CAPÍTULO 3 LA DECISIÓN DE LIRA
Aquella noche, Lira no pudo dormir. Se quedó sentada junto al fuego, con Kael enroscado a su lado, dándole vueltas a lo que había visto en el valle. Un dragón prisionero. Un campamento militar. Soldados que capturaban dragones. ¿Qué significaba todo aquello? ¿Quién estaba detrás? ¿Y por qué?
—Kael —dijo, acariciando las escamas de su cuello—. Tenemos que hacer algo. No podemos dejar que ese dragón muera.
Kael emitió un sonido gutural, un gruñido grave que Lira interpretó como una afirmación. El dragón también quería ayudar a su congénere. Pero no sabían cómo. No sabían cuántos soldados había en el campamento, ni qué armas tenían, ni si habría más dragones prisioneros.
—Mañana volveremos —dijo Lira—. Observaremos. Intentaremos averiguar quiénes son y qué quieren. Y luego, trazaremos un plan.
Kael resopló, soltando una pequeña bocanada de humo. Era su forma de decir "de acuerdo". Lira sonrió y apoyó la cabeza en el costado del dragón, sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo. Era un calor reconfortante, que le recordaba que no estaba sola. Que tenía un aliado. Un amigo. Una familia.
A la mañana siguiente, Lira y Kael volvieron al valle.
Esta vez, se acercaron con más cautela, volando a baja altura y ocultándose entre las nubes.
Lira llevaba consigo un zurrón con provisiones, un cuchillo de caza y una pequeña ballesta que había fabricado ella misma con madera de roble y tendones de ciervo.
No era un arma muy poderosa, pero sabía usarla bien.
Durante años había cazado conejos y aves para alimentarse, y su puntería era excelente.
El campamento militar estaba en el mismo lugar que el día anterior, pero había cambiado.
Las tiendas se habían multiplicado, las empalizadas se habían reforzado, y las torres de vigilancia estaban ocupadas por arqueros.
Los soldados se movían con una disciplina que Lira no había visto antes.
No eran simples mercenarios. Eran soldados entrenados, probablemente al servicio de algún señor poderoso.
—Esto no me gusta —murmuró Lira, observando el campamento desde un risco cercano—. Hay demasiados. ¿Cómo vamos a entrar ahí sin que nos vean?
Kael emitió un gruñido y señaló con la cabeza hacia el dragón verde, que seguía en su jaula. Estaba más débil que el día anterior, con las alas caídas y la cabeza apoyada en el suelo. Pero sus ojos seguían abiertos, y de vez en cuando emitía un gemido lastimero que atravesaba el silencio del valle.
—Pobre criatura —dijo Lira—. Tenemos que sacarlo de ahí.
Pero antes de que pudieran trazar un plan, algo ocurrió.
Las puertas del campamento se abrieron, y un grupo de soldados salió en dirección a las montañas.
Eran al menos una docena, armados con arcos, lanzas y redes.
Y al frente de ellos, montado en un caballo negro, iba un hombre con un parche en el ojo.
—Es él —dijo Lira—. El cazador. Varek.
Kael emitió un rugido sordo que resonó en todo el valle. Los soldados se detuvieron, alarmados, y miraron hacia el cielo. Pero no vieron nada. Kael se había ocultado detrás de un pico rocoso, con las alas plegadas y el cuerpo pegado al suelo.
—Tranquilo —susurró Lira—. No nos han visto. Pero tenemos que irnos. Ahora.
Kael obedeció. Se elevó lentamente, manteniéndose oculto entre las nubes, y se alejó del campamento. Pero mientras volaban de vuelta a la cueva, Lira supo que aquello no había terminado. Al contrario. Acababa de empezar.
Porque Varek estaba buscando dragones. Y Kael era el más grande de todos.