EL ÚLTIMO DRAGÓN DE ALBORADA
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CAPÍTULO 1 LA VIDA EN LAS CUEVAS
El amanecer llegó a la Sierra Quebrada como un ladrón silencioso, tiñendo las cumbres de un rosa pálido que se desvanecía lentamente en el azul profundo del cielo.
Las águilas de las alturas, esas criaturas majestuosas que anidaban en los riscos más inaccesibles, despertaban con sus gritos agudos, y el viento, que nunca cesaba en aquellas cumbres, silbaba entre las grietas de la roca como una canción antigua.
Lira llevaba despierta desde antes del alba.
Era una costumbre que había adquirido en sus años de soledad: levantarse cuando aún era de noche, encender el fuego con ramas secas y yesca, y preparar el desayuno antes de que Kael despertara.
No era que el dragón necesitara que le dieran de comer —Kael era perfectamente capaz de cazar sus propias presas, y de hecho lo hacía a menudo, trayendo ciervos o cabras montesas que devoraba con su característico apetito—, sino que a Lira le gustaba empezar el día con una rutina.
Era lo único que le quedaba de su vida anterior, cuando trabajaba en los campos de los recolectores y cada jornada era idéntica a la anterior.
La cueva que les servía de hogar estaba en lo más profundo de la Sierra Quebrada, un laberinto de picos y precipicios donde ningún humano se aventuraba.
Era una caverna inmensa, de techos altos como catedrales y paredes cubiertas de cristales de cuarzo que brillaban bajo la luz del fuego como estrellas atrapadas en la roca.
En el centro de la cueva, un lago subterráneo de aguas termales desprendía un vapor constante que mantenía el ambiente cálido incluso en los meses más fríos.
Había sido un hallazgo afortunado, siete años atrás, cuando Lira, con doce años y un dragón recién nacido en brazos, había huido de las ruinas del Viejo Templo buscando un refugio seguro.
—Buenos días, Kael —dijo Lira, acercándose al dragón, que dormía enroscado sobre sí mismo como un gato gigantesco.
Kael abrió un ojo. Era un ojo de color ámbar, con una pupila vertical que se dilataba lentamente al enfocar a su guardiana.
Durante unos segundos, el dragón no se movió.
Luego, con un suspiro que parecía el fuelle de una fragua, se incorporó lentamente, estirando sus alas membranosas y sacudiendo la cabeza.
Las escamas de su cuello, de un púrpura tan oscuro que casi parecía negro, brillaron bajo la luz del fuego con reflejos metálicos.
—Has vuelto a cazar anoche —dijo Lira, señalando los restos de una cabra montesa que yacían en un rincón de la cueva—. Te dije que no salieras sin mí.
Kael emitió un sonido gutural, algo entre un gruñido y un ronroneo, que Lira había aprendido a interpretar como una disculpa.
El dragón no podía hablar —al menos, no con palabras—, pero se comunicaba con ella a través de gestos, sonidos y, sobre todo, a través del vínculo que compartían.
Era un vínculo difícil de explicar, una conexión que iba más allá de las palabras y que Lira sentía como un hilo invisible que los unía.
Sabía cuándo Kael tenía hambre, cuándo estaba cansado, cuándo se sentía amenazado.
Y Kael, a su vez, sabía cuándo Lira estaba triste, cuándo tenía miedo, cuándo necesitaba protección.
—No importa —dijo Lira, acariciando el hocico del dragón—. Pero la próxima vez, avísame. No quiero que te vean.
Kael resopló, soltando una pequeña bocanada de humo por los orificios de su nariz.
Era su forma de decir "nadie me ha visto".
Y probablemente era cierto. La Sierra Quebrada era un lugar desolado, donde los únicos testigos de sus vuelos nocturnos eran las estrellas y las águilas.
Pero Lira no podía evitar preocuparse. Durante siete años habían vivido en secreto, ocultos del mundo, y sabía que si alguien descubría la existencia de Kael, todo cambiaría.
Mientras Kael devoraba los restos de la cabra, Lira se sentó junto al fuego y se preparó un té de hierbas que había recolectado en las laderas de la montaña.
Era una mezcla amarga pero reconfortante, que le recordaba a los días en que trabajaba en los campos de los recolectores y soñaba con una vida diferente.
Ahora tenía esa vida. Una vida dura, solitaria, llena de peligros. Pero también una vida libre.
—Kael —dijo, rompiendo el silencio—. ¿Crees que hay otros como tú?
El dragón dejó de masticar y la miró con sus ojos ámbar. Durante un instante, Lira sintió que el vínculo entre ellos se tensaba, como si Kael estuviera intentando decirle algo que ella no podía entender del todo. Luego, el dragón bajó la cabeza y emitió un sonido suave, casi triste.
—Yo tampoco lo sé —dijo Lira—. Pero a veces, cuando vuelas, siento que hay algo más. Algo más allá de estas montañas. Algo que nos está esperando.
Kael no respondió. Se limitó a enroscarse de nuevo junto al fuego, cerrando los ojos. Pero Lira supo que la había entendido. Porque el vínculo entre ellos era así: no necesitaban palabras para comprenderse.
