EL ÚLTIMO DRAGÓN DE ALBORADA CAPÍTULO 7 EL REFUGIO EN LAS MONTAÑAS
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CAPÍTULO 7 EL REFUGIO EN LAS MONTAÑAS

Mientras tanto, en las profundidades de la Sierra Quebrada, Lira cuidaba del dragón verde al que había liberado.

La bestia, a la que había llamado Esme —por el color de sus escamas, que recordaban al de las esmeraldas—, se recuperaba lentamente de sus heridas.

Tenía las alas rotas, sí, pero los huesos estaban soldando bien, y Lira confiaba en que, con el tiempo, Esme volvería a volar.

Kael, al principio, se había mostrado receloso con el recién llegado.

Los dragones, como los lobos, eran territoriales por naturaleza, y compartir su cueva con otro de su especie no le hacía ninguna gracia.

Pero poco a poco, a medida que Esme se recuperaba, Kael fue aceptando su presencia.

Incluso llegó a compartir con él sus presas de caza, algo que Lira nunca había visto hacer a un dragón.

—Sois hermanos —le dijo Lira a Kael una noche, mientras los dos dragones dormían enroscados el uno junto al otro—. Hermanos de especie, al menos. Y los hermanos se cuidan.

Kael emitió un gruñido suave, como si estuviera de acuerdo.

Pero Lira sabía que aquella paz era frágil. Varek seguía vivo, y aunque estaba herido, no tardaría en recuperarse. Y cuando lo hiciera, volvería a por ellos. Con más hombres, más armas, más dragones.

—Tenemos que irnos —le dijo Lira a Kael—. Este lugar ya no es seguro. Varek sabe que estamos aquí. Y aunque no vuelva él, enviará a otros.

Kael la miró con sus ojos ámbar, y Lira sintió que el vínculo entre ellos se tensaba. El dragón no quería irse. Aquella cueva era su hogar. Pero también sabía que Lira tenía razón.

—Encontraremos otro refugio —dijo Lira—. Más profundo, más escondido. Donde nadie pueda encontrarnos.

Kael asintió lentamente. Y juntos, con Esme renqueando detrás, se adentraron aún más en las montañas, buscando un lugar seguro donde esconderse.

Pero el mundo exterior se estaba cerrando a su alrededor. Y pronto, no habría lugar en Alborada donde pudieran ocultarse.