El último desayuno en Ouidah (Los misterios de Nadia Dossou 1) Capítulo 8 — Claire
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Capítulo 8 — Claire

Claire se derrumbó antes del mediodía. Nadia la encontró sola en el comedor del desayuno, con una taza entre las manos. La policía acababa de terminar una primera declaración con ella.

—Lo conocía.

Ni siquiera esperó a que Nadia se sentara.

—¿A Gabriel?

Claire asintió.

—¿Desde hace mucho?

—Quince años.

—¿Eran amigos?

Una risa sin alegría.

—Tuvimos una relación.

Nadia no dijo nada. Claire miró el fondo de la taza.

—Yo estaba casada entonces.

—¿Sigue casada?

—No.

—¿Su divorcio tuvo que ver con Gabriel?

—En parte.

Se levantó, dio unos pasos y regresó junto a la mesa.

—Durante mucho tiempo pensé que lo que me había pasado con él era una historia de amor que había terminado mal. Era más fácil soportarlo así.

Nadia esperó.

—Tenía una manera de hacerte creer que eras la única persona interesante de una habitación.

—Entiendo.

—No. No del todo.

Claire se pasó una mano por la frente.

—Era casi un talento. Escuchaba. De verdad. No como la gente que simplemente espera su turno para hablar. Se acordaba de todo.

—¿Y después?

—Después entendías que no escuchaba para conocerte.

—¿Entonces para qué?

—Para saber.

La palabra quedó entre las dos. Nadia pensó en la cena. En los secretos.

—¿La chantajeaba?

Claire apartó la mirada.

—Al principio no.

—¿Y después?

La respuesta tardó.

—Sabía recordarte, en el momento adecuado, lo que sabía.

—¿Sobre usted?

—Sobre todo el mundo.

Nadia pensó en Philippe. En la reacción de Inès. En Jérôme.

—¿Sabía que estaría aquí?

—No.

—Pero reaccionó a su nombre antes de que llegara.

Claire se mordió el labio.

—Vi por casualidad la lista de reservas en su tableta.

Nadia recordó haberla dejado abierta. Era posible.

—Y no se marchó.

—Quise hacerlo.

—¿Por qué se quedó?

Claire por fin miró a Nadia.

—Quizá porque estaba cansada de huir de un hombre al que no veía desde hacía diez años.

Respiró hondo.

—Ya había cancelado dos reuniones profesionales porque pensaba que él estaría presente. Había cambiado un trayecto. Una vez salí de un restaurante después de verlo.

—¿Diez años después de su relación?

—Hay personas que ocupan mucho más espacio en la memoria que en la vida real.

Nadia no contestó. Lo entendía mejor de lo que le apetecía admitir.

—¿Habló con él anoche?

—Dos minutos.

—¿Cuándo?

—Después de la cena. En el pasillo.

—¿De qué?

Claire cerró los ojos.

—Me preguntó si mi hija estaba bien.

—¿Conoce a su hija?

—Sabía que existía. Tenía ocho años cuando nos conocimos.

Claire se corrigió.

—Bueno, cuando él y yo nos conocimos.

—¿Y ahora?

—Tiene veintitrés.

—¿Por qué le afectó tanto la pregunta?

Claire soltó una pequeña risa.

—Porque Gabriel nunca preguntaba nada gratis.

—¿Pensó que sabía algo sobre ella?

—Pensé que quería hacerme creer que lo sabía.

Nadia observó sus manos.

—¿Dónde estaba usted esta mañana?

—En mi habitación.

—¿Todo el tiempo?

Claire levantó la vista.

—¿Me está interrogando?

—No.

—Lo parece.

Nadia se echó un poco hacia atrás.

—Tiene razón. Lo siento.

Claire permaneció callada. Después dijo:

—Estuve en mi habitación entre las ocho y las ocho y veinticinco. Oí a alguien pasar por el pasillo. No miré quién era.

—¿Después?

—Me duché.

—¿Y cuándo bajó?

—Cuando oí voces afuera.

Miró fijamente a Nadia.

—Le guardaba rencor.

—Yo no se lo he preguntado.

—Iba a hacerlo.

Nadia no respondió. Claire se inclinó hacia ella.

—Le guardaba muchísimo rencor.

Hizo una pausa.

—Pero no lo maté.

Claire se quedó de pie junto a la puerta, como si volver a sentarse la obligara a seguir hablando. Nadia no se lo pidió. Conocía aquella frontera: el momento en que una persona deja de contestar preguntas y empieza a decidir qué está dispuesta a dar.

—¿Sabía cosas sobre su hija? —preguntó solamente.

Claire hizo un movimiento casi imperceptible hacia atrás.

—Sabía que existía. Sabía su nombre. El colegio al que iba entonces. Cosas que no tenía ninguna razón para saber.

—¿Cómo?

