CAPÍTULO 8 EL CORAZÓN DE LA MONTAÑA
La huida hacia las profundidades de la Sierra Quebrada fue más dura de lo que Lira había imaginado.
No era la primera vez que se adentraba en territorios desconocidos —había pasado la mitad de su vida explorando aquellas montañas—, pero nunca lo había hecho con un dragón herido a cuestas.
Esme, aunque se recuperaba lentamente, apenas podía caminar durante más de una hora seguida sin detenerse a descansar.
Sus alas rotas, vendadas con tiras de tela que Lira había improvisado, le colgaban a los costados como estandartes derrotados, y su respiración era un silbido constante que resonaba en los estrechos desfiladeros.
—No podemos seguir así —dijo Lira, después de que Esme se desplomara por tercera vez en lo que iba de jornada—. Necesitamos encontrar un refugio pronto. Un lugar donde Esme pueda recuperarse sin tener que moverse.
Kael, que caminaba delante abriendo camino con su corpachón, se detuvo y giró la cabeza hacia su guardiana.
Sus ojos ámbar brillaban con una mezcla de preocupación y determinación.
Emitió un gruñido grave y señaló con el hocico hacia el norte, donde las montañas se elevaban aún más, formando una muralla de picos nevados que parecía impenetrable.
—¿Allí? —preguntó Lira, siguiendo la dirección de su mirada—. ¿Hay algo en esas montañas?
Kael no respondió. Simplemente reanudó la marcha, con paso firme, como si supiera exactamente adónde se dirigía.
Lira lo conocía lo suficiente como para no dudar de su instinto.
Si Kael decía que había algo en aquellas montañas, era porque lo había sentido.
Quizá con ese sexto sentido que tenían los dragones, esa capacidad para percibir cosas que los humanos no podían ni imaginar.
Siguieron avanzando durante horas, adentrándose en un territorio cada vez más inhóspito.
El sendero se estrechaba, las rocas se volvían más afiladas, y el viento soplaba con una violencia que helaba los huesos.
Lira se envolvía en su capa de piel de ciervo, pero ni siquiera eso era suficiente para protegerla del frío.
Esme, a pesar de su debilidad, parecía resistir mejor las bajas temperaturas: su piel de dragón, cubierta de escamas, era un aislante natural que la mantenía caliente incluso en las condiciones más extremas.
Al caer la noche, llegaron a una grieta en la montaña. Era una abertura estrecha, apenas lo bastante ancha para que Kael pudiera pasar de lado, que se internaba en la roca como una herida abierta. Del interior emanaba un aire cálido, casi caliente, que contrastaba con el frío glacial del exterior.
—Es aquí —dijo Lira, sin saber muy bien por qué lo sabía—. Aquí dentro hay algo.
Kael emitió un gruñido de asentimiento y se adentró en la grieta.
Lira y Esme lo siguieron, con cuidado de no resbalar en las piedras sueltas.
La oscuridad era casi absoluta, rota solo por el tenue resplandor que desprendían las escamas de Kael, que brillaban débilmente en la penumbra como brasas a punto de extinguirse.
El túnel descendía lentamente, serpenteando entre las entrañas de la montaña.
Las paredes, al principio rugosas e irregulares, se fueron alisando a medida que avanzaban, hasta convertirse en una superficie pulida, casi artificial.
Lira pasó la mano por la roca y notó algo extraño: estaba caliente.
No el calor de la tierra, sino un calor distinto, como el que desprendía Kael cuando estaba enfadado.
—Esto no es natural —murmuró—. Alguien construyó esto.
Kael no respondió. Seguía avanzando, hipnotizado por algo que Lira no podía ver pero que él sí sentía.
El vínculo entre ellos palpitaba con una intensidad inusual, como si el dragón estuviera experimentando una emoción que Lira no había sentido antes.
No era miedo, ni rabia, ni alegría. Era algo más profundo. Algo parecido a la nostalgia.
Después de lo que pareció una hora de descenso, el túnel desembocó en una caverna inmensa.
Era mucho más grande que la cueva donde habían vivido durante años, más grande incluso que el Viejo Templo donde Lira había encontrado el huevo de Kael.
Las paredes estaban cubiertas de cristales que brillaban con una luz propia, una luz azulada y pulsante que iluminaba la estancia como si fuera de día.
El suelo era liso como el mármol, y en el centro de la caverna se alzaba una estructura que dejó a Lira sin aliento.
Era un nido. Un nido de dragón.
No era un nido cualquiera. Era una construcción colosal, hecha de ramas petrificadas, huesos de criaturas gigantescas y metales preciosos que brillaban bajo la luz de los cristales.
