El último domingo de agosto (Pueblos que callan 2) El mar no devuelve
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El mar no devuelve

La búsqueda empezó esa misma mañana y duró días. Y fue, desde el principio, una búsqueda extraña, una búsqueda que a Rosa le pareció siempre que miraba donde no debía.

Julián la organizó. Hay que reconocérselo, pensaba Rosa después, con amargura: su marido se puso al frente de la búsqueda de su hijo con una eficacia que impresionó al pueblo entero.

Movilizó a los voluntarios, a Protección Civil, a la cofradía de pescadores.

Consiguió que viniera Salvamento Marítimo con una embarcación y un helicóptero.

Habló por megafonía en la plaza, con la voz quebrada, pidiendo colaboración.

Y el pueblo entero, conmovido, se volcó: barcas peinando la costa, vecinos batiendo los acantilados, carteles con la foto de Adrián en cada escaparate.

El concejal modelo, el buen padre, liderando con dolor digno la búsqueda de su hijo desaparecido.

Salió en la televisión regional. La gente lo abrazaba por la calle.

Y sin embargo. Y sin embargo, Rosa, que lo conocía, que dormía a su lado desde hacía dieciocho años, notaba algo que no encajaba y que no sabía nombrar. Lo notaba en los detalles.

En que Julián insistía en buscar mar adentro, hacia el norte, hacia las calas turísticas, cuando el sentido común y la barca mal amarrada apuntaban más bien al puerto y a la zona sur, a la Cala de los Muertos, donde Adrián buceaba.

En que, cuando Rosa mencionó la cámara desaparecida, Julián le quitó importancia enseguida, demasiado deprisa: «se la habrá llevado, o se le habrá caído al agua, qué más da la cámara ahora».

En que cada vez que alguien sugería rastrear el fondo cerca del puerto, Julián encontraba una razón para desviar los recursos a otra parte.

La teoría oficial se montó rápido, como se montan las teorías en los pueblos.

Adrián, disgustado tras la discusión con su padre, se había ido solo a la barca, de noche, había salido a navegar para despejarse (cosa que hacía a veces, era verdad) y había tenido un accidente.

Se había caído al agua. Se había ahogado. Una tragedia.

Una de esas tragedias de mar que los pueblos costeros conocen bien, lloran y archivan. El chico se ahogó. El mar no devuelve siempre los cuerpos. Una desgracia.

Era una teoría perfecta. Explicaba la barca, explicaba la noche, explicaba la ausencia del cuerpo.

Y tenía la ventaja de que no señalaba a nadie: el mar, la fatalidad, la mala suerte.

Nadie tenía la culpa. El pueblo podía llorar al niño ahogado y seguir con su vida sin tener que mirar incómodo a ningún vecino.

Pero Rosa no se la creía. Por una razón que no podía explicar a la Guardia Civil sin parecer una madre histérica negando la evidencia, pero que para ella era de hierro: su hijo no salía a navegar de noche, solo, enfadado, sin el móvil y haciendo un nudo de marinero de agua dulce.

Adrián era un chico de mar, cuidadoso, casi maniático con sus aparejos.

La barca mal amarrada y el móvil olvidado no eran descuidos de un adolescente disgustado. Eran las señales de que alguien había devuelto esa barca al pantalán. Alguien que no sabía amarrar como Adrián. Alguien que tenía prisa.

Una semana después de la desaparición, cuando Salvamento ya había suspendido la búsqueda activa y el pueblo empezaba a hablar de Adrián en pasado, en ese pasado tierno y resignado que se reserva a los muertos jóvenes, Rosa hizo dos cosas.

La primera fue dejar de fingir delante de su marido que compartía la teoría del accidente.

No lo acusó de nada, no tenía nada, solo una inquietud.

Pero dejó de mirarlo como a un compañero de duelo y empezó a mirarlo como a un sospechoso.

Y Julián lo notó, y entre los dos, en la casa de la parte alta, se instaló un silencio nuevo, vigilante, terrible.

La segunda fue subir al cuarto de Adrián, cerrar la puerta con pestillo, encender el ordenador de su hijo y ponerse a buscar.

Porque si Adrián andaba detrás de algo, si su seriedad de las últimas semanas tenía que ver con su desaparición, la respuesta tenía que estar allí, en sus cosas, en sus cámaras, en sus archivos.

En el rastro que deja un chico de quince años que ha descubierto un secreto y no sabe que descubrirlo es peligroso.

Rosa se sentó en la cama de su hijo, en el cuarto que olía a él, a neopreno y a sal y a adolescente, abrió el ordenador y empezó a tirar de un hilo. El hilo de un hijo que ya no estaba. El hilo que el pueblo prefería que nadie tocara.