemento: tierra, naturaleza, fuego, agua y aire. Y cada uno tiene un guardián destinado.

—¿Como yo?

—Como tú. Tú eres la guardiana del dragón púrpura, el dragón de la tierra. Pero hay otros cuatro guardianes, dispersos por los reinos de Alborada. Si logras encontrarlos, podréis formar un vínculo que ni siquiera el príncipe Edric podrá romper.

—¿Y cómo los encuentro?

—Siguiendo las señales. Los dragones se atraen entre sí, como los imanes. Si vuelas con Kael, tarde o temprano encontrarás a los demás.

—¿Y luego qué?

—Luego, cumplirás la profecía. O no. Eso depende de ti.

Lira se quedó pensativa. Durante años había vivido escondida, evitando el contacto con otros humanos.

Ahora, de repente, se le pedía que saliera al mundo, que buscara a otros como ella, que liderara una revolución.

Era una responsabilidad abrumadora. Pero también era una oportunidad.

La oportunidad de dejar de ser una fugitiva. La oportunidad de ser algo más.

—Lo haré —dijo al fin—. Buscaré a los demás.

—Sabía que lo harías —respondió Aldric, con una sonrisa—. Desde el momento en que te vi, supe que eras especial.

—No soy especial. Solo soy una chica que encontró un huevo.

—Eso es precisamente lo que te hace especial. Que encontraste un huevo y decidiste protegerlo. En lugar de venderlo, o entregarlo, o abandonarlo. Lo protegiste. Y eso, Lira, es lo que define a los guardianes.

Aquella noche, Lira se sentó junto a Kael y le contó su plan. Le habló de los otros dragones, de los otros guardianes, de la profecía. Kael escuchó en silencio, con sus ojos ámbar fijos en ella, y cuando Lira terminó, emitió un rugido suave que resonó en toda la caverna.

Era un rugido de aprobación. Un rugido de alianza. Un rugido que decía: "Estoy contigo".

—Entonces, vámonos —dijo Lira, acariciando el hocico del dragón—. El mundo nos espera.

A la mañana siguiente, se despidieron de Aldric y de Esme. El dragón verde aún no podía volar, pero se estaba recuperando bien, y Aldric prometió cuidar de él hasta que estuviera completamente curado.

—Volveremos —dijo Lira—. Con los demás.

—Lo sé —respondió Aldric—. Y cuando lo hagas, este santuario será vuestro hogar.

Lira montó sobre Kael, y el dragón desplegó sus alas. Con un batir poderoso, se elevaron hacia el cielo, dejando atrás la Sierra Quebrada y adentrándose en lo desconocido.

El viaje había comenzado.