Era evidente que aquel nido llevaba siglos abandonado, pero su mera existencia era un testimonio de un tiempo en que los dragones no se escondían en cuevas, sino que dominaban el mundo.
—¿Qué es este lugar? —preguntó Lira, con la voz temblorosa.
Kael avanzó lentamente hacia el nido, como si estuviera en trance. Sus ojos ámbar recorrían cada detalle de la construcción, cada hueso, cada rama, cada gema incrustada en la estructura. Cuando llegó al centro del nido, se detuvo y emitió un rugido que resonó en toda la caverna como un trueno.
No era un rugido de guerra. Era un rugido de reconocimiento. Como si Kael acabara de encontrar algo que llevaba buscando desde que nació.
—Este lugar... —dijo Lira, acercándose lentamente—. Este lugar fue construido por dragones.
Kael asintió con la cabeza. Luego, con un movimiento suave, se tumbó en el centro del nido, enroscándose sobre sí mismo como cuando era un recién nacido.
Esme, que había permanecido en la entrada de la caverna, avanzó lentamente y se tumbó a su lado.
Los dos dragones, el púrpura y el verde, parecían estar en comunión con algo que Lira no podía entender.
—Esto es un santuario —dijo Lira, comprendiendo de repente—. Un lugar sagrado para vuestra especie. Y vosotros lo habéis encontrado.
Kael emitió un sonido suave, casi un ronroneo. Lira se sentó en el borde del nido, contemplando a los dos dragones. Por primera vez en mucho tiempo, sintió que estaban a salvo. No sabía cuánto duraría aquella sensación, pero decidió disfrutarla mientras pudiera.
Aquella noche, Lira durmió como no había dormido en años.
Arropada por el calor de los dragones y la luz pulsante de los cristales, se sumergió en un sueño profundo y reparador, libre de pesadillas.
Cuando despertó, a la mañana siguiente, se encontró con que Kael ya estaba despierto, observándola con sus ojos ámbar.
—Buenos días —dijo Lira, estirándose.
Kael emitió un gruñido y señaló con la cabeza hacia el fondo de la caverna. Allí, donde las paredes se estrechaban formando una especie de pasadizo, brillaba una luz diferente. Una luz dorada, cálida, que parecía llamarla.
—¿Qué hay allí? —preguntó Lira.
Kael no respondió. Se limitó a levantarse y caminar hacia el pasadizo, con Lira siguiéndolo de cerca. Esme, que aún dormía, no se movió.
El pasadizo era estrecho y descendía aún más en las profundidades de la montaña.
Las paredes estaban cubiertas de inscripciones que Lira no podía leer —eran runas antiguas, de una lengua que llevaba siglos muerta—, pero que emanaban una sensación de poder.
Cuanto más avanzaban, más intensa se volvía la luz dorada, hasta que llegaron a una pequeña cámara circular.
En el centro de la cámara, flotando en el aire, había un objeto. Era una esfera de luz dorada, del tamaño de un puño, que pulsaba con un ritmo constante, como un corazón. Lira sintió una atracción irresistible hacia ella, como si la esfera la estuviera llamando por su nombre.
—¿Qué es esto? —preguntó, extendiendo la mano.
Kael emitió un gruñido de advertencia, pero Lira ya había tocado la esfera.
En ese instante, una oleada de imágenes y sensaciones invadió su mente.
Vio dragones surcando los cielos, cientos de ellos, miles, cubriendo el horizonte como una tormenta de escamas y fuego.
Vio ciudades ardiendo, ejércitos derrotados, reyes arrodillándose ante las bestias aladas.
Vio una guerra, una guerra terrible entre dragones y hombres, que había durado décadas y había dejado el mundo en ruinas.
Y luego, vio la paz. Una paz frágil, sellada con un pacto entre las dos especies. Un pacto que había sido roto.
La visión se desvaneció tan rápido como había llegado, y Lira se encontró de nuevo en la cámara, con la esfera dorada aún flotando frente a ella. Pero ahora sabía lo que era. No era una esfera. Era un recuerdo. Un recuerdo de los dragones, preservado durante siglos en las entrañas de la montaña.
—Esto es lo que queda de ellos —dijo Lira, con la voz quebrada—. De los antiguos. De los que vivieron antes que nosotros.
Kael asintió lentamente. Sus ojos ámbar brillaban con una tristeza que Lira nunca había visto en él.
—Ellos te están llamando —dijo Lira—. Los dragones del pasado. Quieren decirte algo.
Kael emitió un sonido suave, casi un lamento.
—No sé qué es. Pero sea lo que sea, tenemos que averiguarlo.