El último desayuno en Ouidah (Los misterios de Nadia Dossou 1) Capítulo 17 — West Atlantic Development
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Capítulo 17 — West Atlantic Development

Romaric seguía trabajando a las diez de la noche. Nadia bajó a buscar agua y vio la luz de su pantalla detrás del mostrador.

—¿Qué haces?

—Nada.

—Enséñame.

Él levantó la vista.

—Impresionante nivel de confianza.

—Dices «nada» delante de un ordenador abierto a las diez de la noche. ¿Qué esperabas?

Romaric giró la pantalla. En el navegador aparecía una página antigua.

West Atlantic Development. Abrió varias versiones archivadas del mismo sitio web.

Las páginas tardaban en cargar y a veces estaban incompletas.

Aquí faltaba una fotografía, allí aparecía un nombre, más allá una dirección antigua remitía a una empresa que ya no existía.

—Es arqueología digital —dijo.

—Con menos polvo.

—Nunca has visto por dentro algunos servidores.

Nadia se inclinó hacia la pantalla. El asunto tenía menos de veinte años y, sin embargo, ya parecía pertenecer a un pasado lejano. Habían desaparecido comunicados. Algunos directivos habían cambiado de puesto. Varias empresas se habían fusionado o cerrado.

—¿Cómo desaparece alguien profesionalmente? —preguntó.

—No desaparece de verdad. Basta con que los buscadores dejen de poner la historia antigua en primer lugar.

—¿Y cambiar de nombre?

—Ayuda. También una empresa nueva. Otra ciudad. Diez años de buenos resultados.

Romaric abrió un perfil profesional reciente de Jérôme Vallet. Trayectoria impecable a partir de cierta fecha. Antes, nada.

—Parece que nació a los treinta y cuatro —dijo Nadia.

—O que decidió que su carrera empezaba ahí.

La diferencia importaba. Empezar de nuevo no significaba necesariamente engañar. Nadia acababa de reconstruir su propia vida profesional en Ouidah. Si alguien borraba de internet los años anteriores, ella no dejaría de ser quien era.

—No publiques nada —dijo.

Romaric volvió la cabeza.

—No pensaba publicar nada.

—Y no le mandes nada a Inès.

—Nadia, ¿por quién me tomas?

Sintió vergüenza.

—Perdón.

Él cerró una ventana.

—Esto se lo damos a Grâce. Lo demás no nos pertenece.

Nadia asintió. Era exactamente el tipo de límite que intentaba aprender a ponerse. Se quedó de pie.

—Has buscado.

—Solo información pública.

—Te dije que no investigaras a los huéspedes.

—No estoy investigando a los huéspedes.

—Estás buscando una empresa relacionada con el asesinato de un huésped.

—Matiz.

—Muy fino.

Romaric sonrió.

—¿Quieres ver o no?

Nadia dudó exactamente un segundo. Luego se sentó. La empresa llevaba más de diez años desaparecida. Las huellas disponibles eran fragmentarias: viejas páginas corporativas, copias de artículos, menciones en documentos comerciales, algunos resultados en archivos digitales.

—¿Era grande? —preguntó Nadia.

—Más de lo que pensaba.

Aparecían varios proyectos: desarrollo turístico, inmobiliario, asociaciones hoteleras, inversiones regionales. Romaric abrió un artículo antiguo. Gabriel Lenoir figuraba como consultor en una operación.

—Ahí está Gabriel.

—Sí.

Siguieron revisando resultados. Nadia sintió la extraña impresión de estar hurgando en el pasado de un muerto. Se preguntó si debía detenerse. Entonces Romaric abrió una fotografía. Una docena de personas posaban frente a un edificio.

—Está ahí.

Gabriel, más joven, en la segunda fila. A su derecha, un hombre moreno. Nadia se inclinó.

—Espera.

—¿Qué?

—Amplía.

