Capítulo 25 — Té de Ortiga
La posada El Cuervo Paciente no tenía muchos clientes en invierno, y aquella noche sólo había tres: dos leñadores que jugaban a los dados junto a la ventana y un viejo buhonero que dormía con la cabeza sobre la mesa.
Bram estaba detrás de la barra, limpiando una jarra que ya estaba limpia, cuando se abrió la puerta.
Entró el frío primero, como siempre. Luego la nieve, en un remolino. Y luego alguien que tuvo que agacharse mucho para no darse con el dintel.
Los leñadores dejaron caer los dados. El buhonero se despertó de golpe, miró hacia la puerta, se frotó los ojos y volvió a mirar.
Bram dejó la jarra en la barra muy despacio.
La figura que acababa de entrar era alta.
Más alta que cualquier hombre que Bram hubiera visto en sus sesenta y tantos años, y había visto a muchos, porque cuarenta de ellos los había pasado guiando cazadores y comerciantes por los senderos de Ithrengard.
Era esbelta como un junco. Tenía el pelo largo, de un color que no era ninguno, una claridad pálida que parecía brillar sola a la luz de las velas.
Tenía la cara alargada, los ojos rasgados y las orejas finas y puntiagudas.
Y brillaba. No mucho. Sólo un poco, como brilla la nieve en una noche de luna.
Llevaba a la espalda una mochila vieja y remendada, demasiado pequeña para él, que desentonaba con todo lo demás como un zapato de niño en el pie de un rey.
Nadie dijo nada. Los leñadores se habían quedado con la boca abierta. El buhonero se santiguaba sin parar.
La figura cerró la puerta tras de sí con cuidado. Se sacudió la nieve de los hombros. Miró la sala, la chimenea, las mesas de roble gastado, las vigas del techo con sus ristras de ajos. Y por último miró a Bram.
Sonrió. Y Bram vio que al sonreír se le movían las orejas. Primero la izquierda y luego la derecha.
—Buenas noches —dijo la figura, y su voz sonó como una campana tocada muy bajito, para no despertar a nadie—. ¿Todavía sirve caldo?
Bram tardó mucho en reconocerlo. Más de lo que le gustó admitir después, cuando contaba la historia.
Le sirvió el caldo porque no supo qué otra cosa hacer.
La figura se sentó en la mesa más cercana a la chimenea, la misma donde semanas atrás se habían sentado un viejo mago y un duendecillo del tamaño de un niño.
Se sentó con cuidado, doblando las piernas largas bajo el banco, que le quedaba bajísimo.
Y se tomó el caldo despacio, con las dos manos alrededor del cuenco, como quien no ha tomado nada caliente en mucho tiempo.
Bram lo miraba desde la barra. Había algo en la forma de sostener el cuenco. Algo en la forma de soplar antes de cada sorbo, con los labios fruncidos. Algo que ya había visto.
Y entonces la figura dejó el cuenco en la mesa, vacío, y dijo algo en voz baja, más para sí que para nadie:
—Aldric diría que le falta sal.
Bram se quedó helado.
Salió de detrás de la barra. Se acercó a la mesa despacio, con las rodillas crujiendo.
Se quedó de pie mirando a la figura alta y luminosa.
Y se fijó en lo que no había visto antes: en la frente, entre las cejas finas, un pliegue pequeño, torcido hacia la izquierda.
En la barbilla, una cicatriz blanca, fina.
Y en el dedo anular de la mano izquierda, una línea dorada, como la huella de un anillo.
Luego se fijó en los ojos. Del color de la corteza cuando llueve.
—No puede ser —dijo Bram en voz baja.
—Sí puede ser —dijo la figura—. Aunque cuesta un poco creerlo. Yo todavía no me lo creo del todo.
—Tú eras…
—Más bajo —dijo el Ilvain—. Mucho más bajo. Y te comiste la mitad de mi caldo cuando no mirabas.
Bram soltó una carcajada. Una sola, de sorpresa, que le salió sin permiso. Luego se sentó de golpe en el banco de enfrente, porque las rodillas no le sostenían.
—El duende —dijo—. El del mago.
—Fen —dijo el Ilvain—. Me llamo Fen.
Hizo una pausa. Luego añadió, más bajo:
—Bueno. Me llamo Ilyaren. Pero Fen es el nombre que me dio él. Y es el que uso con los amigos.
Bram lo miró largo rato. Luego miró la puerta. Luego volvió a mirarlo a él.
—¿Y el mago? —preguntó.
El Ilvain no contestó enseguida. Bajó la vista al cuenco vacío. Y Bram, que había enterrado a suficiente gente en su vida como para conocer ese silencio, no volvió a preguntar.
Se levantó. Fue a la barra. Volvió con una botella de algo oscuro y dos vasos pequeños. Sirvió los dos. Le puso uno delante al Ilvain.
—Entonces cuéntamelo —dijo—. Lo prometió. Me dijo que si bajaba me contaría qué había arriba. Si no bajó él, que me lo cuente quien bajó.
El Ilvain se lo contó.
Empezó por el principio, por una mañana de té de ortiga en una cabaña al pie de una colina y una abeja llamada Gustavo.
Siguió por la helada que llegó antes de tiempo, por el mapa de un maestro que nunca volvió, por un arnés hecho con el respaldo de una silla de cocina.
