Capítulo 24 — El Descenso #2
Los tres a la vez giraron la cabeza hacia la entrada.
Y el Ilvain vio en sus caras algo que la última vez no había visto: no reconocimiento, porque no podían reconocer en aquella figura alta y luminosa al duende viejo que había cruzado su círculo cargando a un mago, sino asombro.
Y detrás del asombro, muy al fondo, algo parecido al miedo.
—¿Quién eres? —preguntó el muchacho, con su voz clara y alegre de quince años. Pero esta vez no había alegría en ella.
El Ilvain no respondió enseguida. Entró en la sala despacio. Se detuvo al borde del anillo, donde la piedra estaba gastada como un escalón pisado por mil años.
—Estuve aquí antes —dijo—. Era pequeño. Llevaba a un viejo a la espalda. Me dijisteis que le preguntara al Umbral quién paga.
Los tres Sinlumbre se quedaron muy quietos.
—Se lo pregunté —siguió el Ilvain—. Y me contestó.
El anciano sin dientes dio un paso hacia él. Luego otro. Salió del anillo por primera vez en cien años, arrastrando los pies. Y se quedó delante del Ilvain, mirándolo desde abajo con sus ojos gastados.
—¿Y quién pagó? —susurró.
—Él —dijo el Ilvain—. El viejo que yo cargaba. Pagó él. —Tomó aire—. Igual que tú pagaste por el que tú cargabas.
El anciano bajó la cabeza.
—Pero yo sé algo que tú no sabías —siguió el Ilvain, en voz más baja—. Él eligió pagar. Nadie lo señaló. Nadie lo dejó atrás. Se quedó porque quiso. —Metió la mano en la mochila—. Y a ti te dejaron atrás sin preguntarte. Eso no es pagar. Eso es otra cosa. Y ya ha durado bastante.
Sacó el hilo.
Pardo y verde, como la hierba de una ladera en otoño. Cantando un solo nombre con tres voces que no conseguían ponerse de acuerdo.
Los tres Sinlumbre lo vieron. Y los tres, a la vez, dieron un grito. Un solo grito con tres voces, joven, madura, anciana, que resonó en la sala como una campana rajada.
—Mi nombre —dijo el muchacho, con los ojos muy abiertos—. Es mi nombre. Lo había olvidado. Hace tanto que…
—Cayó del telar del Tejedor —dijo el Ilvain—. Lo encontré en la caverna, entre los pies de mi amigo. Creo que te estaba esperando.
Sostuvo el hilo en la palma abierta. Lo escuchó. Tres voces cantando un nombre desafinado. Y él, que había aprendido en una aguja llena de nombres que sabía tejerlos sin telar, sólo con la voz, cerró los ojos y cantó el nombre con ellas.
Una sola vez. Afinado. Con una sola voz.
—Tobías.
Las tres figuras se estremecieron.
El Ilvain lo vio con los ojos abiertos y nunca lo olvidó.
El muchacho, el hombre y el anciano se acercaron el uno al otro, despacio, como se acercan tres gotas de agua sobre un cristal.
Se tocaron. Y se fundieron. No hubo luz, ni ruido, ni magia visible.
Sólo tres figuras que se volvían dos, y dos que se volvían una.
Delante del Ilvain quedó un muchacho. De unos veinte años, delgado, con el pelo revuelto, la nariz torcida y una cicatriz pequeña en la ceja izquierda. Ni joven ni viejo ni roto. Él mismo. Del tamaño exacto de su vida.
Y a sus pies, sobre la piedra gastada del anillo, había una sombra.
El muchacho se miró los pies. Miró la sombra. Movió una mano, y la sombra movió la mano con él. Y se echó a llorar como lloran los niños, con la boca abierta y los hombros sacudidos, de alivio más que de pena.
—Era mi hermano —dijo cuando pudo hablar—. El que yo cargaba. Mi hermano mayor. Tenía las piernas rotas de una caída en la cantera. Me pasé la vida entera cargándolo. Y cuando la luz le preguntó… —Se le quebró la voz—. Ni siquiera me miró.
—Lo sé —dijo el Ilvain—. Lo vi en el espejo de la cima.
—¿Por qué? ¿Por qué no me miró?
El Ilvain pensó mucho la respuesta. Pensó en un viejo que durante treinta años no lo miró porque le daba miedo lo mucho que le importaba. Pensó en un maestro que se quedó sesenta años helado por no decir el nombre de su alumno.
—No lo sé —dijo al fin—. Pero a veces la gente no mira lo que más quiere porque tiene miedo de perderlo. Y lo pierde igual.
Tobías lo miró mucho tiempo. Luego asintió despacio, como quien acepta algo que no entiende del todo pero que ya no le duele tanto.
—¿Es de día afuera? —preguntó.
—Casi.
—Hace cien años que no veo el sol.