—Porque yo se las había contado. Porque al principio creía que me escuchaba como alguien que me quería.

Se pasó una mano por la frente.

—Quizá eso sea lo que más me cuesta perdonar. No el dinero. Ni siquiera el chantaje. Haber convertido todo lo que le había confiado en un inventario.

Nadia pensó en Gabriel durante la cena, moviéndose de una persona a otra con aquella facilidad que parecía interés genuino. A ella misma le había gustado conversar con él. Le incomodó recordarlo.

—Cuando ayer le preguntó por Élodie, ¿lo hizo a propósito?

Claire miró a Nadia sorprendida.

—¿Lo oyó?

—Unas palabras.

—Claro que lo hizo a propósito. Sabía que yo entendería.

—¿Era una amenaza?

—Un recordatorio. Era su especialidad. Nunca decía: «Puedo hacerle daño». Se limitaba a hacerte entender que recordaba exactamente dónde debía apretar.

Llegó un ruido de vajilla desde la cocina. Claire miró hacia la puerta como si de pronto recordara que seguían en una casa donde había más gente viviendo.

—No quiero que mi hija se vea mezclada en esto.

—No lo estará por mí.

Claire asintió lentamente.

—Por eso elegí una casa de huéspedes y no un gran hotel.

Nadia esbozó una sonrisa.

—¿Para contarle sus secretos a la propietaria?

—No. Porque pensé que aquí nadie me miraría de verdad.

La frase alcanzó a Nadia de una manera inesperada.

Había construido Maison Sènami alrededor de la idea contraria: recibir a alguien significaba mirarlo lo suficiente para entender lo que necesitaba.

Ahora tendría que aprender dónde detener la mirada.

Nadia siguió sin responder. Claire se levantó. En la puerta se volvió.

—¿Sabe qué era lo peor de Gabriel?

—¿Qué?

—Podía destruir a alguien sin levantar nunca la voz.

Salió. Nadia se quedó sola. Un minuto después entró Mado.

—¿Ha llorado?

—No.

—Llorará.

—¿Por qué dices eso?

—Porque la gente que lo retiene todo acaba dejando caer algo.

Mado tomó la taza de Claire.

—¿Ha bebido?

—La mitad.

Mado miró el líquido.

—Mala señal.

Nadia se echó a reír.

—Deja ya eso.

Mado sonrió. Luego volvió a ponerse seria.

—¿Estás bien?

La pregunta sorprendió a Nadia más que todas las de la policía.

—Sí.

—Mentira.

Nadia abrió la boca. Mado la detuvo.

—No soy policía. No tienes que responder.

Y se marchó con la taza. Nadia miró la puerta. Definitivamente, la gente que trabajaba en aquella casa veía demasiadas cosas. Por la tarde, Mado obligó a Nadia a salir unos minutos con ella al jardín.

—¿Por qué?

—Porque estás respirando como alguien que ha olvidado cómo se hace.

—Respiro perfectamente.

—No.

Se sentaron en un pequeño banco a la sombra. Nadia apenas lo había utilizado desde que terminaron las obras. Había estado demasiado ocupada convirtiendo la casa en un lugar donde pudieran sentarse los demás. Mado miró las plantas.

—Tu abuela se sentaba aquí.

—Lo sé.

—No.

Nadia volvió la cabeza.

—¿Cómo que no?

—Cuando venías, siempre estabas dentro o querías ir a alguna parte.

El recuerdo la pinchó.

—Era joven.

—Sigues teniendo prisa.

—Mucho menos.

Mado emitió un sonido escéptico.

—Ella miraba a la gente pasar detrás del muro. Sabía quién había llegado solo por el ruido de la moto.

—Eso es imposible.

—Para ella no.

—Lo estás adornando.

—Quizá.

Nadia sonrió a pesar de sí misma. Mado continuó:

—A esta casa siempre ha entrado gente con historias.

—¿Lo dices porque acaba de morir un hombre aquí?

—No. Digo que la gente tiene historias incluso cuando no muere nadie.

Miró a Nadia.

—Quieres entender tanto lo que ha ocurrido que se te olvida eso.

—¿Qué quieres decir?

—Claire no es solo la antigua amante de Gabriel. Mariam no es solo la hija de un inversor. Philippe no es solo un hombre que debe dinero. Ni siquiera el hombre que toma el café con azúcar es solo su café.

Nadia rio.

—Casi estás defendiendo a Jérôme.

—Yo no defiendo a nadie.

Mado se levantó.

—Solo digo que, si reduces a todo el mundo a su secreto, acabarás eligiendo el secreto más bonito en lugar de la verdad.

Nadia permaneció en el banco. Sin saberlo, Mado acababa de formular el método que Grâce intentaba imponerle. A Nadia no le gustó nada la idea de que aquellas dos mujeres estuvieran de acuerdo.