Por el bosque de Velhar y las Hilanderas de Escarcha.
Por un viejo sin piernas arrastrándose por la nieve con un bastón en llamas.
Bram escuchaba sin moverse.
A medianoche, los leñadores habían dejado los dados y se habían acercado a la mesa sin que nadie los invitara.
El buhonero también. Nadie hablaba. Sólo la voz del Ilvain, grave y clara, contando la niebla que preguntaba, los Sinlumbre que caminaban en círculos, el Eco de Piedra, el posadero sin rostro que se quedó con una palabra.
A las dos de la madrugada llegó a la parte del zapato.
Bram se rió tanto que se cayó del banco.
Los leñadores se rieron con él. El buhonero lloró de risa y tuvo que secarse los ojos con la manga.
Y el Ilvain se rió también, con su voz de campana, y por un momento la posada entera se llenó de risas, como se llenaba la cabaña algunas mañanas, cuando Aldric se comía algo horrible y ponía cara de fastidio para no tener que decir que le había gustado.
Luego el Ilvain siguió.
Contó los garrahondos y la cascada. El dedo que se partió.
Los pactos congelados y un maestro que se quedó sesenta años helado por no decir el nombre de su alumno.
La grieta rota que le había robado un siglo en una sola tarde.
El Lago Blanco. La noche en el hielo, cuando le contó a Aldric que había sido mudo hasta que llamó a su puerta.
Y llegó a la cima.
Allí se detuvo mucho tiempo. La posada estaba en silencio. Las velas se habían consumido hasta la mitad. Fuera seguía nevando.
Contó el Umbral. El nombre dorado. El Eco saliendo del pozo.
Contó una pregunta y dos respuestas. Contó un viaje hacia abajo en brazos, entre una lluvia de nombres que caían.
Contó una nana cantada en una caverna, y una estatua pequeña sentada en un círculo de gigantes con una arruga de fastidio en la frente.
No contó la carta. Esa no era para contar.
Cuando terminó, nadie dijo nada durante mucho rato. Uno de los leñadores lloraba sin disimulo, con la cara entre las manos enormes. El buhonero miraba el fuego.
Bram tenía los ojos rojos. Se sirvió otro vaso y se lo bebió de un trago.
—¿Y qué había arriba? —preguntó al fin, en voz muy baja—. En la cima. Detrás de la puerta. Toda la vida mirando esa montaña, y nunca supe qué había arriba.
El Ilvain pensó la respuesta. Pensó en el mar de luz, en las torres de memoria, en la biblioteca inmensa de todas las respuestas. En la orilla y en los cientos de Ilvain con las manos alzadas. En su madre y en su padre.
—Una pregunta —dijo al fin—. Arriba sólo hay una pregunta. Lo demás lo pone cada uno.
Bram asintió despacio, como quien entiende algo que tardará años en entender del todo.
Antes del amanecer, cuando los leñadores y el buhonero se habían ido a dormir y sólo quedaban ellos dos junto a las brasas, el Ilvain sacó algo de la mochila y lo dejó sobre la mesa.
Una cantimplora de cuero, vieja, gastada, con unas iniciales grabadas a punta de cuchillo cerca del tapón.
Bram la miró. Y se le fue el color de la cara.
—La encontré en la ladera —dijo el Ilvain—. Pasados los primeros árboles, al otro lado de una grieta. Estaba sentado contra una roca, como si descansara. Tenía un trozo de pan mordido en la mano. —Hizo una pausa—. Le hice un túmulo. Con piedras. No sabía su nombre.
Bram tomó la cantimplora con manos temblorosas. Pasó el pulgar por las iniciales.
—Osvaldo —dijo—. Se llamaba Osvaldo. El que vio las sombras caminando en círculos. —Se le quebró la voz—. Nadie le creyó. Ni yo. Se enfadó tanto que subió solo, una semana antes de que llegarais vosotros, para demostrarlo. Le dije que estaba loco. —Apretó la cantimplora contra el pecho—. No volvió.
—No estaba loco —dijo el Ilvain en voz baja—. Las sombras eran de verdad. Se llamaba Tobías. Y ya no camina en círculos.
Bram lo miró. No preguntó nada más. Pero se quedó con la cantimplora entre las manos hasta que salió el sol.
La colina seguía en su sitio.
El Ilvain la vio desde lejos, al mediodía del tercer día después de salir de Vado Gris, recortada contra un cielo pálido de invierno.
Era una colina pequeña, redondeada, sin nada especial, de las que hay mil en cualquier valle del mundo de los hombres.
Desde lo alto de Ithrengard no se veía. Desde allí abajo, en el camino nevado, le pareció la montaña más alta que había subido nunca.
A media falda, con su techo de paja cubierto de nieve y la piedra gris de la región, estaba la cabaña.
Subió despacio. Cada paso le costaba más que los tres mil doscientos once escalones de la aguja.
La puerta estaba como la habían dejado: cerrada, sin llave. No había nadie a kilómetros que fuera a robarles nada. El Ilvain se quedó un momento delante de ella, con la mano en el picaporte. Luego empujó. Tuvo que agacharse mucho para entrar.
Dentro olía a frío. A ceniza vieja y a papel húmedo, a una casa que lleva semanas cerrada en invierno. La luz entraba gris por la única ventana, cubierta de escarcha. Y todo estaba en su sitio.