El último desayuno en Ouidah (Los misterios de Nadia Dossou 1) Capítulo 2 — La primera llegada
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Capítulo 2 — La primera llegada

Nadia tuvo tres segundos para preguntarse si las botellas de agua estaban bien colocadas en la habitación tres. Luego el portón sonó por segunda vez.

—Voy yo —dijo Romaric.

—No.

Él se detuvo.

—¿No?

—Voy yo.

—De acuerdo.

—¿Por qué lo dices como si fuera una mala idea?

—No he dicho nada.

Mado apareció en la puerta de la cocina con una bandeja de mango cortado.

—Ve a abrir antes de que la clienta se marche.

—No sabemos si es una clienta.

—Entonces ve a abrir antes de que se marche la persona.

Nadia se alisó el vestido casi sin pensar y cruzó el patio.

A mitad de camino redujo el paso. Era ridículo.

A lo largo de su carrera había recibido a miles de huéspedes.

Ministros, empresarios, familias imposibles, turistas exigentes, celebridades que pedían que nadie supiera que estaban allí y luego se sorprendían de que nadie las reconociera.

Sabía recibir a alguien. Solo que ninguna de aquellas personas había cruzado nunca su propio portón. Abrió.

Una mujer esperaba junto a una pequeña maleta rígida de color crema. Cincuenta años, quizá alguno más. Cabello castaño claro recogido bajo en la nuca, grandes gafas de sol, pantalón de lino blanco y camisa azul. Elegante sin que pareciera haber hecho ningún esfuerzo.

—¿Señora Aubry?

La mujer se quitó las gafas.

—Claire Aubry. Sí. Soy consciente de que llego exageradamente pronto.

—Es nuestra primera huésped, así que tiene derecho a una excepción.

Claire miró más allá del portón. No exactamente como alguien que descubría un lugar. Más bien como alguien que comprobaba algo. El gesto duró apenas un segundo.

—Es muy bonito.

—Gracias.

—Puedo volver más tarde si les complica las cosas.

—Su habitación está lista.

Nadia agarró el asa de la maleta. Claire la retuvo.

—Puedo llevarla.

—Yo también.

Sus manos coincidieron un instante sobre el asa. Claire fue la primera en soltarla.

—En ese caso no voy a privarla del placer.

—Es mi primer día. Déjeme unas horas más de entusiasmo.

Algo pasó por los ojos de Claire.

—¿Primer día?

—Primera apertura oficial.

—¿De verdad?

—Es incluso la primera persona que va a dormir aquí como huésped.

Claire contempló la casa. Su sonrisa se volvió más sincera.

—Entonces espero no traerle mala suerte.

Nadia sintió una pequeña contracción en el estómago.

—Vamos a considerar que nos trae suerte.

Atravesaron el patio. Romaric se había colocado detrás del mostrador con una expresión perfectamente profesional que Nadia no le había visto nunca.

—Buenos días, señora. Bienvenida.

Claire le entregó el pasaporte.

—Se queda hasta el lunes por la mañana, ¿verdad? —preguntó él.

—Sí.

—¿Y quiere un traslado a Cotonou el lunes?

Claire bajó la vista.

—¿Había pedido eso?

—Figura en su reserva.

—Ah.

Lo pensó.

—Sí. Muy bien.

Nadia observó que Claire miraba de nuevo hacia el portón.

—¿Quiere instalarse directamente?

—Sobre todo darme una ducha.

—Claro.

—He viajado toda la noche.

—¿Viene de París?

La pregunta era banal. La reacción no lo fue. Claire tardó una fracción de segundo.

—Sí.

Luego añadió:

—Bueno, casi. Ayer estaba en Lomé.

—¿Ha venido por carretera?

—Sí.

—¿Todo bien?

—Perfectamente.

La sonrisa de Claire dio por cerrada la conversación.

Nadia la acompañó a la primera planta. La habitación tres no era la más grande, pero sí su favorita.

Una puerta acristalada daba a un pequeño balcón orientado hacia el jardín.

Sobre la cama había dos fotografías en blanco y negro.

Nadia abrió la puerta. El aire acondicionado funcionaba.

Dos botellas de agua esperaban sobre la mesita.

Podría haber besado a Mado. O a Romaric.

O a cualquiera que hubiera sido responsable de que estuvieran allí.

Claire entró despacio. Recorrió con la mirada la cama, el baño, los enchufes, el armario, las ventanas. Nadia conocía bien aquella mirada. Un huésped no mira una habitación. La evalúa.

—Está muy bien.

—Gracias.

—Si necesita cualquier cosa, escríbanos por WhatsApp. Romaric le ha enviado el número de recepción.

—De acuerdo.

—El desayuno se sirve hasta las diez y media. Si tiene hambre ahora…

—No.

Demasiado rápido. Claire se dio cuenta.

—Perdón. No, gracias. Sobre todo quiero dormir.