Pasó la mañana. Lira dedicó las horas de luz a sus tareas cotidianas: recoger leña, revisar las trampas que había colocado en los alrededores, lavar su ropa en el lago termal.
Eran tareas sencillas, casi monótonas, pero que le daban una sensación de control sobre su vida.
Durante años había vivido al día, sin saber si al día siguiente tendría algo que comer o un lugar donde dormir.
Ahora, al menos, tenía un hogar. Un hogar precario, escondido en las montañas, pero un hogar al fin y al cabo.
Al mediodía, decidió salir a explorar. Era algo que hacía a menudo: recorrer las cuevas y los pasadizos de la Sierra Quebrada, buscando nuevos refugios, nuevas fuentes de agua, nuevas rutas de escape.
La Sierra era un laberinto de roca y hielo, lleno de peligros pero también de maravillas.
Había cascadas heladas que brillaban como diamantes bajo el sol, grutas de cristal donde la luz se refractaba en mil colores, y valles escondidos donde crecían flores que no existían en ningún otro lugar del mundo.
Aquella tarde, Lira se dirigió hacia el norte, siguiendo un sendero que había descubierto unos meses atrás.
Era un camino estrecho, tallado en la roca por el agua y el viento, que bordeaba un precipicio de vértigo y conducía a una meseta desde la que se veía todo el valle.
Era uno de sus lugares favoritos. Allí, sentada en el borde del abismo, con las piernas colgando sobre el vacío, se sentía dueña del mundo.
Pero aquel día, algo era diferente. Al llegar a la meseta, Lira notó algo que no había visto antes.
Una columna de humo, fina y lejana, que se elevaba desde el fondo del valle.
No era el humo de un incendio forestal, ni el de una hoguera de pastores.
Era un humo negro, denso, que olía a brea y a metal fundido.
—¿Qué es eso? —murmuró Lira, entrecerrando los ojos.
Kael, que la había seguido en su vuelo, aterrizó a su lado con un golpe sordo que hizo temblar la roca.
El dragón también había visto el humo, y sus ojos ámbar brillaban con una mezcla de curiosidad y desconfianza.
Emitió un gruñido grave, un sonido que Lira conocía bien.
Era el sonido que hacía cuando detectaba una amenaza.
—Tranquilo —dijo Lira, acariciando su cuello—. No sabemos qué es. Puede que solo sea una partida de caza.
Pero en el fondo, sabía que no era una partida de caza. Las partidas de caza no dejaban columnas de humo negro. Las partidas de caza no olían a metal fundido. Algo estaba pasando en el valle. Algo que no presagiaba nada bueno.
—Vamos a investigar —dijo—. Pero con cuidado. No quiero que nos vean.
Kael asintió con un movimiento de cabeza y se agachó para que Lira pudiera montarlo.
Era un ritual que habían repetido cientos de veces.
Lira se encaramó al lomo del dragón, se sujetó a las escamas de su cuello y se inclinó hacia delante, pegando el pecho al cuerpo cálido de la bestia.
Luego, Kael desplegó sus alas y se lanzó al vacío.
El vuelo fue corto pero intenso. Kael planeó sobre las corrientes de aire, descendiendo lentamente hacia el valle, mientras Lira escudriñaba el terreno en busca de la fuente del humo.
Al principio no vio nada. Solo árboles, rocas, el brillo plateado de un río que serpenteaba por el fondo del valle.
Pero luego, a medida que se acercaban, la columna de humo se hizo más visible.
Y lo que había debajo le heló la sangre.
Era un campamento militar. Un campamento enorme, con tiendas de campaña, empalizadas de madera y torres de vigilancia.
Había soldados por todas partes, cientos de ellos, con armaduras de cuero y hierro, portando espadas, arcos y lanzas.
Y en el centro del campamento, junto a una gran hoguera, había algo que Lira no esperaba ver.
Una jaula. Una jaula de hierro, del tamaño de una casa pequeña. Y dentro de la jaula, un dragón.
No era un dragón como Kael. Era más pequeño, de color verde esmeralda, y sus alas estaban rotas, aplastadas contra los barrotes de la jaula. Pero era un dragón. Un dragón vivo. Y estaba prisionero.
—Kael, ¿lo ves? —susurró Lira, con la voz temblorosa.
Kael emitió un rugido sordo que resonó en todo el valle. Era un rugido de rabia, de dolor, de reconocimiento. Porque aquel dragón no era un extraño. Era de su misma especie. Era un hermano. Y estaba siendo torturado por los hombres.
—Tenemos que ayudarlo —dijo Lira—. Pero no ahora. Ahora tenemos que volver a la cueva y prepararnos.
Kael no respondió. Se limitó a batir sus alas con fuerza y elevarse de nuevo hacia las montañas, dejando atrás el campamento y la columna de humo. Pero Lira supo que aquello no había terminado. Al contrario. Acababa de empezar.
Porque alguien estaba capturando dragones. Y si no los detenían, Kael sería el próximo.