Romaric hizo zoom. La resolución empeoró, pero el rostro siguió siendo reconocible. Nadia notó que algo se tensaba dentro de ella.

—Se parece a Jérôme.

—Sí.

—¿De verdad te lo parece?

—Sí.

Bajo la fotografía había un pie con una lista de nombres. Julien Varenne — Director administrativo y financiero. Nadia volvió a leerlo.

—Julien Varenne.

—El nombre que busca Mariam.

Se miraron.

—Tal vez no sea él —dijo Nadia.

—Tal vez.

—Un hermano.

—Tal vez.

—Un primo.

—Tal vez.

—¿Podrías dejar de decir «tal vez» como Grâce?

—Me adapto.

Romaric abrió otro resultado. Una antigua conferencia profesional. Aparecía la misma persona. Pie de foto: Julien Varenne. Un tercer documento mencionaba al director financiero.

—Es él —dijo Romaric.

Nadia no respondió. Volvió a ver a Jérôme el día de su llegada. La forma en que había observado los accesos. Su pregunta sobre la habitación cuatro. Su petición de cambiar de habitación. Su reacción al ver a Gabriel. La palabra siempre. Todo empezaba a acercarse.

—¿Por qué cambiar de nombre? —preguntó.

—Puede haber muchas razones.

—¿Después de un escándalo financiero?

—Sí.

—Y Gabriel lo sabía.

—Eso parece.

Nadia se levantó.

—Tenemos que avisar a Grâce.

—¿Ahora?

Miró la hora. Diez y diecisiete.

—Mañana por la mañana.

Romaric cerró algunas ventanas.

—¿Y Mariam?

—¿Qué pasa con Mariam?

—Busca precisamente a Julien Varenne.

Nadia se quedó inmóvil.

—Puede que no sepa que es Jérôme.

—O puede que sí.

Sintió que una historia nueva empezaba a formarse en su cabeza.

—Al llegar preguntó si había muchos franceses.

—Sí.

—Buscaba a alguien en Ouidah.

—Sí.

—Registró la habitación de Gabriel.

—Sí.

—Su padre quedó arruinado por West Atlantic.

Romaric la miró.

—Su coartada por videollamada se sostiene.

—Para el momento exacto de la muerte.

—En una investigación por asesinato, eso sigue siendo bastante importante.

—Ya lo sé.

Nadia volvió a sentarse. Pensó. Puede que Mariam no hubiera matado a Gabriel. Pero ¿había organizado algo? ¿Había encontrado a Jérôme antes? ¿Gabriel había venido precisamente por eso?

—Estás poniendo esa cara —dijo Romaric.

—¿Qué cara?

—La de cuando conviertes unos datos en una serie de televisión.

—Muy gracioso.

—Sabes lo que diría Grâce.

—No pronuncies su nombre.

—«Ver un detalle no significa saber lo que significa».

—La imitas fatal.

—Estoy practicando.

Nadia miró otra vez la fotografía. Jérôme, o Julien.

Gabriel a su lado. El pasado que Mariam llevaba meses buscando había dormido dos noches en la habitación cinco.

Era demasiado grande para ser una coincidencia.

O precisamente lo bastante grande para hacerle olvidar que una coincidencia seguía siendo posible.

Aquella noche, Romaric no cerró el ordenador enseguida.

Después del primer descubrimiento abrió otro archivo.

—Mira esto.

—¿Más?

—Un informe anual archivado.

Nadia se inclinó. Las páginas eran tediosas. Tablas, nombres de empresas, proyectos abandonados, socios.

—¿De verdad lees esto por gusto?

—No. Busco nombres.

—Me tranquiliza.

Romaric encontró varias menciones a Julien Varenne. Ninguna acusación directa. Al contrario, algunos documentos lo presentaban como una de las personas que habían intentado reestructurar el grupo.

—Entonces él también pudo ser víctima del asunto —dijo Nadia.

—Sí.

—Y el padre de Mariam creía que era responsable.

—Sí.