Nadia se dirigió hacia la puerta.

—¿Nadia?

Se volvió.

—¿Cuándo llegan los demás huéspedes?

La pregunta no era inocente.

—A lo largo del día.

—¿Mucha gente?

—Esta noche estaremos completos.

—Ya veo.

—¿Espera a alguien?

Claire soltó una risita.

—No. En absoluto.

Otra vez demasiado rápido. Nadia ladeó la cabeza.

—Descanse.

En el pasillo permaneció quieta unos segundos. Luego bajó. Romaric trabajaba con el ordenador.

—¿Qué tal?

—Muy bien.

—¿Le gusta la habitación?

—Dice que sí.

—Entonces todo va bien.

—Está nerviosa.

Romaric levantó la vista.

—Ha viajado toda la noche.

—Desde Lomé.

—Eso también cansa.

—Primero dijo París.

—¿Y?

—Nada.

—Exactamente.

Nadia ordenó unos papeles que no necesitaban ser ordenados.

—También ha preguntado cuándo llegaban los otros huéspedes.

—Nadia.

—¿Qué?

—No has tardado ni quince minutos en empezar a analizar a alguien.

Se abrió la puerta de la cocina.

—¿He oído mi nombre? —preguntó Mado.

—Nadia cree que nuestra primera huésped esconde algo.

—Yo no he dicho eso.

—Cree que está nerviosa.

Mado miró hacia la escalera.

—Está nerviosa.

Nadia se volvió triunfalmente hacia Romaric. Él levantó las manos.

—Muy bien. ¿Qué esconde?

Mado se encogió de hombros.

—No lo sé. Soy cocinera, no adivina.

Luego miró a Nadia.

—¿No ha comido nada?

—No.

—Mala señal.

Romaric se echó a reír.

—¿Por qué?

—La gente que rechaza comida después de un viaje largo tiene el estómago revuelto o algo en la cabeza.

—O no tiene hambre.

Mado le lanzó una mirada.

—Todavía eres joven.

Volvió a la cocina. El teléfono de Romaric vibró.

—Ah.

Nadia se puso tensa.

—¿Qué?

—Nada grave. La señora Boukari adelanta la llegada.

—¿A qué hora?

—Está a veinte minutos.

Eran las siete y cuarenta y nueve.

—¿Pero por qué todo el mundo llega cuatro horas antes?

—Quizá porque somos muy acogedores.

Arriba se abrió una puerta. Claire apareció en el rellano. Se había cambiado de ropa y no tenía en absoluto aspecto de haber dormido.

—¿Todo bien? —preguntó Nadia.

—Sí. Al final sí voy a tomar ese café.

Nadia la instaló en la veranda. Claire eligió la mesa más cercana al jardín.

Desde allí veía perfectamente el portón.

Nadia lo notó. Eligió no sacar ninguna conclusión.

Todavía no. Cuando el coche blanco de Inès Boukari se detuvo frente a la entrada, Claire interrumpió el gesto con el que se llevaba la taza a los labios.

Solo una fracción de segundo. Pero Nadia llevaba veinte años viendo esa clase de cosas.

Antes de que llegara la segunda huésped, Nadia tuvo unos minutos para observar a Claire sin que pareciera que la vigilaba. Le llevó el café y Mado añadió por su cuenta dos porciones de pastel a la bandeja.

—No ha pedido eso —murmuró Nadia.

—Tampoco ha pedido tener hambre.

Claire protestó al ver el plato, pero acabó probando. El primer bocado pareció relajarla más que todas las cortesías de Nadia.

—Está buenísimo.

Desde la cocina, Mado contestó lo bastante alto como para que la oyera:

—Ya lo sé.

Claire se echó a reír. Por primera vez, Nadia vio lo que Maison Sènami podía llegar a ser cuando nadie estaba preocupado: un lugar donde una frase salida de la cocina podía alcanzar la veranda, donde los huéspedes no estaban encerrados en sus habitaciones y el personal no desaparecía tras puertas de servicio.

—¿De verdad dejó los hoteles por esto? —preguntó Claire.

—Por esto y por unos cuantos cientos de problemas que no había previsto.

—¿Se arrepiente?

Nadia miró la fachada. Podría haber dado la respuesta que repetía desde hacía meses: no, nunca. Eligió otra más exacta.

—Hoy no.

Claire asintió como si entendiera perfectamente el matiz.

En la calle, un zémidjan hizo sonar el claxon al pasar.

Una corriente de aire trajo por un instante olor a polvo caliente y vegetación.

Nadia pensó que quizá el primer recuerdo de su primera huésped sería simplemente ese café, el pastel impuesto por Mado y aquella luz de la mañana.

Aún no sabía hasta qué punto los recuerdos de Claire iban a complicarse antes de que terminara la estancia.

Siguió su mirada. Sonó el portón. Y, por primera vez aquella mañana, Nadia se olvidó por completo de las manillas de las puertas.