El vídeo del fondo
Tres días antes de las fiestas, Adrián bajó a la Cala de los Muertos al amanecer, cuando el mar estaba plano como un plato y la luz entraba oblicua y limpia en el agua.
Le gustaba bucear a esa hora, cuando no había nadie, cuando el pueblo dormía la resaca y el mar era solo suyo.
Llevaba la cámara estanca atada a la muñeca, la buena, la que le habían regalado por su cumpleaños, y un propósito que no le había contado a nadie.
La Cala de los Muertos se llamaba así desde siempre, y nadie sabía bien por qué.
Los viejos decían que era por un naufragio antiguo, de cuando los barcos de cabotaje.
Otros, que por los ahogados que el mar dejaba allí, arrastrados por las corrientes hasta aquel rincón.
Fuera por lo que fuera, era una cala fea, sin playa, de rocas negras y agua honda, donde no iba nadie a bañarse.
Y por eso mismo a Adrián le gustaba bucear allí: porque el fondo estaba virgen, sin colillas ni latas, como debía de haber estado siempre.
Y porque, tres semanas atrás, buceando allí, había visto algo que no se le iba de la cabeza.
Se colocó las gafas, mordió el tubo y se dejó caer de espaldas desde la roca. El agua fría lo envolvió, ese frío bueno del Mediterráneo a primera hora. Bajó.
La visibilidad era enorme, quince metros, veinte.
El fondo descendía en un talud de rocas y arena hasta una zona más honda, una especie de hoya.
Y allí, a unos doce metros, medio enterrado en la arena y cubierto de algas y conchas calcáreas que delataban los años que llevaba abajo, estaba lo que Adrián había vuelto a ver, a fotografiar, a filmar obsesivamente las últimas semanas.
Un coche.
Un coche viejo, de los años ochenta o así, hundido en el fondo de la Cala de los Muertos.
La carrocería deshecha por la sal, comida de óxido.
Pero reconocible: las formas cuadradas de los coches de entonces, un faro intacto mirando hacia arriba como un ojo muerto, la matrícula imposible de leer bajo la costra.
Llevaba décadas allí abajo. Décadas. Y nadie en el pueblo hablaba nunca de un coche hundido en la Cala de los Muertos, lo cual, en un pueblo donde se hablaba de todo, era en sí mismo extrañísimo.
Adrián nadó alrededor del coche, grabando, como había hecho otras veces.
Pero esa mañana hizo algo más. Se armó de valor, bajó hasta el coche aguantando la respiración, y enfocó la cámara hacia el interior, hacia el habitáculo lleno de arena y de oscuridad.
Quería ver si dentro había algo. Quería saber por qué un coche acababa en el fondo del mar y nadie lo contaba.
Lo que la cámara captó, en aquel barrido tembloroso por la falta de aire, fue suficiente para que Adrián subiera a la superficie con el corazón desbocado y se quedara agarrado a la roca, jadeando, mirando el agua plana y azul como si de pronto fuera otra cosa.
Dentro del coche, entre la arena, atrapado bajo lo que quedaba del salpicadero, había algo blanco y alargado.
Algo que la parte de su cabeza que aún era un niño quiso creer que era un palo, una tubería, cualquier cosa.
Y que la parte que ya empezaba a ser un hombre supo, con un escalofrío que el sol de agosto no quitaba, que era un hueso. Un hueso largo. Un fémur, como los del esqueleto del laboratorio del instituto.
Había alguien en el coche.
Había un coche hundido en la Cala de los Muertos, desde hacía décadas, con alguien dentro, y el pueblo entero, que sabía de todo, no decía nada.
Adrián salió del agua temblando, no de frío.
Se sentó en la roca con la cámara en las manos y revisó las imágenes una y otra vez, y cada vez veía con más claridad el hueso entre la arena.
Y empezó a hacerse preguntas. ¿De quién era ese coche?
¿Quién iba dentro? ¿Por qué nadie hablaba de él?
¿Y por qué, cuando le había preguntado a su abuela, la madre de su padre, la única vieja de la familia que quedaba, por la Cala de los Muertos, la mujer se había puesto pálida y le había dicho que no volviera a bucear allí, que aquel sitio traía mala suerte, que se lo prometiera?
Adrián guardó la cámara. Esa misma tarde empezaría a hurgar.
Empezaría preguntando, con la inocencia temeraria de los quince años, por la historia de su propia familia, por cómo se había hecho rica una estirpe de pescadores pobres, por qué el abuelo, el venerado abuelo muerto, tenía en el pueblo una fama doble que los mayores nunca explicaban del todo.
Pero esa mañana, sentado en la roca negra con el mar plano a sus pies, Adrián solo era un chico de quince años que acababa de descubrir un secreto. Y los secretos, a los quince años, parecen aventuras. No sentencias.