EL ÚLTIMO DRAGÓN DE ALBORADA CAPÍTULO 5 EL PLAN DE ESCAPE
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CAPÍTULO 5 EL PLAN DE ESCAPE

Pasaron tres días. Tres días en los que Lira y Kael observaron el campamento de Varek desde las montañas, estudiando sus rutinas, sus guardias, sus puntos débiles.

Aprendieron que los soldados cambiaban de turno cada cuatro horas, que la jaula del dragón verde estaba vigilada por dos centinelas permanentes, y que Varek solía inspeccionar personalmente a su prisionero al amanecer y al anochecer.

—Es imposible entrar sin que nos vean —dijo Lira, frustrada, mientras dibujaba un mapa del campamento en la arena de la cueva—. Hay demasiados soldados. Y aunque consiguiéramos liberar al dragón, no podría volar. Tiene las alas rotas.

Kael emitió un gruñido y señaló con la cabeza hacia el mapa. Luego, con una garra, dibujó una línea que rodeaba el campamento y se dirigía hacia el norte, hacia las montañas.

—¿Quieres que los distraigamos? —preguntó Lira.

Kael asintió.

—¿Cómo?

El dragón resopló, soltando una pequeña llamarada. Lira entendió de inmediato.

—Fuego. Quieres prender fuego al campamento. Crear un caos. Y mientras los soldados intentan apagar las llamas, yo libero al dragón.

Kael asintió de nuevo, con un brillo de satisfacción en sus ojos ámbar.

—Es una locura —dijo Lira—. Pero puede funcionar.

Aquella noche, cuando la luna se ocultó detrás de las nubes y el campamento quedó sumido en la oscuridad, Lira y Kael se pusieron en marcha.

Volvieron al valle sigilosamente, ocultándose entre las sombras de las montañas.

Kael se quedó en un risco cercano, preparado para lanzar su ataque, mientras Lira se deslizaba hacia el campamento, con el cuchillo en una mano y la ballesta en la otra.

El plan era sencillo: Kael lanzaría una llamarada sobre las tiendas del extremo norte, creando un incendio que distrajera a los soldados.

Luego, mientras todos corrían a apagar el fuego, Lira se colaría en el campamento, abriría la jaula del dragón verde y lo liberaría.

Después, volverían a las montañas corriendo o volando, según las circunstancias.

Pero los planes, como Lira sabía muy bien, rara vez salían como uno esperaba.

A medianoche, Kael lanzó su ataque. Una llamarada de fuego púrpura surgió de entre las nubes y cayó sobre el campamento como un rayo, incendiando las tiendas y provocando el pánico entre los soldados. Los gritos de alarma resonaron en el valle, y en cuestión de segundos, todo era un caos.

—¡Fuego! ¡Fuego! —gritaban los soldados, corriendo de un lado a otro.

—¡Es un dragón! ¡Un dragón nos ataca!

—¡Arqueros, a vuestros puestos!

Lira aprovechó la confusión para colarse en el campamento.

Corrió agachada entre las tiendas, esquivando a los soldados que pasaban a su lado sin verla, y llegó hasta la jaula del dragón verde.

Los dos centinelas que la custodiaban estaban distraídos, mirando hacia el incendio, y Lira los dejó inconscientes de un golpe en la cabeza con la empuñadura de su cuchillo.

—Tranquilo —le dijo al dragón verde, que la miraba con sus ojos amarillos llenos de desconfianza—. No voy a hacerte daño. Voy a liberarte.

El dragón emitió un gemido débil, pero no se movió.

Lira examinó la cerradura de la jaula. Era una cerradura de hierro, maciza, imposible de forzar sin una llave.

Pero Lira no necesitaba una llave. Sacó su ballesta y disparó un virote directamente a la cerradura, destrozándola.

El mecanismo saltó por los aires, y la puerta de la jaula se abrió.

—Vamos —dijo Lira, tirando de las cadenas que sujetaban al dragón—. Tenemos que salir de aquí.

Pero antes de que pudiera liberarlo, una voz resonó a su espalda.

—¿Adónde crees que vas, niña?

Lira se giró. Allí, de pie entre las llamas, estaba Varek. El cazador de dragones. Su ojo único brillaba con una mezcla de furia y admiración.

—Así que tú eres la guardiana del dragón —dijo Varek, avanzando hacia ella—. La jinete de la bestia púrpura. Llevo semanas buscándote.

—Pues ya me has encontrado —respondió Lira, apuntándolo con su ballesta.

—Sí. Y ahora, vas a venir conmigo.

—No lo creo.

—Es una lástima. Podrías haberte convertido en una de mis mejores cazadoras. Pero si prefieres morir...

Varek no terminó la frase. Porque en ese momento, Kael apareció de entre las nubes como una exhalación y aterrizó sobre el cazador, aplastándolo contra el suelo. El dragón púrpura rugió con una furia que hizo temblar las montañas, y los soldados que quedaban en el campamento huyeron despavoridos.

—Kael, no lo mates —dijo Lira—. No queremos más sangre.

Kael gruñó, pero obedeció. Retiró su garra del pecho de Varek y se quedó a su lado, vigilándolo. El cazador, aturdido pero vivo, levantó la cabeza y miró a Lira con una mezcla de odio y respeto.

—No sabes lo que has hecho, muchacha —dijo, escupiendo sangre—. El príncipe Edric te encontrará. Te encontrará y te matará. Y tu dragón será suyo.

—Que lo intente —respondió Lira—. Nosotros le estaremos esperando.

Luego, ayudó al dragón verde a salir de la jaula. La bestia, débil pero agradecida, se apoyó en Kael y, lentamente, los tres se alejaron del campamento en llamas, hacia las montañas, hacia la libertad.

Pero Lira sabía que aquello no era el final. Era solo el principio.

Porque el príncipe Edric no se detendría hasta conseguir lo que quería. Y lo que quería era a Kael.