La discusión del muelle
Rosa no la vio. Estaba en la plaza, cumpliendo su papel de mujer del concejal, sonriendo a la gente, cuando se le acercó la mujer del farmacéutico y le dijo, con esa mezcla de alarma y de gusto por el chisme que tiene la gente de pueblo: «Rosa, hija, ¿qué le pasa a tu Adrián con Julián?
Los han visto discutiendo en el muelle, a voces. Igual deberías ir.»
Rosa fue. Bajó del paseo iluminado hacia la zona oscura del puerto, donde las barcas de pesca dormían amarradas y la música de la verbena llegaba ya amortiguada, mezclada con el chapaleo del agua contra los cascos.
Y allí, en el muelle viejo, encontró a su marido solo, de espaldas al mar, fumando un cigarro con manos que le temblaban, cosa que ella no le había visto nunca.
—¿Y Adrián? —preguntó Rosa—. Me han dicho que estabais discutiendo.
Julián tardó en volverse. Cuando lo hizo, tenía una cara que Rosa tampoco le había visto nunca: descompuesta, pálida bajo el bronceado, los ojos huidizos.
—Se ha ido —dijo—. El crío. Hemos discutido, sí. Tonterías. Cosas de él, que está imposible. Le he dicho cuatro cosas y se ha largado hecho una furia. Ya volverá.
—¿Por qué discutíais?
—Por nada, Rosa. —Julián tiró el cigarro al agua—.
Por sus historias. Que si el abuelo, que si el dinero, que si esto y lo otro.
El crío se ha montado una película en la cabeza, no sé de dónde la ha sacado, y ha venido a soltármela aquí, en plena fiesta, gritándome delante de medio pueblo.
—Le tembló la voz, de rabia o de otra cosa—.
Que de dónde viene el dinero. Que qué hizo el abuelo.
Que si yo sé cosas. A mí. Su padre. Delante de todos.
—Negó con la cabeza—. Ya hablaré con él mañana, cuando se le pase.
Anda, vámonos a casa. Esto se ha acabado por hoy.
Rosa no se movió. Miraba a su marido y miraba el mar negro detrás de él, y una inquietud sorda le subía por dentro.
—¿Hacia dónde se ha ido?
—Qué sé yo. Por ahí. —Julián hizo un gesto vago hacia la oscuridad del puerto—. Con los amigos, supongo. A casa no tardará.
Pero Adrián no fue a casa. Ni esa noche, ni al amanecer. Rosa esperó despierta, primero enfadada (un adolescente que se larga de morros y no contesta al móvil), luego inquieta, luego con un miedo que crecía con la luz. Llamó al móvil de su hijo una y otra vez.
Lo oyó sonar. Lo oyó sonar dentro de la casa, en el cuarto de Adrián. El chico se había dejado el móvil en casa. Un adolescente que no sale nunca sin el móvil pegado a la mano había salido la noche de las fiestas sin él.
A las ocho de la mañana, con el pueblo durmiendo la resaca y el paseo lleno de vasos de plástico y guirnaldas apagadas, Rosa bajó al puerto. El sol ya pegaba fuerte. El mar estaba plano, inocente, azul.
Y en el pantalán, en su sitio, amarrada, estaba la barca pequeña de Adrián, la zódiac que usaba para bucear.
Pero algo no encajaba: el cabo estaba mal hecho, con un nudo torpe que su hijo, que sabía amarrar desde los seis años, no habría hecho jamás.
Y la cámara de buceo, que Adrián guardaba siempre en la barca dentro de su funda estanca, no estaba.
Rosa se quedó de pie en el pantalán, con el sol quemándole la nuca y el corazón en la garganta, mirando la barca de su hijo mal amarrada y vacía.
Y supo, con esa certeza animal que tienen las madres, que algo terrible había pasado en aquel pueblo durante la noche grande.
Algo que el mar, plano y azul y mentiroso, no iba a contarle.
Empezó a gritar el nombre de su hijo hacia el agua. Y el pueblo, despertándose poco a poco de la resaca de su última fiesta del verano, empezó a asomarse a las ventanas para ver a la mujer del concejal gritando sola en el muelle, al amanecer, un nombre que el mar se tragaba.