CAPÍTULO 2 EL CAZADOR DE DRAGONES
El hombre que había capturado al dragón verde se llamaba Varek.
Varek el Cazador, lo llamaban en las tabernas de los puertos.
Varek el Despiadado, lo llamaban sus enemigos.
Y Varek, simplemente, lo llamaban sus hombres, aquellos soldados de fortuna que le seguían a cambio de oro y promesas de gloria.
Era un hombre de unos cuarenta años, alto y corpulento, con el rostro curtido por el sol y los vientos de una docena de reinos.
Tenía el pelo oscuro, recogido en una cola de caballo, y una barba descuidada que le llegaba hasta el pecho.
Le faltaba el ojo izquierdo, que había perdido en una batalla contra los bárbaros del norte, y en su lugar llevaba un parche de cuero negro que le daba un aire siniestro.
Pero su ojo derecho, de un azul intenso, brillaba con la inteligencia de un depredador.
Un depredador que había cazado de todo: bestias salvajes, enemigos del rey, e incluso un dragón.
El dragón verde que ahora yacía en la jaula era su mayor trofeo.
Lo había capturado en las Montañas del Este, después de semanas de persecución.
Había perdido a una docena de hombres en el proceso, pero el resultado había merecido la pena.
Porque aquel dragón no era un animal cualquiera.
Era un dragón de verdad, con escamas de esmeralda, colmillos como dagas y un aliento de fuego que podía derretir el acero. Y Varek lo tenía prisionero.
—Mi señor —dijo uno de sus lugartenientes, un hombre joven y ambicioso llamado Darik—. El dragón se está debilitando. Lleva tres días sin comer.
—Que se debilite —respondió Varek, sin apartar la vista de la jaula—. Cuanto más débil esté, más fácil será transportarlo.
—Pero si muere, no servirá de nada.
—No va a morir. Los dragones son más resistentes de lo que crees. Aguantará hasta que lleguemos a la capital.
—¿Y luego qué?
—Luego, se lo entregaremos al rey. Y el rey nos pagará con oro suficiente para comprar un palacio.
Darik asintió, pero en sus ojos había una sombra de duda. Llevaba sirviendo a Varek desde hacía tres años, y sabía que su señor no era un hombre que se conformara con promesas. Varek quería algo más que oro. Quería poder. Y aquel dragón era la llave para conseguirlo.
—Mi señor —dijo Darik, bajando la voz—. ¿Es cierto lo que dicen? ¿Que el rey está reuniendo un ejército de dragones?
—Eso dicen los rumores. Pero los rumores son como el viento: van y vienen, y no se puede confiar en ellos.
—Pero si es cierto, nosotros podríamos...
—Podríamos qué, Darik. ¿Convertirnos en los jinetes de dragones del rey? ¿Volar sobre Alborada como señores de la guerra?
—Sí, mi señor.
Varek soltó una carcajada.
—Eres joven y ambicioso, Darik. Eso me gusta.
Pero no sabes nada de dragones. Los dragones no se dejan domesticar como caballos.
Son criaturas salvajes, inteligentes, capaces de odiar tanto como un hombre.
El único que ha conseguido domar un dragón fue el Viejo Rey, hace quinientos años. Y murió quemado por su propia bestia.
—Pero entonces, ¿por qué capturamos dragones?
—Porque el rey nos paga por ellos. Porque necesita sus escamas, su sangre, su aliento.
Con eso fabrica armas que pueden atravesar cualquier armadura, venenos que pueden matar a un gigante.
Y porque mientras haya dragones, habrá guerras.
Y mientras haya guerras, habrá hombres como nosotros, dispuestos a luchar por el mejor postor.
Darik se quedó en silencio, procesando las palabras de su señor. No le gustaba lo que oía, pero sabía que era la verdad. En los reinos de Alborada, la guerra era un negocio. Y los dragones eran la mercancía más valiosa.
—Hay algo más, mi señor —dijo Darik, después de una pausa.
—¿Qué?
—Los exploradores han encontrado huellas. Huellas de un dragón grande, muy grande, en las montañas del sur. En la Sierra Quebrada.
Varek se giró lentamente hacia su lugarteniente. Su ojo único brillaba con un interés renovado.
—¿Un dragón grande? ¿Cuánto de grande?
—Más grande que éste. Mucho más grande. Y hay algo más. Junto a las huellas del dragón, encontraron huellas humanas.
—¿Un jinete?
—Eso parece.
Varek se quedó en silencio. Un dragón grande. Un jinete. En la Sierra Quebrada, donde nadie se atrevía a aventurarse. Aquello era más que un rumor. Era una oportunidad.
—Prepárate, Darik —dijo Varek—. Vamos a cazar otro dragón.