—¿Pueden ser ciertas las dos cosas?

—Probablemente.

Nadia lo miró.

—Ahora no digas «probablemente».

Romaric sonrió. Abrió un artículo antiguo que mencionaba desacuerdos internos entre inversores.

—¿Ves? Todo el mundo acusaba a todo el mundo.

—¿Y Gabriel?

—Su nombre aparece como asesor externo.

Nadia recordó cómo había descrito él la consultoría durante la cena: una palabra detrás de la cual se podía ocultar casi cualquier cosa. ¿Había estado hablando de sí mismo?

—¿Sabes qué me molesta? —dijo.

—Muchas cosas.

—Muy gracioso. Cuanta más información encontramos, menos clara está la historia.

Romaric asintió.

—Suele pasar.

—Lo dices como si llevaras veinte años investigando.

—Me crió internet.

Nadia soltó una carcajada. Luego miró de nuevo la foto de grupo.

Julien Varenne. Jérôme Vallet. Probablemente el mismo rostro.

Pero los documentos también mostraban algo que ella no había querido ver al principio: nada demostraba que Varenne hubiera robado o desviado dinero.

Nadia había convertido «antiguo director financiero de una empresa quebrada» en «hombre culpable que cambió de nombre».

Exactamente el tipo de atajo que criticaba en los demás. Sintió un ligero malestar.

—Mañana se lo damos todo a Grâce.

—Sí.

—También lo que parezca favorecer a Jérôme.

Romaric la miró.

—Por supuesto.

Nadia asintió. No estaba orgullosa de haber necesitado decirlo.

Después de que su teoría sobre Mariam se derrumbara, Nadia fue a verla.

Podía haber dejado el asunto ahí. Grâce no le había contado todos los detalles de sus comprobaciones.

Pero Nadia sabía que había pasado un día entero mirando a Mariam con sospecha y haciéndole preguntas orientadas. Mariam estaba en la terraza leyendo.

—Le debo una disculpa.

Levantó la vista.

—Esto promete.

—Pensé que podía estar implicada en la muerte de Gabriel.

Mariam cerró despacio el libro.

—¿Por la habitación?

—Y por West Atlantic. Y por su padre. Y porque buscaba a Varenne.

—O sea, prácticamente por todo lo que le conté.

—Sí.

Mariam guardó silencio.

—Grâce me confirmó que la videollamada la descarta.

—Ya lo había entendido.

Nadia se sintió ridícula.

—¿Está enfadada?

—Un poco.

—Es justo.

Mariam dejó el libro a un lado.

—Pero lo entiendo.

—No debería ponérmelo tan fácil.

—No lo hago.

Se inclinó hacia ella.

—Ha construido una historia en la que mi padre arruinado me convertía en una asesina plausible. Tenga cuidado con eso.

Nadia encajó el golpe.

—Sí.

—Todos queremos que las historias tengan una forma limpia.

—Lo sé.

—No. Ahora lo sabe un poco mejor.

La frase podría haber salido de boca de Grâce. Nadia suspiró.

—¿Se han puesto todas de acuerdo?

Mariam no entendió.

—Déjelo.

Luego sonrió.

—Gracias por decírmelo.

—¿El qué?

—Que sospechó de mí.

—No es precisamente algo de lo que sentirse orgullosa.

—No. Pero es más honesto que fingir que nunca ocurrió.

Nadia se marchó con una incomodidad útil.

No la olvidaría. Más tarde escribió otra frase en su cuaderno: Un móvil no es un culpable.

La formulación le pareció tan evidente que se sintió ridícula.

Después recordó con qué rapidez había olvidado precisamente esa evidencia.

La dejó escrita. Mado vio la página un rato después.

—¿Qué escribes?

—Nada.

Mado leyó.

—Muy profundo.

—Vete.

—Deberías añadir: «El café con azúcar no es un asesinato».

Nadia cerró el cuaderno.

—Voy a esconderlo.

—Buena idea.