El Ilvain le tendió la mano. Una mano larga y luminosa. Y Tobías, el que había pagado sin elegir, la tomó.
Salieron juntos de la sala del pozo, por los pasos de piedra, siguiendo el idioma del viento, y el Ilvain lo guió entre las grietas sin equivocarse ni una vez.
Caminaron toda la noche sin hablar mucho.
Y al amanecer salieron a la ladera, a la hierba escarchada, a la luz gris y rosa del día que empezaba.
Tobías se quedó quieto al borde de los pasos de piedra, con la cara vuelta hacia el este.
El sol salió por detrás de las montañas. El primer rayo cruzó el valle y llegó hasta la ladera. Tocó la cara del muchacho.
Y Tobías sonrió. Una sonrisa de veinte años, cansada y feliz.
Luego, despacio, sin ruido, se fue deshaciendo en la luz, como se deshace la escarcha de la hierba cuando sale el sol.
Primero se volvió transparente. Luego, sólo un brillo.
Luego, nada. Y su sombra, la que había recuperado después de cien años, se quedó un instante sola sobre la hierba, y se deshizo también.
El Ilvain se quedó mirando el lugar vacío un largo rato.
—Buen viaje, Tobías —dijo.
Siguió bajando por la ladera.
A media mañana encontró al cazador. Seguía sentado contra su roca, al otro lado de la grieta que había cruzado sin saberlo: el esqueleto amarillento con ropa de una semana, las botas nuevas, la cantimplora colgada del cinturón, el pedazo de pan mordido una sola vez en la mano huesuda.
La nieve le había cubierto las rodillas.
El Ilvain no pasó de largo. Rodeó la grieta, se arrodilló junto al cazador y, con mucho cuidado, empezó a juntar piedras. Pasó toda la tarde en ello. Cuando terminó, sobre la ladera se alzaba un túmulo alto y redondo, bien encajado, del que no asomaba nada.
La cantimplora no la enterró. La desató del cinturón antes de poner la primera piedra y la guardó en la mochila. Alguien, allá abajo, la reconocería. Alguien sabría el nombre del que la había llevado.
Esa noche durmió en la ladera, al raso, junto al túmulo. No tuvo frío. Ya no lo tenía nunca.
El bosque de Velhar lo recibió al día siguiente con su silencio de siempre.
Los troncos negros, apretados unos contra otros. El sendero estrecho, casi borrado por la nieve. La luz que llegaba rota al suelo en hilos delgados. Nada había cambiado. Pero el Ilvain ya no tenía que agacharse bajo las ramas bajas; ahora tenía que agacharse para no darse con las altas.
Encontró el claro de los tres pinos enormes donde habían acampado la primera noche.
Las cenizas del fuego pequeño seguían allí, bajo la nieve.
Y un poco más allá, en la tierra helada, todavía se adivinaba un surco.
Largo, irregular, como si alguien se hubiera arrastrado por el suelo con los codos, hacia la oscuridad entre los árboles.
El Ilvain se quedó mirándolo mucho tiempo.
Luego se arrodilló y puso la mano en el surco. Estaba frío.
Aquella noche, al caer la oscuridad, las vio. Luces pálidas y lejanas temblando entre los troncos como velas en un funeral. Y oyó el canto, dulce y antiguo, en la lengua de su pueblo, llamándolo.
Pero esta vez no lo llamaban por un nombre que no conocía.
Lo llamaban por el suyo.
Ilyaren. Ilyaren. Ven.
El Ilvain se quedó sentado junto a las cenizas. No se levantó. Escuchó el canto de las Hilanderas un largo rato, sin miedo, con una especie de tristeza tranquila. Y luego, en voz baja, les cantó él a ellas.
No una nana. Sólo una frase. En la misma lengua, la de verdad, la que ellas imitaban.
Ya lo tengo. No me hace falta que me lo deis.
Las luces temblaron. Se quedaron quietas un momento, suspendidas entre los árboles. Luego, una a una, se fueron apagando.
No volvieron.
Salió del bosque de Velhar al tercer día, al atardecer.
Los árboles se abrieron de golpe, como una cortina que alguien descorre, y ante él apareció el valle. Blanco de nieve, azul de sombra, con el cielo del oeste teñido de oro. Y al fondo, apretado contra la falda de la montaña, un puñado de casas de piedra y madera con las chimeneas humeando.
Vado Gris.
En la calle principal, sobre la puerta de la única posada que tenía un letrero todavía en pie, se había encendido una lámpara. Su luz amarilla caía sobre la nieve.
El Ilvain se quedó en el borde del bosque mirándola. Llevaba en la mochila una piedra tallada en espiral, una carta doblada muchas veces, un hilo de color pardo y verde que ya no cantaba y la cantimplora de un cazador.
Y una historia que había prometido contar.
Echó a andar hacia la luz.